Opinión

"Ojalá el hallazgo de la cueva de Abauntz sirva para hacernos pensar. Lo que ha aparecido allí viene a confirmar que nadie brotó pegado a una columna de la plaza del Castillo"

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Jose Murugarren

Publicado el 26/10/2026 a las 17:37

Somos muy de reclamar raíces, pedigrí e identidad, como si el suelo que pisamos llevara impreso nuestro apellido desde el Big Bang. Vas por la calle creyéndotelo y, de repente, la arqueología desentierra seis fragmentos de una mano prehistórica en una cueva de Ultzama y te planta la foto de un neandertal en el periódico. “Este es tu antepasado”, nos viene a decir. Lo raro es que el hallazgo no desate una pugna identitaria, suelta un Homo sapiens de la cuenca mientras apura un cortado. 

Aquí discutimos por todo: antes que si losa o adoquín, hoy que si zonas verdes o viviendas... Yo lo escucho y lo suscribo. Echo de menos a los protagonistas habituales de la política debatiendo si aquel neandertal era defensor de los fueros, si tiraba más a vascón que a íbero, si se comunicaba en un protoeuskera impecable que habría que investigar o si lo suyo era un romance del paleolítico. 

El hecho es que los expertos lo describen como un personaje robusto y el paisano del cortado se atreve a añadir que probablemente sería de pocas palabras, además de no muy social. Vamos, un retrato robot que encaja milimétricamente con el tópico del carácter norteño, le suelta al compañero de mesa que devora un cruasán a toda velocidad y no dice ni mu. 

Ojalá el hallazgo de la cueva de Abauntz sirva para hacernos pensar. Lo que ha aparecido allí viene a confirmar que nadie brotó pegado a una columna de la plaza del Castillo como si se desprendiera del genoma del kiosco ni nació con las raíces entrelazadas al pino de la Diputación. El milagro de estos seis huesecillos de 45.000 años es que su ADN está a punto de recordarnos que la pureza se hibridó como el agua y la sal desde el principio de los tiempos. Que no hay mejor pedigrí que la mezcla. 

Este ilustre antepasado, lejos de guardar las esencias de la foralidad, probablemente compartía código genético con un primo de Düsseldorf o una cuñada de las estepas. Aquella mano perteneció a un cazador-recolector que pudo practicar el hermoso y libre mestizaje en un ir y venir de sangres por el Pirineo. Esos restos refuerzan una realidad incontestable: la del nómada que se desplazaba sencillamente a donde las condiciones le garantizaban cobijo y alimento, permitiéndose la saludable costumbre de fundirse con el otro y cobijarse en Ultzama.

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