Opinión
Estado gaseoso
La vida es compleja y pasa rápido. Y más si tienes uno, dos, tres o más hijos y un trabajo exigente.


Publicado el 14/11/2021 a las 06:00
Cuando estaba en sexto de EGB, la monja que nos enseñaba Matemáticas, la hermana Agustina, seguía un ritual muy curioso antes de sus exámenes. Nos hacía sentarnos relajadas en las sillas delante de nuestros pupitres y, después de rogar a la ‘reina de los sobresalientes’ para que cada niña sacara la nota para la que había estudiado (“si lo has hecho para 10, 10; si para 0, 0”) en el más estricto sentido de la justicia, nos instaba a respirar profundamente para relajarnos. En aquellos años, eso no se estilaba y a mí me parecía muy raro. No estaban de moda ni el yoga ni el pilates ni el ‘mindfulness’ ni la meditación que no fuera religiosa ni nada que se le pareciera. Pero esas respiraciones nos hacían soltar los nervios, que volaban en aquellos suspiros por el aula, antes de enfrentarnos a las raíces cuadradas, las ecuaciones de segundo grado o las fórmulas de los polinomios. No sé por qué me vino el otro día esta imagen a la cabeza cuando leía el libro de una psicóloga a la que iba a entrevistar al día siguiente sobre el trauma de las rupturas de pareja. A ver, no es ninguna novedad y lo he leído y escuchado mucho últimamente pero en ese momento me impactó porque tenía el estómago anudado de los nervios. Paradójico, ¿no? Nerviosa porque no me daba tiempo de terminar un libro en el que hablaba de relajación. “Detente y respira”. “Dedícate unos minutos solo para ti”. “Conecta con tu interior de manera consciente”. “No trabajes tanto”. “No corras todo el día sin saber a dónde vas”. Consejos bienintencionados. Tan antiguos como la humanidad. Porque, ¿qué hay más humano que respirar para seguir vivos?
Confieso que me sé muy bien la teoría pero que pocas veces la pongo la práctica. ¿Por qué? ¿Por qué no tengo tiempo ni de pararme cinco minutos a respirar con el abdomen, como dicen los expertos, retener el aire en los pulmones y soltarlo por la boca? ¿Tan importante es ese ‘wasap’ o ‘e-mail’ que tengo que responder? ¿Esa compra que hay que hacer para llenar el frigorífico? ¿O esa llamada telefónica que te hurta los diez minutos libres que tenías?
Un buen amigo mío, que practica el yoga y la meditación a niveles muy elevados desde hace varios años, me dijo algo que me sorprendió. “Tienes que parar. Detenerte. Pero en sentido literal”. “¿O sea, estarme quieta?”, le pregunté. Confieso que lo hice un día y estuve respirando cinco minutos. Eso sí. Pensando en que no había sacado las pechugas de pollo del congelador para el día siguiente y que tenía que recoger la ropa de la cuerda porque había empezado a llover. El segundo día, también respiré, aunque un poco menos. Y luego ya se me olvidó y solo lo recuerdo cuando tengo tal montaña de cosas que hacer que no sé por dónde empezar. Otra amiga que ahora mismo transita por el camino del cáncer de mama publica muchas frases en las redes sociales sobre este tema de la respiración, el fluir y el pensar en lo que estamos haciendo en el momento presente para conservar, atesorar ese minuto. Que no va a volver nunca más Entonces, ¿si es algo tan importante y, además gratis, por qué no lo hacemos? ¿Cómo es posible que no encontremos ni cinco minutos para nosotros? Para respirar. Caminar. Leer. O simplemente contemplar una puesta de sol o la lluvia al otro lado del cristal.
Lo sé. La vida es compleja y pasa rápido. Y más si tienes uno, dos, tres o más hijos (lo que ya me resulta difícil de imaginar) y un trabajo exigente. Todos lo son. Pero, quizá, deberíamos soñar, como decía Mecano y yo no me cansaba de escuchar de adolescente, que somos aire. Oxígeno, nitrógeno y argón. Aire volador. No huracanes ni tornados que arrasan con todo o son arrastrados sin rumbo. Ahora la sociedad ha cambiado. Y en el colegio de mis hijos, por ejemplo, todas las mañanas saludan al ‘comienzo del día’ con una reflexión sobre lo que esperan encontrar. Se paran (porque muchos aparecen corriendo tras el madrugón y la leche bebida casi de un trago para no llegar tarde) y respiran. O al menos permanecen en silencio. Como nos enseñó a nosotras con 12 años la hermana Agustina antes de enfrentarnos a las raíces cuadradas. Para que no nos desinflemos, de repente, una noche de resaca, por el ombligo. Como decía también Mecano. Y pasemos, qué curioso, al estado gaseoso.