Historias familiares

Cunas vacías y duelos silenciosos

Con el título de ‘The deafening silence’ (el silencio ensordecedor), el director británico Chris Godwin rodó en 2015 este documental sobre la muerte gestacional
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Con el título de ‘The deafening silence’ (el silencio ensordecedor), el director británico Chris Godwin rodó en 2015 este documental sobre la muerte gestacional
Con el título de ‘The deafening silence’ (el silencio ensordecedor), el director británico Chris Godwin rodó en 2015 este documental sobre la muerte gestacional

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Sonsoles Echavarren

Publicado el 11/05/2022 a las 06:00

A menudo sueño que estoy embarazada. Y que, de repente, no siento al bebé pataleando o que la tripa se ‘desinfla’ y resulta muy pequeña para albergar una vida humana. Me despierto sobresaltada, me toco la barriga y respiro aliviada: “Solo era una pesadilla”. Pero tan real... No me había dado cuenta de lo recurrente de este mal sueño hasta que, como me sucede a menudo, entrevisto a expertos que saben mucho más que yo o escucho testimonios que me ponen la piel de gallina. Yo creía que los dos abortos que tuve (uno hace ya diecisiete años y el otro, nueve) eran una mala experiencia del pasado cuya huella había conseguido borrar. Pero no. Ahí perdura. Indeleble. Como esas suelas de zapatilla que, a veces, se graban en el cemento fresco y continúan ahí, cual fósiles, con el paso del tiempo. Si no, ¿por qué este sueño repetitivo? Mi parte consciente asegura que no pasa nada pero la inconsciente, la que brota por la noche aunque no la llame ni la desee, me acerca este recuerdo. Por eso, aplaudo con todas mis fuerzas que se conmemore el ‘Día mundial de la salud mental perinatal’ el primer miércoles de mayo. Muy próximo al día de la madre. Lo que no es casual. Porque hay muchas, demasiadas, madres sin bebés. Que aunque después tuvieran otros no olvidan ese trance por el que pasaron solas y sin ser comprendidas. Depresiones postparto, estrés postraumático, angustia en el embarazo por miedo a perder al siguiente bebé... son la otra cara de la misma moneda. La de una salud, la mental, que no es menos importante que la otra, la física. Mucho se ha avanzado pero aún queda un largo camino por recorre. ¡Adelante!

Acabo de terminar, aún masticando la emoción, el último libro de la escritora y periodista rusa Anna Starobinets, titulado ‘Tienes que mirar’. Autora de novelas de ciencia ficción, protagonizó ella misma la suya propia cuando el ecografista le escupió, sin anestesia y a los cuatro meses de su segundo embarazo, que el niño que esperaba tenía una enfermedad incompatible con la vida y que no sobreviviría. “Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta, convertirse en la protagonista de un cuento de terror”, comienza su relato. Y continúa: “Este libro no trata solo de mi pérdida personal. Habla de lo inhumano que es en mi país el sistema al que se ve arrojada una mujer obligada a interrumpir su embarazo por razones médicas. Habla de la humanidad y la falta de humanidad”. Me sentí identificada con Anna Starobinets porque las dos tenemos más o menos la misma edad, somos periodistas y escritoras. “Lo único que sé hacer es escribir. No tengo ninguna otra habilidad para cambiar el mundo”, recoge en su introducción y suscribo cada palabra. Ella recibió la noticia de que el embarazo de su hijo no iba bien en noviembre de 2012. Dos meses antes, yo había tenido un aborto espontáneo de primer trimestre del que iba a ser mi tercer hijo. Encontré alguna similitud, aunque la brutalidad que ella experimentó yo no puedo vislumbrarla ni de lejos. Obligada a salir de su país para parir un hijo muerto en una ciudad extranjera y con médicos hablando en otra lengua, decidió que, como no había literatura sobre el tema, a la que ella le hubiera gustado acceder, escribiría su propia novela. Para ayudar a otras mujeres (y hombres) que deben elegir un ataúd en lugar de una cuna. Lo sé. Suena muy duro. Pero es una realidad para algunos. No cerremos los ojos.

Todos conocemos a una prima, amiga, cuñada o vecina que ha tenido uno o varios abortos. O que ha perdido a un bebé poco antes de dar a luz, en el parto o al poco de nacer. Y, seguramente, nos sintamos incómodos porque no sabemos qué decir. “¿Lo has perdido?”, inquirimos como si se tratar de un paraguas. “Bueno, no te preocupes. Eres joven. Tendrás más. La naturaleza es sabia y será que venía mal”, continuamos. “A mi amiga también le pasó y ahora tiene dos niños bien guapos y sanos”, proseguimos. Error. Craso error. Aunque con buena voluntad, estos comentarios duelen y mucho, hasta el punto de que no permiten atravesar y cerrar un duelo sano.

A los hechos me remito. Una tía abuela mía tuvo que enterrar a su primer hijo al poco de nacer a causa de una muerte súbita. Ella era muy joven pero no volvía a quedarse embarazada, lo que le provocaba gran dolor. A los años, dio a luz de nuevo. No a uno sino a ocho hijos más. Pero incluso en su vejez, recordaba a aquel pequeño que un día tuvo en sus brazos. ¡Gracias a los psicólogos y psiquiatras que atienden la salud mental de las madres! Solo así disminuirán los traumas. Porque perder un hijo no es un mal sueño. Sino una realidad.

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