Cuando duele el alma
No hay que alarmarse ante la depresión o la ansiedad adolescente pero sí estar alerta porque ¿qué hay peor que ver sufrir a un hijo?


Publicado el 03/03/2024 a las 05:00
Adriana tiene 14 años y hay mañanas en las que se reduce a un ovillo en la cama, se tapa con el edredón hasta la cabeza y le suplica a su madre quedarse en casa. Odia el colegio. Porque las que habían sido sus amigas hasta hace dos años ya no quieren hablar con ella. Es más, se burlan porque todavía es muy infantil y no viste a la moda. Y, claro, no la incluyen en los grupos de ‘Whatsapp’ ni muchos menos en sus planes de los sábados por la tarde, en los que ya han empezado a tontear con el botellón y el más popular del curso. Alberto ya ha cumplido los 16, posee altas capacidades pero suspende. Porque no le interesa nada de lo que explican los profesores del instituto en clase, se aburre y, además, molesta. Porque también es impulsivo y, asegura, le han cogido manía. Y Rebeca ya ha alcanzado sus dos décadas de vida y lleva meses flirteando con los porros y las pastillas. Ha empezado la universidad pero carece de interés en seguir estudiando y su único objetivo es que llegue el viernes y salir de marcha como si no hubiera un mañana. Adriana, Alberto y Rebeca son nombres falsos de historias reales. Las que vivimos en nuestras propias familias o las que nos cuentan nuestros hermanos, primos, amigos o vecinos. ¿Te resultan familiares?
Esta semana publiqué una información sobre la salud mental en la infancia y adolescencia. Porque es una realidad cada vez más frecuente. Las entrevistas con psiquiatras y psicólogos confirmaron mis peores pronósticos. La salud mental de los menores está cayendo en picado tras la pandemia (por los duelos que se vivieron, la sobreexposición a las pantallas y la nula tolerancia a la frustración) y aportaron un dato clave con el que titulé mis páginas: “El 70% de los trastornos mentales se inician en la infancia y adolescencia”, por lo que hay que prestarles especial atención. Los psiquiatras Javier Royo (del centro de salud mental infantojuvenil de Sarriguren de la red pública) y Lucía Moreno (de hospitalización del Hospital Universitario de Navarra) y la doctora en Psicología y terapeuta familiar y de pareja Olatz Ormaetxea lo tienen claro: hay que dedicar más tiempo a los hijos y estar atentos ante las señales de alarma (aislamiento, dejar de hacer actividades que antes practicaban, mostrar un comportamiento agresivo o iracundo...), rasgos de la depresión adolescente que, en ocasiones, se camuflan porque esconden la propia etapa vital.
Alguna vez ya he contado que la entrevista más dura que he hecho en mi vida fue a la madre de una chica que se suicidó como consecuencia del ‘bullying’. No debemos alarmarnos en casos de depresión, ansiedad, estrés, consumo de drogas... Pero sí estar alerta para resolver los problemas antes de que sea demasiado tarde. Por ese motivo aquella madre quiso que la entrevistare: para que en otras familias no ocurriera lo mismo. Aunque mientras se viven estas situaciones, a los padres, hermanos y abuelos de Adriana, Alberto o Rebeca no hay duda de que les duele el alma. Porque, ¿qué hay peor que ver sufrir a un hijo?