Encierro
Los 100 metros de un cirbonero
Javier Jiménez aguantó el ritmo de los toros y el pamplonés Juan Pedro Lecuona recurrió a su experiencia en el Callejón


Publicado el 08/07/2026 a las 15:14
En la recta en suave pendiente de Estafeta, donde hay que sudar de lo lindo para no perder el paso, Javier Jiménez Muro protagonizó ayer una de esas carreras que gustan completar los que saben del encierro. Originario de Cintruénigo, con 21 años acumulados en la cita sanferminera, tuvo la habilidad de hallar hueco dentro de la vorágine que rodea el tránsito de los animales. “La carrera venía rápida”. Rebasado el mediodía, su mente regresó a su encuentro del amanecer con la manada. Curiosamente, y aunque pudiese parecer imposible por el gentío arremolinado, halló un hueco en el adoquinado. En el momento adecuado, logró ponerse delante de los cuernos. “No había nadie”. La observación genera una reacción perpleja en quien le escucha. La intuición de quien sabe donde estar y, sobre todo, ponerse, fue el primer paso. Luego, la propia marcha exigió de un esfuerzo de resistencia. “Sabía –evocó– que si aguantaba la velocidad, podía correr”. Las imágenes por televisión retrataron la potencia de sus piernas en una carrera de cien metros, entre una maraña obstáculos que se abrieron a su paso desde la “Bajada de Javier al Bar Fitero”.
Metros adelante, donde la alta concentración de aspirantes a conducir la manada elevan la prudencia a su máximo grado, se libró la ya habitual pugna por coger toro. Los que lo hicieron hallaron satisfacción para engordar nuevos capítulos a esa película de tintes atractivos que da sentido al mayor espectáculo de los Sanfermines: guiar las reses bravas a destino para la corrida vespertina.
LAS ZAPATILLAS, EN LOS TALONES
Quien hace dos años hizo un paréntesis, por prescripción médica, a su idilio con el encierro, el pamplonés Juan Pedro Lecuona, tiró de experiencia y habilidad, apoyado en su corpulencia, para entrar con toros en el coso. Descendió con premura por el Callejón, eso sí, aunque sus talones quedaron desnudos, como relató. “He quedado con las zapatillas bajadas” del propio esfuerzo realizado. Cuando la carrera terminó, no pudo sino evocar cierta ocasión en que quedó desprotegido de sus zapatos en una anécdota atribuida al frenesí que envuelve al conjunto de corredores cuando el peligro acecha. Despejado el cos, en la medida de las posibilidades, los tropezones elevaron el nerviosismo de una entrega que había generado expectación.