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Turismo por Baztan

Amaiur, a la sombra del castillo

Un pueblo con tres paisajes: naturaleza, vida rural y sentimiento

Vídeo Amaiur
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Paseo por Amaiur, en el valle de Baztan.
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Vídeo Amaiur
  • conocer navarra
Actualizada 16/10/2020 a las 15:57

(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº 48 con fecha septiembre de 2017. Texto de GABRIEL IMBULUZQUETA y fotografías de IÑAKI ZALDUA).

 

Cada pueblo, por anodino que pueda parecer visto desde el desconocimiento, tiene su personalidad. Mayor o menor, mejor o peor, pero la suya, la que han ido forjando sus gentes durante generaciones, la que han cincelado las circunstancias que le han tocado en suerte. En el caso de Amaiur, esa personalidad viene marcada por factores como haber vivido a la sombra de un castillo histórico, ser parte del Camino de Santiago y estar encuadrado en un entorno natural sencillo pero espectacular.

Amaiur, conocido años atrás como Maya de Baztan o simplemente como Maya, es uno de los quince lugares que forman el valle de Baztan. Desviado unos centenares de metros de la N-121-B, en la falda meridional del monte Gorramendi y al lado del puerto de Otsondo, se encuentra a 60 kilómetros de Pamplona y a una docena de la frontera francesa por el paso de Dantxarinea, si bien, dadas las pequeñas dimensiones de su término, no llega a limitar con el país vecino (lo hace con Urdazubi/Urdax, Erratzu, Arizkun y Azpilkueta). Con una población de 250 habitantes, en los últimos tiempos ha visto cómo su economía está evolucionando de la producción ganadera, que va a menos (hay tres granjas de vacas lecheras y algunas explotaciones familiares, además de algunos rebaños de ovino), hacia los servicios, orientados en buena medida y con un crecimiento paulatino hacia un turismo rural de momento sin mayores exigencias.

Como se acaba de decir, Amaiur forma parte del Ayuntamiento de Baztán. Pero no está de más dejar constancia de que en 1665 se separó del valle tras comprar la jurisdicción civil por 5.000 reales. Como villa independiente continuó hasta 1969, en que volvió a integrarse administrativamente en el municipio baztanés.

Este hecho ha tenido una consecuencia que no escapa a la perspicacia de los visitantes. Mientras las fachadas de las casas de todos los pueblos de Baztan lucen el escudo ajedrezado, salvo excepciones particulares que evocan títulos nobiliarios al margen de la hidalguía colectiva, en Amaiur conviven el propio de la antigua villa, que tiene como motivo una campana (a veces enmarcada entre dos cruces), el baztanés y el que combina ambos. La preeminencia, en cualquier caso, corresponde al de la campana, tal como consta en la inscripción situada bajo el escudo que preside el arco de entrada a la localidad: “ESTAS SON LAS ARMAS / DELOS DESTA NOBLE Y LE/AL VILLA DE MAYA”.

A qué responde la presencia de la campana en lugar tan destacado es algo que ni los propios vecinos del lugar saben a ciencia cierta. Los más consideran, porque así lo han oído decir a sus mayores, que es una reminiscencia o un recuerdo del uso de la campana como medio de comunicarse entre la población y la guarnición del castillo. También se admite -y en esto coinciden algunas voces autorizadas como la de Julio Caro Baroja- que denota la dependencia del monasterio premonstratense de Urdax que tuvo la villa. En menor medida, hay quienes opinan que la campana es un símbolo del pueblo como centinela del reino navarro ante la muy próxima frontera gala.

 

LA HISTORIA OCULTA, DESENTERRADA

Si algo ha marcado a Amaiur es un hecho histórico trascendental para Navarra. El 19 de julio de 1522 su castillo, defendido por una guarnición al mando del alcaide Jaime Vélaz de Medrano, sucumbió al asedio a que había sido sometido por el ejército y la artillería castellanos comandados por el Duque de Nájera y el Conde de Lerín. Fue el momento en que, según la consideración popular, Navarra perdió definitivamente su independencia como reino.

Del castillo de Amaiur y del control que ejercía sobre la calzada que unía Pamplona con Bayona hay constancia documental desde el siglo XII. Los archivos aportan información relativa al mismo a lo largo de la Edad Media. Podría haber sido considerado como un castillo más del reino hasta que, tras la ocupación de Navarra por las tropas castellanas de Fernando el Católico, el recinto amurallado fue fortificado aún más debido a su situación fronteriza. En 1521, tropas leales a la casa de Albret reconquistaron la fortaleza y la defendieron en nombre del último monarca navarro hasta su caída en 1522, como se acaba de señalar, y su destrucción mediante una explosión tras haber sido minada. Sin embargo, todavía a comienzos del XVII se trató de recuperar los restos del castillo para convertirlos en un baluarte. No obstante, perdió su función militar y se convirtió en una inmejorable cantera de la que extraer, fundamentalmente, piedra labrada tanto para la reforma de la iglesia parroquial como para la construcción de casas. Al paso del tiermpo, los escombros se fueron cubriendo de vegetación hasta quedar totalmente ocultos.

Así las cosas, la Sociedad de Ciencias Aranzadi, con la colaboración del Ayuntamiento de Baztán y del pueblo de Amaiur, inició hace doce años una investigación arqueológica. Hoy, Juantxo Agirre Mauleón, director arqueólogo de las excavaciones, de la Sociedad Aranzadi, se muestra satisfecho porque, partiendo de que no se disponía de planos ni se conocían sus formas constructivas, “todo el perímetro del castillo está ya definido”.

En la primera parte de la investigación arqueológica han sido sacados a la luz restos de todos los lienzos de murallas (en algunos casos con 2-3 metros de alzado y en otros con solo 30 centímetros, diferencia debida a los efectos de las voladuras que destruyeron el castillo); restos, por otra parte, que no guardan las piedras de sillería que forraban lienzos y torreones (una torre en la primera línea de murallas y cinco en la segunda) porque, como se ha apuntado, pasaron a formar parte de la arquitectura de la iglesia y de las casas de la vecindad.

Bajo los restos de los muros volados por las minas -y quién sabe si también de los causados por la artillería atacante durante el asedio- han aparecido una espada, diferentes piezas de artillería, cerámica de la época, etc. En su recuperación se cuenta con voluntariado. Así, por ejemplo, en la primera quincena de agosto, bajo la dirección técnica de Juantxo Agirre, trabajaron 38 voluntarios que se alojaron en el albergue cedido por el pueblo y se alimentaron con la comida aportada por las familias locales.

 

ATRACCIÓN TURÍSTICA

La primera parte de la investigación arqueológica ha entrado en la fase final. Aunque aún queda mucho por hacer, Juantxo Aguirre es rotundo en su convicción de que no se puede agotar la labor, sino que hay que dejar una reserva importante para que se pueda excavar en el futuro y se puedan aplicar nuevas técnicas, hoy desconocidas.

Esto no obsta para que los restos del castillo se hayan convertido en un atractivo turístico, pese a la falta de promoción. Mientras Aranzadi avanza en su trabajo arqueológico, al lugar acuden numerosas personas (se calcula que unas 20.000 al año, aunque pueda parecer una cifra muy alta) que, sin interferir en las labores de investigación, pueden hacer visitas autoguiadas gracias a los paneles informativos colocados y a la accesibilidad que ofrece una pasarela de madera que recorre el trazado de la segunda muralla medieval, con la anchura de esta, desde la que se puede apreciar la evolución del castillo.

El objetivo inmediato es adecuar los frutos de la excavación para que, incorporados de un modo natural en el paisaje de Baztan y con una “musealización” respetuosa con el patrimonio, puedan ser contemplados por los visitantes, bien se trate de grupos interesados en la historia o de meros turistas.

Para ellos, para facilitar las visitas, se está trabajando en la preparación de nuevos paneles informativos en cinco idiomas: castellano, euskera, inglés, francés y, a la vista del número de los que acuden, catalán.

Mientras, visible desde la lejanía, como una llamada de atención al viajero, un monumento corona el solar del castillo. Erigido en 1922 sobre los restos de la torre principal del castillo en homenaje a la última fortaleza que resistió y defendió con las armas en la mano la independencia del reino, fue dinamitado en 1931, instaurada ya la II República. El actualmente existente fue levantado en “auzolan” (trabajo comunitario) por los vecinos de Amaiur en 1982.

Aquí puede recordarse también que, símil de una fortaleza militar acorde con los nuevos tiempos y las tecnologías más avanzadas, en las cumbres del Gorramendi y Gorramakil, como dominando o acechando al pueblo, se construyó a comienzos de la segunda mitad del siglo XX una base de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos (técnicamente, una estación de “alerta y control”) que contó con el apoyo de un acuartelamiento del Arma de Aviación del Ejército español en el collado de Itzulegi. Durante una veintena de años, dos pantallas de radar de 40 metros de altura, que se podían contemplar desde todo el valle se erigieron en protagonistas del paisaje cuando los amaiurtarras miraban hacia el castillo.

 

UNA PUERTA DE ENTRADA SINGULAR

El viajero se encuentra, al llegar, con la iglesia parroquial y frente a ella, al otro lado de la calle, con la antigua casa rectoral y un molino rehabilitado que continúa en activo, cara al público, para aficionados a la etnología y para deseosos de descubrir -nuevos para ellos- viejos usos. Las visitas guiadas a sus interioridades y secretos y la posibilidad de degustar talos con la harina de maíz que han visto moler o, incluso de adquirirla son uno de los aparentemente mejores atractivos turísticos de la localidad.

Amaiur tiene una característica especial. Los edificios citados están “como a las afueras” de la población, porque esta comienza propiamente a partir de un arco levantado en el siglo XVII ocupando todo el ancho de la calzada y que viene a cumplir el papel simbólico de puerta de entrada. En su clave figuran, hacia fuera, el escudo de la campana labrado en piedra, con la inscripción antes citada, y, hacia dentro, una imagen mariana tallada también en piedra. Esta imagen sustituye a otra anterior que se rompió hace unos años al caer al suelo cuando un camión intentó pasar y derribó parcialmente el arco, que tuvo que ser reconstruido.

Como se explica en un panel informativo colocado en sus cercanías, el arco cuenta con sus propias leyendas relativas a su razón de ser. En primer lugar, se dice que una “terrible peste” atacó al ganado de la zona, pero no al de Amaiur porque, al llegar la epidemia al pueblo, el arco impidió que entrase. Otra versión apunta a que el arco se ha mantenido en pie porque protegía a los vecinos ante las enfermedades. Una tercera interpretación asegura que el arco se levantó en memoria de los amaiurtarras que fallecieron víctimas de una peste.

Allá cada uno con la versión que prefiera o si opta por no dar por buena a ninguna de ellas. Al fin y al cabo, no son un dogma de fe que haya que aceptarlo a pies juntillas.

Pero no estará de más resaltar su interés señalando que una réplica de este arco, hecha a escala, figura y puede verse en el “Pueblo español” de Barcelona construido para la Exposición Internacional de 1929. El de Amaiur es uno de los 117 edificios y elementos que formaron ese simbólico pueblo-museo compendio de los rincones más especiales del país. Su construcción se programó para presentar a los visitantes una muestra de lo mejor de España durante los seis meses que iba a durar la Exposición, pero el éxito que alcanzó entre el publico hizo que el conjunto del “Pueblo español”, situado al aire libre en las alturas del Montjuic, siguiese en pie y haya llegado a nuestros días, casi noventa años después.

 

PUEBLO-CALLE

El arco da acceso a un núcleo urbano tejido en torno a una calle. Es un ejemplo más del clásico pueblo-calle, en el que las casas se asientan, sin desparramarse, a ambos lados de la calzada, como abriendo un pasillo de homenaje, todas mirándola, todas saludándola, a lo largo de su medio kilómetro de trazado ondulado que, en una subida “suave-suave”, culmina en la ermita del Pilar, allá donde arranca el camino no asfaltado a las ruinas del castillo.

Pueblo-calle que a unos evoca el Camino de Santiago, del que forma parte esa ruta menor (menor, pero menos) que, procedente de Bayona y tras pasar por Urdax camino de Belate y Pamplona, agradece en Amaiur, amén de una jaculatoria o algo más en la ermita del Pilar (advocación mariana muy presente en la ruta jacobea), varias fuentes esculpidas por manos artistas para saciar la sed de los peregrinos y procurar descanso a sus pies (con pilas especiales de lavatorio). No hay que dejar de lado que en el vecino lugar de Azpilkueta hay una ermita dedicada al apóstol Santiago en el barrio de Urrasun, barrio que ofrece la singularidad de su pertenencia administrativa, o en lo temporal, a Azpilkueta, pero que depende eclesiásticamente, o en lo espiritual, de Amaiur.

A otros, sin embargo, los recuerdos les llevan a tiempos en que por aquí pasaba la antigua carretera, camino real o calzada, tránsito obligado por tanto, para viajar de Pamplona a Bayona.

Y no faltan aquellos a los que la imaginación les hace ver caminando por el lugar -caminantes sin camino- a quienes levantaron y ocuparon en el neolítico los dólmenes y megalitos que hay en la zona.

Pueblo-calle que, mirando desde el asfalto, transcurre encajonado entre casas, no necesariamente alineadas, con tejados a dos aguas (lo hace a cuatro el palacio de Borda, quizá el edificio más emblemático junto con el de Arretxea, situado enfrente), de corte clásico las más, aunque de diversa tipología, con planta baja, una o dos alturas y desván; con aleros sobresalientes, por anchos, que recuerdan que es zona de pluviosidad elevada; que lucen balcones floridos y grandes balconadas ocupando toda la anchura de la fachada en la planta superior; que combinan, entramándolas, piedra y madera; a veces, fachadas parcialmente encaladas o todas ellas de piedra, y con escudos, sean palacianas o no; casas con portalones enmarcados en arcos de piedra de medio punto o, aunque no son la mayoría, encajadas tras soportales a modo de atrios sostenidos por pilares o arcadas. Pero no conviene generalizar. En esto, como en todo, y sin entrar en las causas y motivos, pueden caber, y caben, las excepciones, lo que certifica que el conjunto no es un montaje para turistas desocupados o un decorado para el celuloide.

Y detrás de las casas, también entre ellas por tratarse de edificios exentos, es decir, separados, el verdor de la naturaleza llena el entorno: huertas, campos, montes… Lajas enhiestas o muretes de piedra delimitan prados y fincas; y en algunos tramos, sobre todo cumpliendo el papel de portillos, estacas sosteniendo alambradas.

En definitiva, todo un conjunto que es un reclamo para un turismo, familiar o no, que quiera huir de las prisas y el ruido y busque disfrutar del encanto de lo rural, añadiéndole, además, el aliciente de descubrir y revivir de primera mano un trozo de la historia. Una forma de unir tres paisajes: el de la naturaleza, el de la vida rural y el del sentimiento.

 

ÓRGANO DE LUJO

Al desandar el camino para volver a la carretera general, no está de más dirigir la mirada a un crucero del año 1695 que se levanta sobre seis gradas (anteriormente lo hacía sobre tres) al borde de la carretera, junto al recinto del templo parroquial. De factura sencilla, una cruz ancorada (sus extremos en los brazos y la cabeza están divididos y en forma de áncora o ancla, dicho en términos heráldicos) remata un fuste cilíndrico coronado con un capitel jónico y sostenido por un basamento cúbico.

Unos metros más allá se alza la iglesia de la Asunción, de origen medieval (la portada, de estilo protogótico, corresponde a comienzos del siglo XIII), pero reformada en distintos momentos, especialmente en los siglos XVI y XVIII. Aparte de que los diferentes tipos de bóveda denotan las diversas modificaciones, los expertos descubren sin dificultad el empleo de piedras procedentes del castillo, ya para entonces destruido, vendidas por la Administración al pueblo para este fin, como consta documentalmente.

En su interior destaca el retablo mayor, tardorromanista, protobarroco. No obstante, en la valoración popular, la preeminencia se la lleva el órgano romántico fabricado en París en 1903 (aunque también se ha escrito que el año de fabricación fue el 1891) por la firma “A. Cavaillé-Coll”.

La de la fecha no es cuestión baladí, puesto que el organero francés Aristide Cavaillé-Coll, considerado como uno de los fabricantes de órganos mas destacados, si no el más importante, del siglo XIX, falleció en 1899. Si el órgano de Amaiur fuese de 1891, habría sido fabricado baja la supervisión directa del maestro; si de 1903, lo habría sido bajo la de sus discípulos sucesores en la prestigiosa firma, lo que tampoco restaría un ápice a la categoría e importancia del instrumento musical.

El órgano, que fue declarado Bien de Interés Cultural por el Gobierno de Navarra mediante Decreto Foral el 22 de julio de 2002 y del que se dice que solo hay otros dos de este modelo en España (en total, de distintos modelos, se conservan en España algo más de 25 órganos de la firma francesa), perteneció inicialmente a la iglesia parroquial de Elizondo. Debido a los daños sufridos en ella durante la inundación ocurrida el 2 de junio de 1913, el clero y los vecinos decidieron construir una nueva iglesia y, según se cuenta, el párroco estimó que el órgano era pequeño para el templo, por lo que se adquirió otro. El “Cavaillé-Coll” fue trasladado en 1919 a Amaiur y en el propio órgano ha quedado inscrito el agradecimiento a quienes lo hicieron posible: Javier Urrutia, dueño de la casa Etseberria, y su hermano Santiago.

Una vez en su nuevo destino, el párroco local –puede que sabedor de la calidad y el valor del instrumento- hizo grabar en su caja la siguiente inscripción en euskera: “Amaiurko Elizan egonen naiz fier” (“Permaneceré por siempre en la iglesia de Amaiur”).

 

LA PUERTA DEL CASTILLO

Todo castillo que se precie ha de tener alguna leyenda o ha de estar vinculado a hechos que tengan más visos de fantasía que de realidad. En el caso del de Amaiur no iba a ser menos.

Hay quienes creen a pies juntillas que para cuando concluyan las excavaciones se habrá podido aclarar dónde salía el túnel secreto que existió en el interior de la fortaleza para que, en caso necesario, pudieran escapar de él los jefes de la guarnición, o como vía de entrada de alimentos y armas en el supuesto de un asedio.

La imaginación ha marcado algunos puntos del pueblo, algunas casas concretas, para decirlo con mayor propiedad, como los lugares que esconden esos pasadizos secretos. Quizá el lugar preferido ha sido el palacio de Borda o Bordakoetxea (del siglo XVII y cabo de armería a partir de 1728), puede que por su porte noble, aunque tardío, y su cercanía al castillo. O porque, para los vecinos, el edificio se vio envuelto en el secretismo que implicaba haberse convertido en casa-cuartel de la Guardia Civil durante años. Cerrado a estos efectos en 1996, fue vendido, restaurado y reconvertido en hotel todavía sin estrenar. ¿El pasadizo? Pura leyenda.

Otro hecho, para muchos tan legendario o más que el expuesto, es el de existencia física de la puerta de acceso al castillo (o de una de sus puertas), que se conservaría en el palacio de Jauregizar, en Arraioz. Y aquí sí que la realidad podría imponerse sobre la mera ficción.

Consta que al señor de Ursua le regalaron para su palacio de Arraioz la puerta del castillo y una pieza de artillería en agradecimiento o como pago por la ayuda que había prestado a las tropas castellanas en la toma del castillo en 1522. En un detenido examen de la puerta realizado en Pamplona, se pudo comprobar que en el blindaje de la misma hay restos de plomo y de puntas de saetas (lanzadas con ballestas) que pertenecen a esa época.

De ser así, la puerta, colocada en el castillo cuando fue fortificado por Castilla tras la ocupación del reino navarro, habría permanecido 5 o 6 años en Amaiur y estaría a punto de cumplir 500 en Arraioz (en 2022).

 

LOS ELIZANDE, TXISTULARIS DE BAZTAN

El folclore en Baztán tiene en las mutildantzas su buque insignia. De origen desconocido, se han conservado una quincena, aunque la gran mayoría de los que las bailan solo sepan ejecutar unas pocas.

Lo que sí resulta más desconocido en el valle es la vinculación con Amaiur de los dos prohombres salvadores de estos bailes: Antonio Elizalde Iriarte y Mauricio Elizalde Echevería, padre e hijo.

Antonio, el padre, nació en Aniz en 1884 y a los tres años se trasladó con su familia al caserío Lizundegikomendia, de Amaiur. Recopiló y memorizó las melodías de numerosas mutildantzas, irridantzas, sokadantzas, sagardantzas, etc., que interpretaban los txistularis de su tiempo, así como la forma de bailarlas. Mauricio, el hijo, nació en 1915 en Amaiur, en el citado caserío, y allí vivió hasta que nueve años más tarde se trasladó con su familia al caserío Martintonea, en el barrio de Aintzialde de Arizkun.

Ambos sobresalieron como txistularis y, sobre todo, por su labor de rescate de melodías. Mauricio, con mayores conocimientos musicales que su padre y con un cierto dominio del solfeo, las transcribió a papel pautado. Su padre, Antonio, que temía que su hijo no estuviese suficientemente capacitado para llevar a cabo semejante tarea, le envió a estar con el Padre Donostia, en el colegio de Lekaroz, y ambos, mano a mano, revisaron la transcripción y corrigieron algunos e talles de ritmo que no habían sido transcritos fielmente. Corría el año 1943. Definitivamente las mutildantzas y otras piezas del acervo cultural baztanés quedaron fijadas en los pentagramas para la posteridad.

 

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