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El Rincón

Putin y el tobogán de la historia

Ampliar Una familia  en Irpin huye hacia Kiev . Oleg, a la  dcha, pasa a su hijo Maksim a su mujer Yana, a la izda y al otro lado de la valla
Una familia en Irpin huye hacia Kiev . Oleg, a la dcha, pasa a su hijo Maksim a su mujer Yana, a la izda y al otro lado de la vallaEFE
Actualizado el 06/03/2022 a las 06:05
Hay  momentos clave en los que la historia se acelera. Algunos analistas lo recuerdan con una cita de Lenin (otro autócrata ruso experto en aniquilar al adversario mediante la violencia) que viene al pelo: “Hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas”. Esta es una de ellas. Pasamos sin pausa de la quietud al abismo. De discutir cómo elegir a quien lanzará el próximo chupinazo, que es la manera que tenemos en Navarra, en Pamplona, de mirarnos al ombligo, a percibir que estamos lanzados por el tobogán de la historia y no sabemos que nos espera al final de la bajada.
Imágenes que dan un vuelco. La realidad es la que invasión rusa de Ucrania ha cambiado por completo el escenario europeo en pocos días. La crueldad de una guerra transmitida en directo gracias a la tecnología y las redes; la desolación de las personas que hace unos días eran como nosotros y vivían confiados; la desbandada de más de un millón de refugiados, mujeres y niños, que huyen de los bombardeos; el magnetismo de un presidente Zelenski convertido en un líder capaz de galvanizar la resistencia y conmover a todos los políticos occidentales. Son todo imágenes que han originado un auténtico movimiento telúrico en la Unión Europea.
El mejor espíritu europeo. La UE ha pasado de la tibieza y las componendas políticas de las primeras horas y días a sacar su mejor alma. Esa que muchos dudaban incluso de que existiera. La de la unidad sin fisuras, la de la firmeza y el plantar cara a un Putin desafiante que amenaza el modo de vida occidental, el de las libertades, el que ha permitido 75 años de paz.
Así lo ha entendido, sin excepciones, todo el continente. Comenzando por Alemania, cuyo giro de 180 grados (ruptura con Moscú, rearme defensivo, apoyo militar directo a Ucrania) parecía inimaginable hace 15 días con un gobierno socialdemócrata y verde y con su gran dependencia económica y energética de Rusia.
Una resurrección del mejor espíritu europeo que todavía hay que calibrar hasta donde es capaz de llegar. Pero que reafirma el valor de la UE (y la OTAN) como los mejores paraguas bajo los que España puede cobijarse ante tiempos tan turbulentos como los que vienen.
Un espíritu que replica el de la calle, con la solidaridad ciudadana con Ucrania. Las iniciativas se multiplican por toda Navarra, igual que por toda España. Y es que gracias a los 1.700 ucranianos que viven entre nosotros, la tragedia no sólo está en el televisor sino que también vive en nuestra casa, en el rostro de un compañero de trabajo o de una empleada del hogar.
Y el giro del Gobierno de Sánchez. Así se explica también el cambio de posiciones del Gobierno de Pedro Sánchez. En apenas 24 horas, el presidente se corregía a sí mismo y decidía enviar armas a Ucrania. Una medida que ahonda sus divisiones internas, con el ala más dura de Podemos (incluida la ministra navarra Ione Belarra) haciendo ascos a esta implicación activa en la defensa de Ucrania. Y dejando así al aire las vergüenzas del Ejecutivo. Mientras, Ucrania pide más implicación (una zona de exclusión aérea) y la OTAN frena ante el temor a un conflicto directo con Rusia.
Con una zozobra que va a más. Porque más allá de la política, la preocupación no hace sino crecer. Primero Putin habla de poner en alerta la fuerza nuclear rusa. Y el viernes amanecemos con la noticia de un bombardeo sobre las centrales nucleares de Zaporiyia que ha originado el pánico de la población civil (no olvidar que Chernobil está en Ucrania) y la angustia continental.
En un concurrido evento empresarial en Pamplona, este mismo viernes, la preocupación mudaba en indisimulada zozobra en los corrillos, lo mismo entre responsables políticos como empresariales. La sensación dominante, a micrófono cerrado, es el miedo a un Putin sin control y al que se empieza a ver como capaz de cualquier cosa. Es decir, se vive el mismo desasosiego en los despachos del poder que en la calle. Lo cual no es nada tranquilizador.
La Javierada del éxodo. Un agobio compatible, eso sí, con compartir un minuto después los planes para el fin de semana. Aquí festejamos una Javierada y, con ella, un regreso a la vida tras la pandemia. A 3.000 kilómetros, en cambio, miles de personas emprenden otra marcha, esta forzada y desgarradora, para huir de la guerra y en busca de un lugar donde vivir en paz.
Dos maneras tan distintas de echarse a la carretera en los dos extremos de Europa el mismo fin de semana. Una dualidad extraña y desconcertante que, sin duda, está hoy muy presente en el espíritu y las oraciones de los peregrinos a Javier.
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