San Fermín
El encierro txiki, la cantera de San Fermín
En la Cuesta de Santo Domingo cientos de familias comparten cada año las mismas emociones que en el encierro
Publicado el 13/07/2026 a las 05:00
No son las ocho de la mañana, no suena el cohete que anuncia el encierro de San Fermín y los toros que esperan en Santo Domingo no respiran ni escarban el suelo. Pero basta observar con mimo para comprobar que las emociones son las mismas. Hay niños que aprietan la mano de sus padres antes de empezar, otros que se colocan con la seguridad de quien sueña con correr algún día el encierro de verdad y alguno que, cuando el toro de ruedas se acerca demasiado, descubre por primera vez ese miedo que todos los corredores dicen sentir justo antes de arrancar.
El encierro txiki vuelve a convertir la cuesta de Santo Domingo en la mejor cantera de la fiesta, el lugar donde la afición por los astados empieza a escribirse. Y es que, como dicen los más veteranos, esta cita sanferminera es una auténtica escuela de emociones. Se aprende a esperar, a mirar atrás para calcular la distancia del toro, a correr sin perder el respeto y, sobre todo, a sentir esa mezcla de miedo e ilusión que los mozos describen cuando hablan del encierro.
No falta ningún detalle. Como sucede cada mañana del 7 al 14 de julio, la réplica de San Fermín preside el inicio del recorrido para que los pequeños entonen el cántico. “Es la misma figura que en el encierro de los mayores”, explica Asier Primicia, mientras sostiene la imagen del Santo junto a su hijo Galder, de 10 años. “Muy contentos con la respuesta de la gente. Vemos que sigue habiendo afición”. Basta mirar alrededor para comprobarlo: cientos de familias llenan Santo Domingo y la cantera parece asegurada.
INSTANTES ÚNICOS
Asier conoce bien lo que significa esa pasión. Corrió durante siete años el encierro y siempre elegía Santo Domingo, el mismo tramo donde ahora ayuda a mantener viva la tradición. A su lado, su hijo reconoce entre risas que no sabe mucho de correr. Habrá tiempo. Como tantos otros, empieza observando.
Porque el encierro txiki también es una historia de relevos generacionales. Alfredo Muñoz forma parte de la organización y resume en unas pocas palabras el espíritu del grupo. “Durante el año somos unas cinco personas llevando toda la gestión, permisos y organización. El día del encierro somos unos veinte entre quienes empujan los toros y el resto de colaboradores”, expresa, toro de ruedas en mano.
En su caso, la afición viene de familia. “Mi padre corría y luego empecé yo”, dice, orgulloso de que sus hijos, Mario y Pablo, formen parte de la multitud. Y es que el evento está pensado para todas las edades. Las dos primeras carreras se realizan prácticamente andando, para que los más pequeños puedan participar junto a padres y abuelos. Después, llegan las dos últimas pasadas, mucho más rápidas, destinadas a quienes ya quieren sentir algo parecido al auténtico encierro.
Y ahí cambian las caras. “Si se corre mucho, alguno pone cara de pánico”, rec onoce Unax García Puerta, de 14 años. Lleva tres participando gracias a que el padre de uno de sus amigos le introdujo en esta peculiar cuadrilla. “Aunque cambiamos a mitad de la cuesta, terminamos cansados”, aclara entre risas. Y confirma lo que muchos observan desde fuera: que esa mezcla de prudencia y emoción es la esencia del encierro txiki.
Pocos explican esas sensaciones con tanta intensidad como Eduardo Zabalza. Acompañado por su hijo y sus nietos, Ibai y Oier, personifica casi cuatro décadas al pie del cañón del encierro. “Corrí desde los 17 hasta los 55 años; y he sido el hombre más feliz”, dice sin necesitar pensar demasiado qué se siente. “El miedo existe antes. Cuando esperas y piensas: ya vienen. Pero cuando estás con los toros desaparece. Lo único que haces es acompañar al toro”. Su tramo era Estafeta, desde la Bajada de Javier. Y mientras recuerda aquellos años, la sonrisa aparece sola.
Como lo hace su compañero, Juanjo Primicia, que colocó por primera vez la imagen de San Fermín en 1978; un currículum como corredor que también impresiona. “Tengo nueve cogidas”, detalla este ex corredor de Santo Domingo mientras mira cómo los niños empiezan el mismo camino que él recorrió durante tantos años.
Y aunque el ambiente sea festivo, el dispositivo sanitario no baja la guardia. Josetxo Campión, responsable del puesto sanitario en este tramo, conoce bien las diferencias entre el encierro grande y el txiki. “Este se vive con más tranquilidad... aunque hay años con más atenciones que en el de mayores”, describe explicando que las caídas llegan sobre todo en las bajadas. “Los niños van con la cabeza por delante del cuerpo y aparecen erosiones, golpes o heridas en manos y rodillas”.
Aquí nadie habla de tiempos ni de hazañas. Lo importante no es correr más que nadie, sino aprender a respetar una tradición y entender por qué quienes han vivido el encierro siguen describiéndolo con la misma emoción décadas después.
