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La ilusión de libertad en internet: 8 maneras en las que la red moldea nuestras decisiones

Internet no elimina nuestra libertad, pero la condiciona: filtra información, moldea opiniones, emociones y deseos y crea una autonomía aparente dentro de marcos diseñados por algoritmos

Una mujer consulta el móvil al mismo tiempo que utiliza el ordenador
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Una mujer consulta el móvil al mismo tiempo que utiliza el ordenadorPixabay
Una mujer consulta el móvil al mismo tiempo que utiliza el ordenador

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The Conversation

Publicado el 15/05/2026 a las 09:15

Nos gusta pensar que decidimos por nosotros mismos. Que elegimos qué ver, qué comprar, qué opinar. Que somos, en última instancia, sujetos autónomos navegando en un espacio abierto de posibilidades. Pero esa imagen empieza a resquebrajarse cuando observamos con más detenimiento cómo funcionan los entornos digitales en los que pasamos buena parte de nuestra vida cotidiana.

La sociología lleva tiempo recordándonos que la libertad nunca opera en el vacío. Como planteó el sociólogo francés Pierre Bourdieu, nuestras decisiones están siempre orientadas por estructuras previas que delimitan lo que percibimos como posible. Hoy, esas estructuras no solo son sociales: son también algorítmicas.

Internet no nos quita la capacidad de decidir, sino que hace algo más sofisticado: configura el marco dentro del cual decidimos.

1. Elegimos lo que vemos, pero no lo que aparece

Cuando abrimos una red social o hacemos una búsqueda, no accedemos a “todo lo que hay”, sino a una selección previa. Un filtro invisible ha decidido antes qué merece nuestra atención. No sentimos que eso limite nuestra libertad porque seguimos eligiendo, pero lo hacemos dentro de un menú ya configurado.

Ahí es donde el poder se vuelve sutil, casi imperceptible. Como sugería Michel Foucault, no hace falta imponer conductas si se puede organizar el campo de lo posible.

2. Creemos que algo es importante porque nos lo ponen delante muchas veces

Hay temas que parecen inevitables. Están en todas partes: en titulares, en vídeos, en conversaciones digitales. Poco a poco, empiezan a ocupar más espacio en nuestra mente. No es casualidad, sino el resultado de procesos de selección que deciden qué circula y qué queda relegado.

Como explicaba Niklas Luhmann, los sistemas sociales funcionan reduciendo complejidad. Internet lo hace simplificando el mundo hasta convertirlo en aquello que aparece en pantalla.

Lo que no aparece simplemente deja de existir para nosotros.

3. Formamos opiniones en entornos que ya están inclinados

Muchas veces creemos que nuestras opiniones son el resultado de una reflexión personal. Pero lo cierto es que solemos construirlas en espacios donde ciertas ideas ya están reforzadas.

Leemos, escuchamos y vemos contenidos que apuntan en direcciones similares. Con el tiempo, eso genera la sensación de que “todo el mundo piensa así”.

Eso es hegemonía en el sentido que le confería el intelectual y filósofo italiano Antonio Gramsci: no hace falta obligar a nadie a pensar algo si se logra que determinadas ideas parezcan las más razonables, las más evidentes, las más normales.

4. Sentimos de determinada manera porque el entorno nos empuja a ello

Internet no solo organiza información: también organiza emociones.

Hay contenidos que circulan más porque generan indignación; otros porque producen miedo; y otros porque refuerzan identidades o pertenencias. Sin darnos cuenta, nos movemos emocionalmente dentro de esos marcos. Nos indignamos cuando toca indignarse, nos alarmamos cuando toca alarmarse, e internet lo sabe porque conoce nuestros gustos.

En términos de la profesora de Sociología estadounidense Arlie Russell Hochschild, podríamos decir que hay una especie de “guía emocional” implícita que orienta cómo debemos sentir en cada momento.

5. Compramos lo que creemos querer pero ese deseo ya estaba anticipado

Las recomendaciones parecen adaptarse a nuestros gustos. Y en parte lo hacen, pero también los modelan. Después de ver ciertas cosas, empezamos a interesarnos por otras similares. Poco a poco, nuestras preferencias se vuelven más previsibles… y más dirigidas.

Aquí se cumple, en versión digital, una intuición clásica de Karl Marx: el sistema no solo responde a necesidades, también las produce.

No solo elegimos lo que queremos. Terminamos queriendo lo que aparece disponible.

6. Pensamos rápido, pero cada vez pensamos menos en profundidad

La lógica de internet premia la velocidad. Respuestas rápidas, contenidos breves, explicaciones simples. Eso facilita el acceso, pero tiene un coste: la pérdida de matiz, de duda, de elaboración.

Como advertía el sociólogo y filósofo estadounidense Herbert Marcuse, el riesgo de una sociedad altamente funcional es la reducción del pensamiento a una sola dimensión: lo inmediato, lo útil, lo evidente. Pensar despacio empieza a parecer un lujo innecesario.

7. Hablamos como la plataforma permite que hablemos

No solo cambia lo que decimos, sino cómo lo decimos.

Los formatos digitales –memes, hashtags, frases cortas– condicionan el tipo de lenguaje que utilizamos. Y, con ello, el tipo de ideas que podemos expresar.

Porque, como señalaba Ludwig Wittgenstein, los límites del lenguaje son también los límites del pensamiento.

Si el lenguaje se estrecha, también lo hace nuestra capacidad de imaginar otras formas de ver el mundo.

8. Y, lo más importante: todo esto nos parece completamente normal

Quizá lo más inquietante no es ninguna de las formas anteriores por separado, sino el hecho de que todas ellas han dejado de resultarnos problemáticas.

No sentimos que algo nos esté condicionando, ni percibimos pérdida de autonomía, ni detectamos imposición. Simplemente, vivimos así.

Eso es lo que los filósofos Theodor W. Adorno y Max Horkheimer identificaron como una de las formas más eficaces de dominación: aquella que no se reconoce como tal.

Una pregunta final difícil de esquivar

Si todo lo que ve, lo que le interesa, lo que le emociona, lo que desea –e incluso la forma en que lo nombra– ocurre dentro de entornos previamente organizados por otros, ¿qué parte de su vida seguiría siendo reconocible como “suya” si, de pronto, quedara fuera de esos entornos?

Y, aún más inquietante: si no puede responder con claridad ¿sigue decidiendo o simplemente está habitando decisiones que alguien (o algo) ya tomó por usted?

Puede llevarse esta pregunta a la cama. Pero, cuidado: hay preguntas que, una vez pensadas, ya no nos devuelven la misma vida. Porque algunas preguntas funcionan como aquella pastilla roja de Matrix: no nos dan respuestas, nos obligan a ver lo que ya no podemos dejar de ver.

Víctor Hugo Pérez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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