El baile de nunca acabar
La comparsa de gigantes y cabezudos se despide con los dantzaris de Duguna y el cariño de una multitud
Publicado el 14/07/2025 a las 20:37
"¿Por qué se tienen que ir?”, preguntaba una voz infantil desde los hombros de su padre. “Han bailado todos los días, están muy cansados ya”, respondía él, seguramente con la misma sensación agridulce que el resto de personas que abarrotaban la plaza Consistorial, en la despedida de la comparsa de gigantes y cabezudos este lunes 14 de julio. No volverán a ver su vestimenta alzar el vuelo al ritmo de los gaiteros hasta septiembre y ello se notaba en la emoción que se respiraba en la plaza. Después de haberles seguido el paso en el Riau Riau, en la procesión de San Fermín y en su baile diario y matutino de las dianas (excepto en los días de lluvia), tocaba darles el beso de despedida y entregarles algún chupete para que no se les olvide volver el próximo año.
Tras celebrar la eucaristía de la Octava de San Fermín, la comparsa partió de la parroquia de San Lorenzo hasta posicionarse frente al ayuntamiento. A la sombra de un sol que hacía brillar la piel de los gigantes, los gaiteros entonaron una melodía que pronto se mezcló con el sonido de las castañuelas de los dantzaris de Duguna. Los cabezudos no tardaron en sumarse y se emparejaron con las dantzaris cobijándose a la sombra de los reyes de Europa, que bailaban en un círculo a su alrededor. Los de Duguna ejecutaron el resto de la coreografía con 30 grados y el reloj marcando las 13.00 horas. La multitud aplaudió la gracia de su paloteado y agradeció el espectáculo de la zinta-dantza. Y cuando los gigantes tuvieron que descansar y los dantzaris agitaron sus cascabeles para despedirse, los cabezudos pasaron de bailar a lanzar caramelos desde los balcones de la plaza. Era, sin embargo, solo el preámbulo de la actuación central: el baile de nunca acabar.
Besos y chupetes
Antes de irse por la puerta grande, los gigantes se dispersaron con ritmo entre un mar de niños y mayores. Con los ojos casi cerrados de la emoción y desde los hombros de sus padres, los más pequeños de la fiesta (y a la vez, más grandes seguidores) extendían sus brazos para tocarlos si tenían la suerte de tenerlos al lado. David, de 3 años, se acurrucaba en los brazos de su madre con la mirada fija en los chupeteros que colgaban de Esther Ar-Arata, la Reina Asiática, que bailaba a pocos centímetros de él. “A David se lo quitamos antes, pero lo de los chupetes suele funcionar bastante bien”, sugería Carla Pérez Ruiz, madre del pequeño pamplonés. Sara, de 4 años, no lo veía tan claro. La sonrisa con la que había recibido a los gigantes se esfumó cuando, sujeta a los brazos de su madre, Verónica Redín, vio su chupete en manos de uno de los reyes de Europa. “El año pasado intentamos que lo dejara también, pero no quiso. Ahora lo ha entregado, pero...”, explicaba Redín, antes de ser interrumpida por el llanto de su hija.
Sara, sin embargo, no era la única a la que la pena se le había colado en la ilusión. Cuando, tras el colofón final, los gigantes enfilaron hacia el ayuntamiento, alguna lágrima iban soltando también los que llevan bordados en el pañuelo a Braulia, a Toko-Toko, a Berrugas o a Caravinagre, los que guardan en casa réplicas suyas y los que ya habían convertido en rutina sus salidas matutinas durante las fiestas.
Pérez Ruiz se acercó una última vez a Esther Ar-Arata para que David pudiera despedirse con un beso. También lo hicieron los hijos de Teresa Orzaez, de Pamplona, que no han faltado nunca a la cita que cierra nueve días de bailes. Los tres coincidían en que lo que más les gusta de los gigantes es que “bailan muy bien”. Así lo demostraron en su última pasarela. Encabezaron la salida los zaldikos, que fueron relevados por abrazos de los cabezudos y golpes de los kilikis. Toko-Toko y Braulia sellaron el adiós con un beso.
