¿Gafas amarillas de 200 euros? Toda la verdad sobre el 'biohacking' visual
Las 'gafas de fototerapia', promocionadas por famosos en las redes supuestamente para mejorar el sueño y el rendimiento, son más un producto cercano a la moda que a la ciencia


Publicado el 11/05/2026 a las 08:59
En los últimos meses, conocidos futbolistas y otras figuras populares han desatado la polémica en redes sociales luciendo llamativas gafas de cristales amarillentos o anaranjados. El “qué” de esta tendencia es la promesa de mejorar el sueño y el rendimiento mediante el bloqueo de luz azul. El “quiénes” son influencers y marcas de estilo de vida que han convertido un accesorio en una supuesta herramienta de salud.
Sin embargo, esta fiebre por el llamado biohacking ocurre ahora mismo en un mercado digital donde el bombo o hype publicitario a menudo llega más lejos que la evidencia científica. ¿Qué hay realmente detrás de estas afirmaciones? La respuesta corta es que, en la mayoría de los casos, estamos ante un producto más cercano a la moda que a la ciencia.
LOS OJOS NO SIRVEN SOLO PARA VER
Para entender por qué generan tanto interés estas gafas, hay que empezar explicando algo poco conocido: no todas las neuronas del ojo sirven para ver imágenes. Algunas tienen una función completamente distinta, que es decirle al cerebro si es de día o de noche. Se llaman células ganglionares intrínsecamente fotosensibles (ipRGC) y contienen un pigmento especial llamado melanopsina, que reacciona ante la luz azul. Su trabajo no es reconocer formas ni colores, sino medir la intensidad de la luz del entorno.
Existen varios tipos, y cada uno cumple una función vital: regular el sueño, mantener el estado de alerta o controlar el tamaño de la pupila. En conjunto, actúan como sensores que sincronizan nuestro reloj biológico interno con el ciclo del sol.
Son, sin saberlo, las células que deciden cuándo tenemos sueño.
POR QUÉ EL USO DE DISPOSITIVOS POR LA NOCHE NO NOS DEJA DORMIR
El interés por las células ganglionares intrínsecamente fotosensibles ha crecido junto con la preocupación por el efecto de las pantallas en el sueño. Si usted es de los que revisa TikTok o Instagram en la cama antes de dormir, hay una explicación fisiológica clara: la luz de la pantalla activa estas células. Les manda una señal equivocada al cerebro, diciéndole que todavía es de día. Nuestro cuerpo lleva millones de años sincronizado con el sol, pero nuestros hábitos modernos han roto esa coordinación.
Mientras esas neuronas siguen activas, el cuerpo no arranca los mecanismos naturales que inducen el sueño. Es decir: no podemos dormir porque nuestra biología cree que aún no toca. En esa contradicción, nuestra necesidad de usar pantallas y el deseo de descansar, es donde han proliferado las soluciones comerciales mágicas.
EL NEGOCIO DE VENDER PLÁSTICO A PRECIO DE ORO
Y aquí entran las famosas “gafas de fototerapia” de 200 euros. El argumento de las marcas es sencillo: si la luz azul es el problema, su producto sirve de escudo. Sin embargo, gastar una fortuna en este tipo de accesorios supone comprar un objeto de diseño que carece totalmente de las características técnicas necesarias para ser un dispositivo de salud.
Existe una diferencia enorme entre un filtro de corte selectivo y unas gafas de colorines comerciales. El primero es un dispositivo sanitario diseñado con precisión para bloquear longitudes de onda concretas y proteger retinas con patologías reales, como son la degeneración macular asociada a la edad o la retinosis pigmentaria. Por el contrario, las gafas que promocionan los influencers suelen ser simples tintes coloreados sobre plástico.
La diferencia no es solo de precio. Un filtro de corte selectivo, a la venta en algunas ópticas, pasa por mediciones rigurosas en un laboratorio. Se comprueba que bloquea exactamente lo que dice bloquear. Para conseguirlo, la lente incorpora en su propia masa unas moléculas llamadas cromóforos, compuestos orgánicos que absorben selectivamente la radiación según sus propiedades espectrales. El filtrado no está, pues, en un barniz o coloreado superficial que puede degradarse con el tiempo, sino integrado en el material.
Según el uso previsto, estos filtros tienen distintos “puntos de corte”: a 400 nanómetros (milmillonésimas parte de metro, nm) bloquean toda la radiación ultravioleta; a 450 nm eliminan además la franja violeta del espectro visible; y a 500 nm cortan también buena parte del azul. Cada corte estará indicado para una patología diferente. Las gafas de moda no tienen ese control y no es un detalle menor: usar un tinte de mala calidad puede ser peor que no llevar nada.
Porque la fotofobia, las migrañas o los trastornos graves del sueño requieren diagnósticos realizados por profesionales de la salud, no soluciones estandarizadas vendidas como biohacking.
En definitiva, el revuelo por las gafas de 200 euros es el ejemplo perfecto de cómo la promoción publicitaria puede vencer temporalmente a la ciencia. Debemos recordar la idea clave: nuestro reloj biológico tiene ojos que regulan nuestra vida de forma mucho más sutil y compleja de lo que una marca de moda nos quiere hacer creer. Al final del día, la mejor “gafa” para dormir bien sigue siendo, sencillamente, apagar la luz.
José Antonio Matamoros, Investigador posdoctoral, Universidad Complutense de Madrid y Elena Salobrar-Garcia, Profesor de la Facultad de Optica y Optometría, Dpto de Inmunología, Oftalmología y ORL, Universidad Complutense de Madrid
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.