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Historias familiares

De niños, hospitales, cáncer y guerras

Kostya, ese pequeño ucraniano de 7 años, enfermo de cáncer y que, hace dos semanas, huyó de la guerra en su país, acaba de llegar a Pamplona con sus padres. Para seguir su rehabilitación en la Clínica Universidad de Navarra

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  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 27/03/2022 a las 06:00
El miércoles pasé cuatro horas con mi hijo pequeño en urgencias. Doscientos cuarenta minutos entre salas de espera, consultas, pasillos y ascensores enormes en ese espacio paralelo que es un hospital. Es ese mundo en el que la vida transcurre a otro ritmo y sus ‘pobladores’ visten con otra ropa. Entramos con una sospecha de apendicitis, derivados por la pediatra del centro de salud, y salimos contentos de regresar a casa sin haber pasado por el quirófano. Entretanto, pediatras, cirujanos, enfermeros y celadores nos prestaron una atención de diez. ¡Qué digo! De matrícula de honor. Mientras esperábamos a que nos llevaran a hacer la ecografía y los análisis de sangre, mi hijo y yo conversábamos en esa sala llena de bebés con bolsas de plástico bajo el pañal (para poder hacerles un análisis de orina), absorbiendo suero de una jeringuilla para no deshidratarse tras una noche de vomitonas y niños que venían del colegio con golpes en la cabeza o brazos desencajados tras un mal golpe en el patio. En esas estábamos, cuando mi pequeño, entre retorcijones de tripa, me preguntó: “¿Y quién paga a todas estas personas?” Siempre da en el clavo. Así que me puse a explicarle que si la Seguridad Social, que si Hacienda somos todos y bla, bla, bla... Y no pude (ni puedo) dejar de agradecer mi suerte (nuestra suerte) por gozar de una sanidad pública que juega en primera división. Con grandes profesionales y personas cariñosas y empáticas. Lo cuento ahora, cuando el corazón ya no me rebota en el pecho ni aprieto los labios hasta convertirlos casi en dos líneas invisibles. Y cuando aún sigo con mis sentimientos enredados, como un ovillo en las garras de un gato, me doy de bruces con estas nuevas historias porque la vida siempre. Es una garantía. Como que el amanecer llega tras la noche. O la primavera sucede al invierno.
Me entero de que Kostya, ese pequeño ucraniano de 7 años, enfermo de cáncer y que, hace dos semanas, huyó de la guerra en su país, acaba de llegar a Pamplona con sus padres. Para seguir su rehabilitación en la Clínica Universidad de Navarra. Hablo con el padre, Anton, por teléfono en inglés (a duras penas) y le pregunto si está feliz. “Tengo un sentimiento doble -constata textualmente-. Contento por mi hijo, porque ya no corre peligro, pero muy preocupado por mi familia y todo lo que dejamos atrás”. Y entonces pienso en que el amago de apendicitis de mi hijo es algo absurdo al lado de estas catástrofes mayores que cualquier ficción. Sigo pensando en Kostya. En cómo superó su batalla contra el cáncer y luego le tocó esconderse de los bombardeos de la guerra en un búnker ubicado en el sótano de su casa en Leópolis. En cómo cruzó la frontera con Polonia con su gorro calado hasta las orejas y sus muletas de colores. Y en cómo ha recorrido 3.000 kilómetros por Europa, sentado en el asiento trasero del coche de sus padres, con dolor en la pierna (tuvo un cáncer de huesos en el fémur) por viajar así sentado. Y todo en menos de un año, con el ‘sprint’ final del último mes. Porque la vida, a veces, se acelera como un Fórmula 1 en cuestión de segundos. A pesar de esta aventura obligada, Kostya ha tenido suerte. Mucha. No como otros pequeños enfermos de cáncer que aún permanecen en los sótanos de los hospitales de Ucrania a la espera de que les evacuen. Porque desde que estalló el conflicto, ya no reciben tratamientos oncológicos debido a la falta de suministros.
Kostya ha podido curarse, no lo olvidemos, gracias a la ayuda desinteresada de muchas personas. A los donativos que se recaudan en carreras solidarias, cenas y otros eventos. Como los del programa ‘Niños contra el Cáncer’ de la CUN, que busca dinero para la investigación y ayudar a familias que viajan hasta aquí desde Latinoamérica o Europa del Este. Porque el 80% de los niños y adolescentes con cáncer se curan. Es decir, a ocho de cada diez familias que reciben esa visita inesperada que nadie desea, la enfermedad, se les regala una segunda oportunidad de seguir viviendo. A punto estuve de no asistir a la Gala de Niños contra el Cáncer el pasado jueves si el dolor abdominal de mi hijo hubiera terminado en un apéndice inflamado e infectado. Pero, de momento, nos libramos del quirófano. Y pude disfrutar de ‘un sarao’ como los de antes, los de nuestra vida anterior a las mascarillas y las guerras. De risas y bromas con amigos y compañeros. Para ayudar a niños como Kostya. Vayan estas líneas como homenaje a los pediatras, cirujanos, oncólogos, enfermeras, auxiliares y celadores de la sanidad pública y privada que hacen la vida de los pequeños un poco más fácil cuando les tocan vivir esa experiencia entre salas de espera, consultas, pasillos y ascensores de un hospital. Porque son personas capaces de hacernos la vida un poco más sencilla. A nosotros y a nuestros hijos. ¿Y qué hay más importante que eso?
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