Historias familiares
Cicatrices en el cuerpo y en el alma
Como confesé en mi reportaje, me impresionó mucho entrar en la UCI. Y comprobar que lo que al otro lado del tabique nos parece normal, habitual, cotidiano, allí no lo es


Publicado el 13/02/2022 a las 06:00
A veces, me suceden cosas extrañas. O, por lo menos, poco convencionales. No me atrevería a decir que ‘extraordinarias’ pero me percato de que, cuando las cuento, la gente abre mucho los ojos para mirarme. Para muestra, un botón. Ayer desayuné en la cafetería del hospital para pasar después dos horas visitando la UCI y hablando con los médicos responsables de esos cuidados intensivos que nos brindan cuando nuestra vida parece pender de un hilo. Por la tarde, seguí organizando una jornada sobre cardiopatías en la infancia, que la asociación ‘Pequeña Guerrera’ ha preparado para este lunes, día de San Valentín, el santo que más sabe del corazón. Y terminé metida en la cama preguntando la lección de Literatura a mi hijo adolescente. Hablando hasta la medianoche sobre el Modernismo y la Generación del 98 y recitando poemas de Rubén Darío o Antonio Machado. Ah, perdón. Se me olvidaba. En el intermedio, y como si fuera un anuncio, puse y saqué la ropa de la lavadora, freí unas croquetas para cenar y cociné unos garbanzos para la comida de hoy. ¿Ordinario? ¿Extraordinario? ¿Una amalgama? Pero mientras protagonizaba esas actividades cotidianas, no dejaba de pensar en esas veintitrés personas que duermen, dormitan, están sedadas o despiertas en la UCI. Por el covid, otra enfermedad o tras haber sufrido un accidente de coche. Porque ahí, en esos boxes, es dónde muere (y se recupera) la gente. Donde están los más graves entre los graves. Donde el aire se respira a través de tubos de plástico. Y donde la vida se detiene o transcurre con ritmo más lento. Aunque mientras, fuera de esos muros, los escaparates de las pastelerías muestren empalagosas galletas y tartas en forma de corazón. O aunque yo siga recitando esos versos de una princesa triste a la que se le escapan los suspiro de su boca de fresa. O de ese olmo seco, hendido por el rayo y en su mitad podrido, al que, como un milagro de la primavera, le brota una rama verde. Milagros al margen, estas dos realidades, la de la UCI y la festividad de San Valentín, se asemejan mucho aunque parezcan antagónicas. Porque el dolor y el amor hacen sufrir y dejan siempre cicatrices. En el cuerpo y en el alma.
Como confesé en mi reportaje, me impresionó mucho entrar en la UCI. Y comprobar que lo que al otro lado del tabique nos parece normal, habitual, cotidiano, allí no lo es. Me refiero a respirar, hablar, andar, comer, ir al baño, abrazar a nuestra pareja, nuestros padres o nuestros hijos. Por eso, desde aquí, doy las gracias a todas las personas (médicos, enfermeros, auxiliares, administrativos, personal de limpieza...) que dedican su vida y hasta su salud para salvar las de otros.
Porque quienes están ahí no son números (aunque los periodistas los contabilicemos así para nuestras informaciones). Son hombres y mujeres, más o menos jóvenes, con su nombre, su apellido y, quizá, su historia de amor. Como las que hemos vivido todos. O, al menos, la mayoría.
Yo soy una romántica empedernida. No lo puedo evitar. Me encantan las comedias con ese argumento y las canciones de amor. Últimamente me ha dado por escuchar a ‘Los Panchos’ cuando vamos en el coche, ante las burlas de mis hijos y mi marido. Que vaya rollo. Que menuda música viejuna. Que qué horror... Pero a mí me da igual. Disfruto fabulando con las letras de aquellos boleros mexicanos, que siempre escucho con la voz de mis abuelas. Con ese “alma, corazón y vida”. O ese “no hace falta que diga / que me muero por tener algo contigo”. Y pienso en las historias de amor se quedaron inconclusas en el camino. O aquellas otras que, de repente, brotan sin que ni siquiera las esperaras. Reflexiono sobre nuestra existencia casual. Y en cómo estamos aquí, en la vida, gracias (o a pesar) de las decisiones de quienes nos precedieron. De las encrucijadas y los caminos que tomaron nuestros padres y abuelos. O los suyos. En la alegría o el dolor que ocasionaron. Físico o emocional. Que duele más.
Así lo expresa con sus pinceles la mexicana Frida Khalo. Tras sufrir un accidente a los 18 años y acumular un sinfín de operaciones en la columna vertebral, su clavo más grande no es el que repara sus huesos. Sino el que llega a su corazón. Atormentado por la relación con su marido, el muralista Diego Rivera. Mientras, seguiré escuchando a ‘Los Panchos’, “pues tenemos en el alma cicatrices / imposibles de borrar”.