San Fermín 2026
Los gigantes: dueños del Casco Viejo en San Fermín
Entre chupetes, aplausos y recuerdos de infancia, la Comparsa vuelven a hacer que Pamplona mire hacia arriba

Actualizado el 08/07/2026 a las 14:15
Antes incluso de que se abran las puertas del Palacio Ezpeleta, los gigantes ya tienen público esperándolos. Abuelos que un día fueron de la mano de sus padres regresan ahora empujando un carrito; quienes hace treinta años esperaban nerviosos un baile sostienen hoy a sus hijos en brazos para que toquen por primera vez a un gigante. La salida de la Comparsa vuelve a convertirse en uno de esos rituales que engloban magia y emotividad casi a partes iguales.
Los propios portadores conocen bien esa escena. Xabier Garín lleva 24 años bailando a Josephamunda y asegura que detrás de cada chupete recogido hay una historia distinta. “Vemos a niños dejando el chupete llorando desconsolados; sabiendo que no es su momento. Que no están preparados”, cuenta. Por ello, ‘tirando de experiencia’, Xabier se acerca a los padres para pedirles paciencia. “Que toquen el gigante, que pierdan el miedo. Y, sobre todo, que vuelvan al día siguiente a dejar el chupete, que un día puede suponer más de lo que parece”, reitera este apasionado de la Comparsa.
Porque los gigantes no solo bailan; sino que educan, acompañan y forman parte de los recuerdos de miles de pamploneses. “Mis primos y yo venimos desde que somos unos críos, y ahora, incluso los que todavía no tenemos hijos, seguimos manteniendo la tradición”, afirma Marcelo Santaolalla, quien no concibe unos Sanfermines sin una foto con algún kiliki. “Me encantan, me da igual con quién”.
UNIDOS E INTACTOS
Recuerdos que se repiten a cada paso. Como le sucede a Enaut Andueza García, portador de Braulia desde el año 2000. Su mejor instantánea no tiene que ver con una actuación en concreto, sino en ese instante de formar parte de la Comparsa a la vez que su padre. “Lo más especial fue mi debut y poder compartir bailes con mi aita, que también llevaba a Braulia. Coincidimos un año antes de que se jubilara después de 25 años bajo un gigante. Eso fue muy especial”, rememora. Y aunque lamenta que no haya relevo familiar (“mis sobrinos no se animan y mis hermanos tampoco”), Enaut insiste en la necesidad de animar a los mayores de 18 años, porque “hace falta cantera”.
Y es que, quien observa desde fuera, puede pensar que llevar un gigante consiste simplemente en tener fuerza. Pero para nada. Un gigante se mantiene estable gracias a la técnica: abrir las piernas para ganar apoyo, flexionar las rodillas para frenar y utilizar el impulso del cuerpo para iniciar el giro. “La experiencia pesa mucho más que los músculos”, coinciden quienes saben de lo que hablan. Porque, sin darse cuenta, estas figuras recorren alrededor de 100 kilómetros al año, siendo Toko-Toko y Braulia los más altos del grupo; ya que alcanzan los cuatro metros.
Dicho esto y sin que a nadie le sorprenda, la jornada de ayer dejó otro protagonista inevitable: el calor. “En 2003 hizo una de calor bastante intensa”, recuerda Garín entre risas. “Pero al final se lleva, así que estos días también”. Quizá, y así lo corrobora el presidente de la Comparsa, Ibón Laspeñas, las sombras del Casco Viejo ayudan. De hecho, todos saben cuál será el recorrido más duro: “Carlos III será mortal”.
Por eso, el consejo se repite entre los veteranos: beber agua y dosificar esfuerzos. Una vez hecho, el resto es sencillo; como el cambio de recorrido del día 6 por las obras del Paseo de Sarasate. “No supuso ningún problema. La gente ha estado igual de contenta en un sitio que en otro”, declaraba Laspeñas, restándole cualquier tipo de importancia.
Así, mientras la Comparsa avanza entre aplausos, muchos padres levantan a sus hijos para que puedan ver mejor. Otros señalan un gigante concreto porque era el favorito de su infancia. Hay abuelos que cuentan cómo ellos también esperaban el paso de Esther Arata cuando tenían cinco años. “Siempre ha sido mi favorita. Mi madre guarda dibujos de cuando era pequeña porque siempre cuenta que me pasaba el día dibujándola”, dice Loreto Cabanillas, vecina de Tafalla y quien venía “uno o dos días” a la capital. “Era nuestro momento”.
Y es que la salida de la Comparsa mantiene intacta esa capacidad de conectar generaciones. Cambian los niños, cambian los portadores y cambian los recorridos, pero la emoción sigue intacta: la de volver a encontrarse, un año más, con unos gigantes que, durante unos días, hacen que toda Pamplona vuelva a mirar hacia arriba.