Historias familiares
Para todas las Elisas
No todas las mujeres valientes tienen una entrada en Wikipedia ni placas conmemorativas


Publicado el 05/12/2023 a las 05:00
Mi única hermana se llama Elisa porque yo así lo elegí. A mis 6 años, mis padres me preguntaron cómo quería que se llamara la hermanita y me quedé tan contenta con mi elección. Yo aseguraba entonces que era por la Elisa de Beethoven, esa famosa bagatela en la menor que mi padre interpretaba en aquellos años en un piano viejo y desvencijado. Pero después, él aseguró que el nombre se debía a la Elisa del poeta Garcilaso de la Vega. A que aludía en aquellos versos de “¿quién me dijera, Elisa, vida mía / cuando en aqueste valle al fresco viento / andábamos cogiendo tiernas flores / que iba a venir el triste y solitario día / que diese amargo fin a mis amores?” Sea como fuere, el caso es que me encanta este nombre. Y más me encantan las historias que se refieren a él. Como la de Elisa y Marcela, dos maestras que se enamoraron a finales del siglo XIX y se casaron por la Iglesia en 1901, adaptado una, precisamente Elisa, la identidad de un hombre. Este relato real que ha generado algunas ficciones me ha hecho reflexionar sobre una idea: la importancia de tomar decisiones libremente en la vida. A pesar del qué dirán. Sin importar los convencionalismos y tradiciones sociales. Para vivir una vida con propósito y sentido.
La historia de estas dos maestras, más propia de una novela, que de la rutina diaria en la Galicia rural de finales del siglo XIX y comienzos del XX ha inspirado muchas líneas. Como las del profesor de Historia de la Educación, el gallego Narcisco de Gabriel, autor de Elisa y Marcela. Más allá de los hombres (Morata, 2019) o las de la escritora alicantina Chus Sánchez, en Eligieron ser libres (Aloha). En ese mismo año, 2019, la directora de cine Isabel Coixet, que había escrito el prólogo de la investigación de de Gabriel, presentó la película Elisa y Marcela, sobre el mismo tema.
En el libro de Chus Sánchez se cuentan también otras historias reales que parecen sacadas de la ficción. Como la de Catalina Bustamante, nacida en Llerena (Badajoz), y que se embarcó a las Américas en 1514, junto a su marido y sus dos hijas. Al llegar a México fundó el primer colegio para niñas indígenas y creó una saga de maestras. En Texcoco, donde vivió, se la recuerda con una estatua. Igual que a Elisa y Marcela, a las que, tras el escarnio, se les ha dedicado una calle en La Coruña.
Sin embargo, no todas las mujeres valientes cuentan con una entrada en la Wikipedia. Ni con placas conmemorativas. Me contaba Chus Sánchez el otro día en la entrevista que le hice para mi podcast ‘Déjame que te cuente’ que ella buscaba sacar a la luz historias de mujeres anónimas con una característica en común: la libertad. Seguro que tú conoces a más de una. A esa vecina que, a pesar de no necesitarlo, decidió trabajar como dependienta en una boutique en los años setenta porque las paredes de su casa “la ahogaban”. O a esa tía abuela a la que no se le cayeron los anillos por fregar portales para sacar adelante a sus hijos porque su marido se bebía el sueldo de la fábrica todas las tardes en el bar. O a aquella amiga de tu prima que optó por recorrer el mundo ella sola en unos años en los que no se estilaba hacerlo sin la compañía de ningún hombre. No hace falta ser Frida Khalo ni protagonizar una historia de desgracias como la pintora o ganar un premio Nobel como Marie Curie. Ni siguiera, aparecer en periódicos ni libros de historia como casos curiosos.
No. Son muchas las Elisas que nos encontramos en el camino de la vida. Elisas, Marcelas, Catalinas o los nombres propios que tú quieras añadir aquí. Los de las mujeres que eligieron ser libres. En un momento dado. En el que descubrieron que la vida es solo una y que hay que vivirla con un propósito. Ya lo decía el psiquiatra austriaco Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido. “La vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias sino por la falta de sentido”. Dicho queda.