Opinión

Crisis educativa y crisis cultural

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Alejandro Navas

Publicado el 15/10/2026 a las 05:00

"El sistema educativo español es muy bueno”, declaraba en 2006 la ministra de Educación, Mercedes Cabrera. No fue una ocurrencia aislada: a lo largo de su gestión Cabrera repitió continuamente que España contaba con uno de los mejores sistemas educativos de su historia, a pesar de lo que pudieran decir informes como el de PISA, en los que España quedaba malparada. Esos estudios no medirían más que aspectos parciales, no esenciales, del fenómeno educativo, según la ministra de Zapatero. Y tampoco había que exagerar la comparación con otros países. Es la reacción típica de tantos gobiernos: negar o minimizar el problema en lugar de asumir su responsabilidad e intentar arreglarlo.

El deterioro educativo reflejado por el último informe PISA resulta tan patente que ha impedido el mero negacionismo. Hay unanimidad en el diagnóstico: la educación española está mal, sin paliativos. PISA mide lo que mide -aquí tenía razón la ministra-, pero eso basta para que suene la voz de alarma. Resulta imposible ignorar la gravedad del problema y, en lógica consecuencia, se han multiplicado los análisis, las denuncias y las propuestas de mejora.

Dada la indigencia del bebé humano, los niños necesitan durante años el cuidado de los padres o adultos de referencia. Educar al niño es enseñarle la higiene básica, a alimentarse, a incorporar los elementos de la propia cultura -tecnología, reglas, símbolos- que constituyen la forma de vida de esa sociedad. Me gusta describir la educación como el aprendizaje de la distinción. Distinguir una manzana de una pera, una lagartija de un cocodrilo, un planeta de una estrella, un adjetivo de un adverbio, un Volkswagen de un Toyota, una monarquía de una república… Hasta aquí la tarea parece asequible, pero se complica cuando se trata de discernir entre lo útil y lo inútil, lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso.

Educar no consiste primordialmente en transmitir, sino en contagiar, suscitar, estimular. Lo que más forma a los pequeños es la convivencia, el trato, en la escuela y, sobre todo, en la familia y en la vida social. Me parece que son dos los requisitos capitales para que pueda darse una auténtica educación: en los adultos, convicciones firmes, y en los niños confianza. Antes de hablar sobre contenidos o currículos, los adultos de referencia -de entrada, padres y docentes- tienen que plantearse cómo viven o quieren vivir. Reconocer lo verdadero, bueno y bello exige disponer de un criterio, y uno de los grandes problemas que afectan a nuestro sistema educativo es que se ha roto el consenso en torno a la condición humana: no está claro qué son la persona, la vida y la muerte, la sexualidad, el matrimonio y la familia, la verdad y la justicia, la dignidad y la libertad.

Me gusta cómo analiza el sociólogo alemán Guillaume Paoli la evolución de nuestra cultura: “El premoderno sabe que cree; el moderno cree que sabe y el posmoderno cree que no cree”. Occidente ha entrado en una fase posmoderna, efecto del pluralismo que sigue a la libertad: cada uno piensa y vive como quiere. Esta es una conquista a la que no vamos a renunciar. El “pensamiento débil” desconfía de la capacidad humana para conocer la verdad, supuesto que exista algo así. Pero como también en la sociedad posmoderna se requiere un consenso mínimo para mantener el orden, a falta de una verdad absoluta se buscará en los procedimientos: nosotros establecemos lo verdadero, lo bueno y lo justo, mediante la aplicación de reglas. Es la sociedad abierta que tematizó en su día Karl Popper. Asegurando que “Todo es revisable” se rechaza la pretensión de alcanzar una verdad absoluta que podría llevar de nuevo al totalitarismo.

¿Cómo formar a otros en una sociedad así, que postula una “educación neutra”? Los hijos quieren, sobre todo, saber “de qué van” sus padres, qué les importa verdaderamente, porque si perciben que los adultos transmiten valores en los que ellos mismos no creen, se sentirán engañados y abandonarán pronto esos supuestos valores. De la decepción al cinismo no habrá más que un paso.

Advierto solo una manera para conseguir jóvenes maduros y libres: predicar con el ejemplo. Necesitan desenvolverse entre personas que actúan con responsabilidad, no solo en circunstancias excepcionales, sino en el día a día. Nada mueve más que el bien hecho vida. Los pequeños son malos para escuchar, andan distraídos -y las pantallas agudizan esa tendencia-, pero son muy buenos para observar, a sus padres, maestros y adultos en general. Incluso los más pequeños son testigos perspicaces y jueces implacables del comportamiento de sus mayores. Antes de debatir sobre planes de estudio, sobre conocimientos y competencias, sobre el recurso a la IA y tantas otras cosas -debates razonables-, deberíamos preguntarnos por el ejemplo que les damos. La pedagogía y la didáctica vienen después.

Alejandro Navas. Sociólogo.

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