San Fermín
Desde EE UU hasta San Fermín
Los hermanos O´Connor, Stephen y Robin Kelley, cumplen medio siglo viniendo a Sanfermines entre una “bonita red de amistades”, toros y fiesta


Publicado el 10/07/2026 a las 05:00
Cada mes de julio, desde 1976, los hermanos O´Connor, Stephen y Robin Kelley, cruzan el Atlántico para instalarse en Pamplona durante los Sanfermines. Desde su llegada a la capital navarra, recuperan una rutina que apenas ha cambiado en estos cincuenta años. “Es la amistad lo que nos une a Pamplona”, resumen. El encierro desde un balcón de la Estafeta, los encuentros con amigos de todas las partes del mundo, comidas eternas, los toros por la tarde y las noches que terminan entre conversaciones y bailes siguen marcando sus días. “Nos despertamos a las siete y empezamos el día con el encierro”, explica Robin Kelley. Aunque ya no corren como en los ochenta, el cohete de las ocho sigue despertando la misma emoción. Después recorren la ciudad saludando a personas que conocen desde hace décadas. En la Plaza del Castillo, en los bares del Casco Viejo o camino de la plaza de toros siempre aparece alguien con quien compartir un vermut, un pintxo o una ronda de vinos. “San Fermín es una red social en movimiento”, resumió Stephen, que puso en valor la amistad con familias pamplonesas como los Barbería, que “son ya casi de la misma sangre”.
Su llegada a Pamplona fue fruto del azar. Un amigo de la Universidad de Maryland, hermano de Matt Carney, uno de los corredores extranjeros más conocidos entre los años cincuenta y ochenta, les animó a viajar a Pamplona. Ninguno imaginaba que aquel viaje del 76 marcaría el resto de sus vidas. “Fue mágico”, recordó Robin. Stephen coincide al evocar el primer día en Pamplona: el encuentro con Carney y el trato recibido por los “pamplonicas” les hizo sentir una conexión inmediata. Desde entonces encontraron en Pamplona una hospitalidad que explica por qué siguen regresando cincuenta años después. A lo largo de este tiempo han tejido una red de amistades con vecinos, corredores y visitantes que se renueva cada 6 de julio.


Cincuenta años después
En estas cinco décadas también han visto cambiar el encierro. Lo recuerdan más lento, con menos corredores y un ambiente más cercano. Hoy lo consideran mucho más peligroso, técnico e internacional, con calles adaptadas. También apostillan el cambio del comportamiento de las redes. “Antes era más fácil reconocer a la gente; todos nos conocíamos”, señaló Robin. Ambos coinciden en que la esencia permanece intacta: el encierro sigue siendo el latido que marca el comienzo de cada día y el centro emocional de las fiestas. Los cambios, aseguran, han transformado la forma de correr, pero no el motivo por el que ellos siguen regresando: volver a una ciudad en la que, medio siglo después, continúan sintiéndose como en casa.