El encierro

El fatídico encierro del 12 de julio de 2004: ocho corneados y la escalofriante cogida a Julen Madina

El encierro con toros de Jandilla, como el de hoy, dejó hace 20 años la friolera de ocho corneados, entre ellos Julen Madina y un montón impresionante 

2.07.2004. Escena del espectacular montón que se formó en el callejón.
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2.07.2004. Escena del espectacular montón que se formó en el callejón
2.07.2004. Escena del espectacular montón que se formó en el callejón.

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Natxo Gutiérrez

Publicado el 12/07/2024 a las 05:00

Aquella mañana, la prudencia, mezclada con la capa oculta del miedo, hermanó a cuantos esperaban en el recorrido del encierro la salida de los toros. Con la vitola del riesgo acuñada en ediciones anteriores, los jandilla confirmaron los augurios de precavidos y temerosos. Un reguero de ocho heridos por asta y un montón en el callejón reforzó su marchamo de peligrosos. De aquella carrera, salpicada de sobresaltos, se cumplen 20 años.

Julen Madina, el controvertido corredor de Hernani (Guipúzoa), foco de admiración y censura a partes iguales que acabó perdiendo la vida en un accidentado salto en aguas de la playa donostiarra de la Zurriola, conservaba el 12 de julio como un día especial en su calendario personal. Era el aniversario de boda de sus padres y acostumbraba a celebrarlo en Pamplona. Había una segunda razón poderosa que mantenía señalada esa fecha en el registro particular de las emociones almacenadas. En aquel encierro, su nombre figuró entre los ocho trasladados con heridas de asta; sólo que su cogida fue sencillamente de espanto. Como titulaba al día siguiente Diario de Navarra en su portada, fue cosido a cornadas. Trigueño, que así era como se llamaba el morlaco no tuvo compasión con su cuerpo, envuelto en jirones de tela y reducido a la más pura indefensión.

El escenario, el callejón, lo suficientemente angosto como para mantener alzada los ocho días de encierro la señal triangular de peligro, se convirtió en una ratonera. Un montón impresionante, tildado como tal por los cronistas, estrechó los márgenes del acceso a la arena. La angustia se apoderó de los cuerpos tendidos. La llegada de los dos toros rezagados -Trigueño y Zarabando- se topó con un doble obstáculo reforzado en dos líneas superpuestas de mozos indefensos.

Para entonces, los jandilla ya habían dejado impresas sus señas en la piel de varios mozos. Como hoy, fue en el sexto capítulo de los encierros, cuando abandonaron los corrales de Santo Domingo para parar el crono en un sintomático 3 minutos y 14 segundos.

Resumen del drama que fueron desplegando en distintos puntos fue el resultado obtenido entonces de una simple operación matemática, a razón del tiempo invertido en la carrera y el número de empitonados. Dicho de otra manera, hubo un herido por asta cada 24 segundos.

SALIDA RAUDA

Espoleada por la sensación de libertad, tras la apertura del portón, la manada subió rauda y veloz la cuesta de Santo Domingo.Tres toros se colocaron en cabeza. Sin miramiento alguno, no tardaron en reaccionar a los estímulos de cuerpos en movimiento que estorbaban su paso vivo e imparable. En un abrir y cerrar de ojos, inauguraron el parte de heridos con tres corneados. Para hacerse una idea de su salida azarosa, un mozo salió por los aires, volteado de forma espectacular. Otros, confiados en el abrigo de la pared del edificio de Educación, celebraron la suerte de no ser alcanzados por poco.

La carrera, ya accidentada en sus primeros compases, continuó por los mismos derroteros en la Plaza Consistorial. Todo ocurrió en cuestión de segundos. Un cuarto corredor fue alcanzado con una doble cornada. Mercaderes como Estafeta, donde pudieron lucirse con carreras de bella factura los afortunados de ponerse por delante de las astas, dio un respiro al corazón ya acelerado de la marcha.

Pero al llegar a la curva de Telefónica, foco hoy por hoy de máxima alerta por la multitud agolpada y el giro del trazado, se amplió la relación de heridos por asta.

Lo peor llegó con la doble fila de montón en el callejón y el acecho de los dos toros rezagados. Los tres últimos corneados, incluido Julen Madina, se contabilizaron en este túnel de luces y sombras. Ahí se detuvo el reguero de espanto. Para no olvidar en una mañana aciaga.

Ya lo dijo el mayoral, Ángel Pérez Trinidad, cuando supo el desenlace. “No se lo deseo a nadie, pero los toros son así”, pareció disculparse. “Sus toros traían mala fama”, escuchó de un periodista. “Y nos la llevamos”, respondió.

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