Ciencia

Investigadores navarros buscan un caballo de Troya contra una peligrosa bacteria

Navarrabiomed utiliza virus  modificados genéticamente contra las infecciones de  ‘Staphylococcus aureus’, una bacteria peligrosa  y muy resistente  a  los antibióticos

Íñigo Lasa y Nahiara Garmendia-Antoñana, en un laboratorio de Navarrabiomed.
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Íñigo Lasa y Nahiara Garmendia-Antoñana, en un laboratorio de Navarrabiomed.IRATI AIZPURUA
Íñigo Lasa y Nahiara Garmendia-Antoñana, en un laboratorio de Navarrabiomed.

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Jesús Rubio

Publicado el 07/06/2026 a las 05:00

Es una bacteria dura de pelar. Resiste mucho mejor que otras a los tratamientos convencionales con antibióticos. Se le asocia con un millón de muertes anuales en todo el mundo. Por eso, los investigadores buscan formas alternativas de atacar a la 'Staphylococcus aureus'. Una de esas estrategias la están estudiando en Navarrabiomed, el centro de investigación biomédica del Gobierno foral y la UPNA. Han creado, en forma de virus, un caballo de Troya que se cuela en la bacteria e introduce dentro las armas con las que otro virus infiltrado va a destruirla. Su investigación, financiada por el Ministerio de Ciencia, Innnovación y Universidades, ha aparecido publicada en 'npj Biofilms and Microbiomes'.

Comencemos hablando del enemigo, de la bacteria. En realidad, está casi por todas partes. Se cree que tres de cada diez adultos la tiene en su nariz. Ahí no hace daño. “Está en la piel como muchas otras bacterias”, dicen Íñigo Lasa, el científico que está al frente de la investigación, y Nahiara Garmendia-Antoñana, cuya tesis doctoral explora esta nueva estrategia contra la bacteria. El problema viene si 'Staphylococcus aureus' atraviesa el epitelio, la barrera que recubre la piel y los órganos y que la protegen. Si ocurre, la bacteria puede producir neumonía, osteomielitis, endocarditis, abcesos…. debido a que tiene una enorme facilidad para adaptar su crecimiento a las condiciones ambientales y produce “un gran  arsenal de factores que le hacen muy capaz de producir infección”, señalan los investigadores.

Esta bacteria, además, se ha convertido en un dolor de cabeza para quienes colocan implantes, entendidos en un amplio sentido, que pueden ser una malla para una hernia, un catéter, una prótesis de rodilla o cadera… Esta bacteria de la piel tiene la ‘manía’ de unirse a ese cuerpo extraño y desarrollarse en su alrededor. Íñigo Lasa señala que cada año se implantan en Navarra unas 1.500 prótesis, de las que un 4%, unas 60, se infectan por la bacteria. Estas infecciones se resuelven mal y en la mayor parte de los casos eso supone que hay que volver a colocarla. En la superficie del implante la bacteria forma biofilms, una película protectora ue la vuelve hasta 1.000 veces más resistente a los antibióticos y al sistema inmunitario. Además, algunas cepas de 'Staphylococcus aureus', la mitad en algunos países, resisten a la mayoría de los antibióticos. “En estos casos tenemos muy pocos para tratar la infección”.

Tanto es su peligro que la OMS la considera  una de las principales amenazas para la salud pública mundial debido a su extrema capacidad para evadir los tratamientos convencionales. 

Los fagos

Conocido el enemigo, toca hablar de cómo atacarlo. Toca hablar de virus. De los fagos. Hace tiempo que se conoce que existen virus con capacidad de atacar bacterias. Y los científicos hace también mucho que han intentado aprovecharlo. En este caso, la idea inicial de los científicos navarros nació en un artículo publicado en 'Nature Biotechnology' en 2018 que identificaba insertados en el genoma de la bacteria unos fagos que habían perdido su capacidad de fabricar su envoltura y por tanto ya no suponen ningún riesgo para ella. Conviene aclarar aquí que los virus no son otra cosa que una molécula de ADN o ARN protegida por una cápside y que no es raro que fragmentos de virus aparezcan dentro del genoma de la bacteria: les sirve por ejemplo para identificar a esos virus cuando les ataquen.

¿Qué es lo que se propusieron los investigadores de Navarrabiomed? Una estrategia para que esos fagos defectivos, los infiltrados, volvieran  a ser activos. Y pensaron en un caballo de Troya, en otro virus que les dé la envoltura. Se crean fagos artificiales que llevan la cápside y en su interior  las armas para destruir 'Staphylococcus aureus'. “A estos fagos ingenierizados, que no existen en la naturaleza, les hemos incorporado el elemento CRISPR,  unas tijeras que cortan el genoma donde nosotros le decimos”.

La creación de ese virus artificial es una pequeña obra de arte de laboratorio, un puzle creado con ingeniería genética en el que van amplificando y uniendo los fragmentos de genoma que les interesa: las tijeras CRISPR, elementos reguladores, un RNA guía que selecciona el sitio de corte para las tijeras… hasta siete piezas que ensamblan dentro de una levadura y después se introduce dentro de una cepa de laboratorio de 'S aureus', que se va a encargar precisamente de generar el arma contra 'Staphylococcus aureus' .  “Es un poco paradójico, porque producimos en bacterias el fármaco que va a destruir las bacterias”.

Especificidad

Los fagos se descubrieron ya en 1915 y dos años después, un investigador canadiense, Félix d'Herelle, ya propuso que si esos virus mataban bacterias se podían crear terapias con ellos. Los tratamientos con fagos sin embargo chocan con un obstáculo. “Son muy específicos”, apunta el científico, que para explicarlo hace un símil con tres personas, una con gafas, otra calva y otra con pelo largo, que serían bacterias de la misma especie. “Si un fago va a infectarlas, resulta que solo ataca al de las gafas, porque las tiene; o solo al de la calva, o solo al del pelo largo”. Es decir, ese virus no es efectivo con todas las bacterias, solo con algunas. Eso siempre ha sido un problema de la terapia fágica. Tanta especificidad dificulta crear una pastilla que contenga fagos capaces de destruir todos los 'Staphylococcus aureu's. Por eso, cuando se descubrieron los antibióticos, toda la investigación, salvo en la órbita soviética, giró hacia ellos. “Ahora se está recuperando, necesitamos seguir investigándolos, dado el enorme problema que hay con las resistencias a los antibióticos”, apunta Lasa, que señala que “conceptualmente, los fagos serían un fármaco extraordinario”.

La especifidad, incluso, puede considerarse una ventaja si, como en la investigación navarra, el objetivo es un tratamiento que complemente al antibiótico. Si ya se conoce la bacteria contra la que se lucha, se puede adaptar la envoltura del fago. “Podría hacer que reconociera las gafas, la calva o el pelo largo, lo que fuera necesario.  Se podría producir algo muy específico. Sería totalmente medicina personalizada”. 

La resistencia a los antibióticos, uno de los problemas del siglo

Íñigo Lasa avisa: “No acabamos de ser conscientes de la magnitud del problema”. Se refiere a la resistencia de las bacterias a los antibióticos, que pone en riesgo una de las herramientas más importantes con las que cuenta la medicina, uno de los recursos que han ayudado al avance de la salud  desde el siglo XX.

Muchos de los procesos médicos dependen de los antibióticos. Por ejemplo, los trasplantes no pueden hacerse sin antibióticos. “La persona que recibe el trasplante está inmunodeprimida y coge infecciones” que se combaten con antibióticos. “En  una situación en la que hay muchas bacterias que son resistentes, ese enorme avance quedaría básicamente sin uso”, señala Lasa. Lo mismo ocurriría con desarrollos tan dispares como las quimioterapias o los implantes, entre muchos otros.

 Su eficacia nos ha permitido vivir “en la era de los antibióticos” en la que apenas cabe en la imaginación que alguien pueda morir como consecuencia de una infección. “La gente tiene que tomar conciencia de la importancia que tienen, porque no podemos vivir libres de bacterias”, constata el científico de Navarrabiomed.

La aparición de resistencias es una cuestión de selección natural. Una mutación, un cambio en la genética de la bacteria, y surge una a la que los antibióticos no hacen daño. No solo eso, los tratamientos con antibióticos incluso le favorecen. “Dice: uy, qué bueno, toda la comida para mí, porque todas mis compañeras se han muerto. Así prosperan”. Por eso el mayor factor que impulsa la resistencia a los antibióticos es el mal uso de esos fármacos, su abuso.

“Podemos pensar que si hay una mala política de utilización de cualquier fármaco en Indonesia, en Etiopía, en Colombia,  es su problema. Pero no lo es. Una bacteria que se haga resistente por una mala política, porque no tiene unas directrices claras de quién prescribe, de quién toma  los antibióticos y se abusa de ellos, porque no hay una política clara  que evite que se les dé a los animales de las granjas como impulsor del crecimiento,  las bacterias resistentes de cualquier país acabarán viajando plácidamente en un Airbus 330 a cualquier sitio del mundo”, explica el investigador. La Organización Mundial de la Salud, que considera la resistencia a los antibióticos una de las mayores amenazas para la salud mundial, ofrece varios consejos que puede seguir para frenarla, que van desde tomar antibióticos únicamente cuando los prescriba un profesional sanitario y seguir sus instrucciones sobre su uso,  hasta, en el caso de la ganadería,  no utilizar este fármaco para acelerar el crecimiento de los animales, a los que hay que vacunar y tratarlos solo bajo supervisión veterinaria.

Participantes. La investigación ha implicado un trabajo multidisciplinar combinando microbiología molecular, biología sintética y modelos de infección experimental en ratón. La dirige Íñigo Lasa, investigador principal de la Unidad de Patogénesis Microbiana de Navarrabiomed, y el trabajo ha sido realizado principalmente por Nahiara Garmendia-Antoñana y Pedro Dorado-Morales. Han contado con la colaboración del investigador José R. Penadés, director del Departamento de Enfermedades infecciosas en el Imperial College London.

Nahiara Garmendia-Antoñana, pamplonesa de 31 años, comenzó estudiando Innovación en Procesos y Productos Alimentarios, pero su TFG sobre biología molecular le llevó hacia la microbiología. Cursó un master en Bilbao y al regresar a Pamplona, entró en la Unidad de Patogénesis Microbiana de Navarrabiomed, que dirige Iñigo Lasa. Trabajó durante un año en un proyecto sobre la endocarditis infecciosa, tras lo que recibió una beca asociada al proyecto en torno a la lucha contra la Staphylococcus aureus con virus, sobre la que versa su tesis, en la que ha invertido ya cuatro años de trabajo y que está a punto de presentar.

Iñigo Lasa Uzcudun, de 61 años, estudió Biología en la Universidad de Navarra y se doctoró en el Centro de Biología Molecular, estudiando herramientas para manipular genéticamente bacterias termófilas, que viven a altas temperaturas. Tras pasar por el Instituto Pasteur, se incorporó a la UPNA en 1993, donde es catedrático de microbiología desde 2008 y donde donde ha formado su grupo de investigación para averiguar los mecanismos con los que las bacterias se adhieren a las superficies. Su grupo formó parte de la creación d el Instituto de Agrobiotecnología (IDAB) entre 1998 hasta 2015, cuando se trasladó a Navarrabiomed, centro que Lasa dirigió hasta 2022.

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