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Toros

El corazón indomable de Pepín

Pepín Liria, en la sexta corrida de toros de San Fermín
Pepín Liria, a punto de entrar a matar
Rubén Albarrán
  • Pablo García-Mancha
Actualizada 13/07/2018 a las 08:35

Se tiró a matar Pepín como si careciera de porvenir. Se despojó de su propia vida para arrebatarle al toro la suya y pasar a la gloria absoluta de Pamplona. Es imposible analizar técnica y cabalmente la faena porque toda ella fue superada por la entrega radical y absoluta del torero murciano. Corazón indomable de Pepín Liria, que recibió un volteretón terrible en un temerario desplante que fue como un inspirador resorte interior para que se desataran todas las tormentas que se citaron en el coso pamplonés en unos diez minutos que fueron sencillamente alucinantes.

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La tarde se precipitó por el tobogán de la imprevisibilidad con 20.000 corazones bombeando como el de un solo hombre, el de ¡Pepín!, ¡Pepín!, ¡Pepín! Torero renacido este jueves por un día y que demostró que no venía de comparsa de nadie, que no quería rebañar nada y, dicho sea de paso, demostrar que el toreo sigue siendo grandeza.


Roto y desmadejado, con la taleguilla destrozada y con una soberana paliza, el diestro de Murcia se hincó de rodillas frente al toro después del palizón. La razón se había desbordado, el toreo o lo que fuera aquello le fluía del alma. Él sabía que volver significaba hacerlo con todas las consecuencias e incluso fue más allá de la entrega. Da igual cómo fueran los muletazos, los terrenos elegidos, incluso la embestida de un victoriano serio que revestía de enorme dignidad todo lo que estaba aconteciendo al albur de sus buidos y astifinos pitones de cinqueño.

Fue Pepín hasta el final el genuino Pepín, el Pepín de las tardes salvajes, el Pepín del hambre de gloria. Logró un estoconazo del que también salió rebotado, el toro sin puntilla y toda la plaza entera cuajada de pañuelos y almohadillas solicitando a la presidencia que impartiera justicia, que le diera lo que se había merecido. Nada más, nadie imploró ningún regalo ni nada parecido.


Iñaki Cabasés sacó el pañuelo y aguantó impávido la petición unánime de la plaza de la segunda oreja. Un palco que tantas veces ha regalado orejas y puertas grandes a diestro y siniestro, realizó ayer un ejercicio de insensibilidad incomprensible. Pamplona es la exégesis de la fiesta y el presidente cortó el rollo a la gente y a un Pepín, que en un nuevo alarde de seriedad no quiso que se lo llevaran a hombros de la plaza. Grande hasta el final e inapelable la belleza trágica de su desmedida apuesta. Volvió casi en silencio e hizo que su gesto íntimo y personal se haya convertido en uno de los momentos más inolvidables de esta feria y una de las cumbres de emoción de toda la temporada.


Ya con el primero había demostrado que no venía de visita, a pesar de que Jaba leño no paró de embestir desde que salió de los chiqueros con enorme exigencia. Quizás se vieron las carencias de un torero alejado tantos años de la profesión, pero estaba claro que el torero de Murcia no pensaba marcharse de Pamplona como una nota a pie de página.


El Juli y Ginés parecieron tan asombrados por el acontecimiento del torero veterano que su tarde a la postre no pasó de irrelevante. El madrileño peleó con maestría contra la áspera embestida del armadísimo segundo, un toro que daría para un tratado de técnica y con el que puso sobre la arena todas las estrategias para que rompiera a embestir. Inicio de faena por bajo pero con largura y extrema suavidad y dos series más por la derecha sin que le tocara el engaño. La cosa no pasó a mayores y encima estuvo horrible con la espada. En el quinto intentó amasar de nuevo la embestida pero no logró terminar de acoplarse ni por el potable pitón izquierdo ni por el plano derecho. Ginés no tuvo su tarde. Como el miércoles los toros le tropezaron demasiadas veces las telas y se le vio si demasiados recursos para emocionar.


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