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Palabra de peregrino

El tiempo es el mayor tesoro

¿Qué tienen en común un ironman de New Jersey y un piloto de pruebas de Lamborghini que casi quedó paralítico?

El periodista Sergio García relata en una serie las aventuras y desventuras que vive en cada una de las etapas como peregrino en el Camino de Santiago
El periodista Sergio García relata en una serie las aventuras y desventuras que vive en cada una de las etapas como peregrino en el Camino de Santiagocedida
  • Sergio García
Actualizado el 30/07/2021 a las 21:07
El Camino es, más allá de las consideraciones geográficas, un viaje al interior, una experiencia personal e intransferible. Y lo es porque cada uno lo afronta desde una perspectiva distinta. “Yo soy yo y mis circunstancias”, que decía Ortega y Gasset. Pues bien, Nuria lo ha emprendido en compañía de Galaxy, un cachorro mezcla de beagle y labrador del que se hizo cargo cuando decidió viajar en bicicleta desde Tarragona a Cádiz, después de pasar la primera ola de la emergencia sanitaria como enfermera en los quirófanos de un hospital barcelonés. “Necesitaba darle una vuelta a mi vida, no podía más”.
La suya no es una salida fácil. Llevar una mascota de acompañante le cierra las puertas de la mayoría de los albergues, y cuando nos cruzamos acaba de pasar la noche al raso en un pinar a las afueras de Nájera, sin más protección que un plástico y cuatro palos que le sirven de carpa. Ayer se enteró de la muerte de su abuela de 96 años. “Había sobrevivido ya a una infección por coronavirus, pero sólo deseaba descansar”. Dice que cuando la noche se le echaba encima y subía la última cuesta, “sentía a la yaya al lado, tirando de mí con cada paso que daba”. El perro no puede ser más feliz, en parte por la dieta de pienso y paté que Nuria no escatima y también por las ardillas, ratones y conejos que el campo abierto pone en su camino cada mañana.
Cuando dejamos atrás Azofra, la brisa mece los viñedos y dibuja en las caras una sensación casi lujuriosa, y eso que no son las ocho y llevamos más de dos horas andando. A mi lado marcha William, un alemán de Westfalia. Cabeza rapada, tatuajes, vendas rodilleras, ritmo espartano... Tiene la camiseta tan dada de sí que parece un chicle de tela. Si no fuera por su delgadez extrema, uno podría pensar que es un discípulo de Kratos, el guerrero sanguinario de God of war.
Nada más lejos de la realidad. William -“no Wilhelm, es que mi padre es americano”- tiene 23 años y empezó a andar el 1 de julio... en París. Cien kilómetros después llegó a la conclusión de que el precio de los albergues en Francia excedía con mucho su presupuesto y decidió bajar en tren hasta Burdeos. De allí a Saint Jean Pied de Port, donde le conocí. Quiere llegar a Santiago y luego bajar a Portugal. Cuando le pregunto por sus razones para meterse en esta trituradora responde con sencillez: “He venido a confrontarme a mí mismo y a decidir qué hago con mi vida”. Tiempo no le va a faltar si quiere madurar su decisión.
El camino atraviesa entonces un pueblo de urbanizaciones y adosados, la mayoría con aspecto de estar vacíos. No vemos tiendas ni bares, tampoco colegio ni centro de salud o una iglesia... Todo es un poco Expediente X, no sé si me explico. Lo que atrae todas las miradas en ese mar de ocres que nos envuelve es un campo de golf de 18 hoyos, de un verde jugoso y reluciente, tan lejos de lo que lleva días siendo habitual. Bueno, eso y Mariano subiendo el volumen de Chiquilla, de Seguridad Social, que en este escenario pega como un santo y dos pistolas.
Entra entonces en escena George, de New Jersey, la tierra de Los Soprano. 62 años y dos ironman en su haber. Mientras las campanas de Santo Domingo de la Calzada anuncian las horas enteras, enfila las cuestas con la determinación de un pitbull. Aduce motivos religiosos para cambiar por unas semanas el skyline de Nueva York que se contempla del otro lado del Túnel Lincoln por este curso intensivo de románico, vino y cordero lechal.
ASISTENCIA MÉDICA
Una vez en la ciudad, pedimos en el puesto de la Cruz Roja asistencia médica para Marie, que se ha quedado en Nájera más colgada que un chorizo de Cantimpalos porque olvidó la cartilla sanitaria en Francia y nadie la atendía en Urgencias. Ella, que está lo que coloquialmente se dice tiesa, ya pensaba que tendría que liar el petate y dar la aventura por concluida. Pero el apóstol Santiago debe de tener planes reservados para ella, porque las curas conseguidas in extremis obran el milagro y seguirá con nosotros.
La mayor sorpresa nos espera en Grañón, donde acaba de recalar Enrique. Su historia daría por sí sola para una novela. Lleva cinco años recorriendo los lugares santos de la Península después de que un accidente le fracturara cuatro vértebras y quedara postrado en cama durante meses. Imagínense ustedes a alguien que ha dedicado 20 años a testar Audis y Lamborghinis que le digan un día que no va a volver a andar. Sea como fuere, Enrique burló el que parecía su destino y a cambio ofreció una vida de sacrificio que le lleva a transitar por los caminos sin más apoyo que el que recibe de los que le rodean.
Desde hace semanas le acompaña Elena, que se le unió en Zaragoza, y Espíritu Santo, un burro cabezón como él solo. Sin más atrezo que su sombrero de peregrino y el bordón del que cuelgan brazaletes, collares y conchas, Enrique no tiene dinero ni teléfono móvil; no ve a su mujer y a sus hijos desde Navidad; se refugia en las iglesias y se ducha lo mismo en un parque de bomberos que en albergues. “Habéis empezado a descubrir -declama ante un auditorio entregado- el verdadero tesoro del peregrino, el tiempo, sin el que no se puede estar atento a las señales de lo que de verdad importa. Sólo así se explican los lazos que surgen entre personas sobre cuya existencia lo desconocías todo hace tres días”.
Delante se extiende Burgos, con sus trigales y campos de girasol hasta la línea del horizonte. Belorado, Villambistia, Villafranca de Montes de Oca... Tan ancha es Castilla que nos entran dudas de si podremos con ella.
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