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Historias familiares

Aquellas maravillosas cartas del pasado

La periodista de Diario de Navarra Sonsoles Echavarren Roselló.
La periodista de Diario de Navarra Sonsoles Echavarren Roselló.
Actualizada 30/01/2021 a las 13:19

Acabo de descubrir un tesoro. Mucho más valioso que las joyas preciosas o los lingotes de oro de la cueva de Alí Babá. El mío tiene forma de bloc de anillas, olor de los años sesenta y alberga, ordenadas en perfecto orden cronológico y divididas por separadores de cartón, cartas manuscritas o mecanografiadas en una cuartillas que ya amarillean. Y que recogen retazos de la vida de mi padre, mis tíos y mis abuelos en aquella década en la que eran una familia con niños pequeños. Como nosotros ahora. Son las misivas que se enviaban unos a otros, cuando mi padre y uno de mis tíos estaban internos en un colegio de frailes. Muy cerca físicamente, a menos de una hora de Pamplona en coche; pero muy lejos en las emociones del día a día. Tanto, que los hijos solo veían a sus padres durante las vacaciones de Navidad y de verano. De ahí, la importancia de esas líneas que dan cuenta de las notas escolares, la importancia del estudio, las gripes, las infecciones en la boca y las visitas al dentista o la llegada de la televisión a casa y las muchas horas que mi tía pasaba delante. Mi abuela Emilia sumaba entonces 45 años, los mismo que yo ahora. Y mi padre, 14. Como mi hijo mayor. Así que puedo entender perfectamente la relación entre madre e hijo. Aunque bueno, para mí, mi abuela será siempre una señora mayor que me bordaba vestidos de nido de abeja. Y mi padre, pues bueno, un padre. Aunque en estas cartas me recuerde a mi hijo. Así que, estoy disfrutando de lo lindo entre esos rimbombantes “queridos padres, queridos hijos”, “deseo que al recibir la presente, estéis bien de salud” o esos consejos, tan típicos de los padres, que animan a los hijos a ponerse en contacto con los abuelos o los tíos porque les hace “mucha ilusión” saber de ellos. Sesenta años después, excepto por la pandemia, todo sigue igual.


Estoy descubriendo a mis abuelos como personas de mi edad, lo que resulta extraño. Como él se refiere a ella, como “la dueña” de la casa o su “secretaria”, que, en alguna ocasión le “cede los poderes de la escritura” para comunicarse con mi padre y mi tío golpeando las teclas de la Olivetti. “Se pasan los días sin poder coger un rato disponible para daros las noticias. Aunque, si te he de decir la verdad, no hay nada de particular que contarte”. Así inicia una carta del 15 de febrero de 1966. Para, contar en el siguiente párrafo, que “la mamá” había tenido un catarro muy fuerte pero que, debido al trabajo ineludible como modista, no había podido estar en cama “que es lo que le hubiera hecho falta”. En esa misma misiva se lamenta de la “afición exagerada” de mis tíos pequeños por la tele y que “ya no se acuerdan de estudiar”. Aunque a las pocas semanas, escribe diciendo que mi tía es muy aplicada y saca muy buenas notas. No como el pequeño que tenía “pocas ganas de estudiar” y había que hacer con él los deberes todas las tardes. Me parece estar escuchándome a mí hablando con mi marido o mis amigas y lamentándonos de que han confinado a la clase de los pequeños y que ahora nos tendremos que quedar a teletrabajar para ayudarles con la conexión a las clases online. Una misma realidad.


Son también maravillosas las cartas que les remitían los abuelos y las tías solteras que habían emigrado en aquellos años desde el Valle de Arce a Barcelona y cómo les narran con pelos y señales una inundación que hubo en octubre de 1962. “Ha sido una cosa terrible, más que todo por la cantidad de muertos y desaparecidos. Que Dios misericordioso se apiade de ellos y les dé el eterno descanso”, contaba mi tía abuela María Ángeles. Para continuar, en la siguiente línea, con lo que realmente le preocupaba. Más allá de las riadas. “Los abuelitos siguen bien, aunque nunca les falta algún achaque pero esto es cosa de la vejez. Los tíos y primitos están bien”. Y continúa con algo relacionado. “Tanto donde trabajan Javier como Mary Tere han tenido suerte porque no ha llegado la catástrofe ni ha caído la tromba de agua”.


Me imagino a mi padre, con sus 14 años, su pantalón corto y sus rodillas con sabañones, aquel frío y lluvioso otoño, leyendo esta carta que yo ahora tengo en mi manos, y manoseándola entre las suyas. Visualizando cómo habría sido aquella desgracia, en un descanso entre las clases de Latín y los partidos de pelota en el frontón. Para olvidarse después de la parentela y seguir a lo suyo. Como hace ahora mi hijo mayor, confinado en su habitación, y hablando con sus amigos a través de las pantallas. A veces, creo que ni sabe si el resto de la familia continuamos con vida.


Yo guardo como oro en paño mis cartas de adolescente. Las tengo en una caja de zapatos en un altillo, a buen recaudo. Aquellas líneas enfebrecidas de amor o de pasión por las causas perdidas. Aquellas amigas que eran como hermanas y con las que compartías tu alma, tus disgustos o tus alegrías. Casi siempre ligadas a algún nombre de chico. Me da pena que no conservemos así el momento presente. Y que nuestros nietos no sepan lo enfadados que estábamos porque se nos había estropeado la lavadora, y dudábamos si nos iba a resultar más rentable arreglarla o comprar una nueva por Internet, por los días que llevábamos sin dormir por el anuncio de la enfermedad de un amigo o las cuentas, de nuevo, arriba y abajo, para ver si podíamos, por fin, pintar de nuevo la casa.


Cada vez nos comunicamos más y a todas horas. Vivimos nuestra vida por ‘wasap’ con los más íntimos, a los que contamos casi cada paso en directo y acompañado de fotos. Pero nada perdurará, a no ser que hagamos capturas de pantallas y las guardemos en el ordenador. Por eso, estoy tan contenta con este tesoro que me ha llegado sin esperarlo. Gracias al aburrimiento de mi madre, que se puso a ordenar los armarios. Gracias al orden escrupuloso de mi abuela, que clasificó aquellas cartas. Y a que mi padre se las llevó un día a su casa. Por si acaso interesaban. ¡Y desde luego que sí! Me voy a seguir leyendo la vida de mi familia en unas cuartillas. ¡Mucho más emocionante que cualquier novela!


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