Opinión

"Es 30 de octubre y una vez más sujeto en la mano un trozo de la bomba que pudo matar a mi mujer"

M. había aparcado su 206 en el edificio central de la Universidad de Navarra para ir a trabajar. Pero otro Peugeot con 100 kilos de explosivo en su interior voló por los aires una mañana de jueves cualquiera

Trozo de metralla del coche bomba que explotó en el atentado a la Universidad de Navarra de 2008
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Trozo de metralla del coche bomba que explotó en el atentado a la Universidad de Navarra de 2008GONZÁLEZ
Trozo de metralla del coche bomba que explotó en el atentado a la Universidad de Navarra de 2008

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Íñigo González

Publicado el 29/10/2026 a las 17:30

Es 30 de octubre y una vez más sujeto en la mano un trozo de la bomba que pudo matar a mi mujer. Desde que ocurrió, todos los años en esta fecha siento la necesidad imperiosa de sacar el trozo de metralla que guardo en mi escritorio, sopesarlo en mi mano y calibrar cuánto dolor pudo causar. Un ritual que tiene mucho de exorcizar demonios pero más aún de celebrar la vida.

Dieciocho años después lo que me sigue sorprendiendo es que no haya perdido el filo y todavía corte como un demonio. Lo sé y pese a todo — o tal vez por eso mismo — no me resisto a tocar su punta más afilada con la yema del índice. Busco así el pinchazo que me conecte, otra vez, con el día que pudo cambiar nuestras vidas.

Ya me había tocado vivir atentados de ETA antes, alguno, muy de cerca, como el que le reventó la puerta al vecino de mi madre en Noáin por el único pecado de ser concejal de UPN en Navarra. Pero el que aún me eriza el vello es el último, el que rozó una masacre que sólo la suerte logró evitar. Llevábamos pocos meses casados y aquel día M. había aparcado su 206 blanco en el edificio central de la Universidad de Navarra antes de subir al torreón a trabajar. Rutina. Pero tres horas después, otro Peugeot, este con casi 100 kilos de explosivo en su interior, voló por los aires una mañana de jueves cualquiera. Por fortuna, la pesadilla se quedó aquella vez en un aluvión de heridos leves y cuantiosos daños materiales.

Recuerdo su llanto triste al llamarme para decirme que estaba bien y que fuera a recogerla. También el olor a quemado y el silencio de ese aparcamiento cuando, una vez levantado el cordón policial, pudimos ir a por su coche. La deflagración cercana gripó el motor y lanzó sobre su techo el trozo de metralla que ahora tengo en mi palma. Negro, retorcido, apenas son diez centímetros y 30 gramos de aquel coche-bomba. Un recordatorio de que hubo un tiempo en el que el terror fue real.

Repaso despacio aquello y sólo entonces, con los recuerdos ya fuera, es cuando doy gracias por lo que pudo ser y no fue, por seguir disfrutando de M. y por el privilegio de deshojar juntos las hojas del calendario cada 30 de octubre. Y es entonces cuando termino devolviendo el metal a la cajonera, agradecido por todos esos jueves vividos desde entonces y por los demás que están por venir.

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