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Familia

Regalos bajo la lluvia

Sonsoles Echavarren.
Sonsoles Echavarren.
Actualizada 16/06/2020 a las 19:41

El domingo le regalé a mi madre un abrazo. Cumplía 70 años y, además de los globos de helio de color dorado con los dos dígitos de su edad, las velas de la tarta y un libro muy especial, le brindé ese achuchón. Tengo que confesar que me pilló desprevenida y que yo, al principio, no me atrevía. Pero fue ella la que me agarró y nos estrujamos con las cabezas en dirección contraria y sin besarnos. La ocasión lo merecía. Pero fue extraño. Tanto tiempo esperando la hora de los abrazos y los besos prohibidos y casi lo hicimos a escondidas y a todo correr. Como si estuviéramos cometiendo un crimen. Cuento esto porque, aunque estamos saliendo del túnel (o eso queremos creer todos), es evidente que nuestra vida no va a ser ni lejos la de antes. La de agarrarnos por el hombro, la de las palmadas en la espalda o la de esos apretones de manos que te dejaban casi sin metacarpios. Pero no sirven de nada los lamentos. Tenemos que aprender a vivir así durante el tiempo que dure esta pandemia. Hemos sufrido. Sobre todo, quienes han perdido familiares o amigos muy queridos, quienes se han arruinado, quienes se han desequilibrado mentalmente o quienes han vivido, aún más que antes, en soledad. Pero yo me quiero quedar con lo bueno. Con lo que hemos aprendido. Y con las ganas que tenemos de exprimir la vida. Porque, ¿quién sabe si estamos atravesando un breve paréntesis antes de un rebrote y de confinarnos de nuevo? Ojalá que no. Pero, ¡qué narices! ¡Vivamos el presente! Con precaución pero ¡vivámoslo!

La comida de cumpleaños fue en una terraza al aire libre con vistas al pantano de Eugui. Ese lugar tan bucólico, que no tiene nada que envidiar a los Alpes suizos. Y mientras mis hijos se lanzaban a la tarta y a las torrijas como si no hubiera un mañana, pensé en cómo había cambiado todo. En cómo saboreábamos, no solo esos dulces caseros tan deliciosos, sino la compañía de una comida en familia alrededor de una mesa a la que no nos sentábamos desde febrero, las carcajadas, las bromas o una buena conversación. Y con eso me quedo.

Mientras comíamos, planeábamos el verano. Un estío tan atípico como novedoso. Ya no soñamos con que los niños acaben el colegio para preparar las maletas e irnos al camping o al apartamento de la playa. Porque no hay ni escuela y los baños en el mar están complicados si no llevas regla y cartabón para dibujarte tu parcela en la arena. Ya no aspiramos a comenzar las vacaciones para coger un avión y volar a ese país que ansiamos recorrer para visitar sus museos, subir a sus pirámides o navegar por sus ríos. Ya no hacemos un encaje de bolillos con los campamentos, las ‘au pairs’ o los días con los abuelos para cuadrar nuestras vacaciones con las de los niños. Porque todo está en el aire. Pero sí que podemos irnos a la casa del pueblo (los afortunados que la tengan), alquilar una autocaravana o una casa rural para estar en familia y oteando otros horizontes. Más allá de las cuatro paredes de nuestra casa. Y con eso me quedo.


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