Opinión 

"Presentar a universitarias adultas como si necesitaran una ayuda especial para decidirse por una carrera me parece condescendiente y ofensivo"

"Parece que la libertad resulta incómoda cuando produce estadísticas que no nos gustan. Entonces dejamos la igualdad de oportunidades y perseguimos la igualdad matemática de resultados"

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Álvaro Bañón

Publicado el 11/10/2026 a las 05:00

El Gobierno de Navarra acaba de anunciar una novedad en sus becas universitarias para el curso 2026-2027: 200 euros adicionales al año para las mujeres que estudien grados STEM y cumplan los requisitos generales. STEM son las siglas en inglés de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas; en Navarra comprende grados de Ciencias o de Ingeniería y Arquitectura. Imaginemos dos estudiantes: misma universidad, misma ingeniería y renta familiar. Él tiene un ocho de media y ella un seis. Ella puede cobrar esos 200 euros y él no. ¿El criterio diferencial? Ser mujer. Y todo, naturalmente, en nombre de la igualdad. Confieso que la medida me resulta profundamente paternalista. Llevo veinte años dando clase en la Universidad, en centros públicos y privados, y no reconozco ese mundo casi decimonónico que parece imaginar quien ha tenido esta feliz idea. 

Las chicas que han pasado por mis aulas estudian lo que les da la gana, compiten por las mismas plazas, hacen los mismos exámenes y acceden a las carreras que les permite su nota, igual que sus compañeros. La igualdad no consiste en conseguir que el 50% de los graduados en Ingeniería sean mujeres y el otro 50% hombres. Consiste en que una mujer tenga las mismas oportunidades que un hombre para estudiar Ingeniería. Y las tiene desde hace décadas. Si decide cursar Medicina, Derecho, Psicología o Filosofía, quizá exista una explicación revolucionaria: ha elegido libremente lo que quería estudiar o lo que su nota le ha permitido. Pero parece que la libertad resulta incómoda cuando produce estadísticas que no nos gustan. Entonces dejamos la igualdad de oportunidades y perseguimos la igualdad matemática de resultados. 

Para corregir las decisiones libres de las mujeres decidimos darles un empujoncito económico. Doscientos euros al año. Diecisiete euros al mes. Al parecer, esa era la barrera que separaba a Navarra de la revolución tecnológica. Y creen que por 200 euros una chica estudiará Ingeniería aunque no le guste. En el fondo (y en la superficie) lo que molesta es la libertad. Y hagamos la prueba del espejo. Si en Judicatura, Notarías, Medicina, Psicología o determinadas titulaciones las mujeres son amplia mayoría, ¿crearemos ayudas específicas para hombres? ¿Daremos un dinerico a los chicos para animarlos? ¿Los trataremos como pobres criaturas necesitadas de tutela administrativa para descubrir su vocación? Sospecho que entonces la desigualdad estadística preocuparía bastante menos. Pensemos además en el mensaje para el estudiante varón. Dos compañeros con idéntica situación económica. Él obtiene mejores notas; ella recibe 200 euros adicionales. No por renta, mérito o dificultad familiar. Por sexo. Después habrá que explicarle que discriminar económicamente entre dos ciudadanos por una característica que ninguno ha elegido es una sofisticada forma de igualdad. 

Pero lo que más me molesta no son los 200 euros. Es la imagen de la mujer que subyace detrás. Presentar a universitarias adultas como si necesitaran una ayuda especial para decidirse por una carrera me parece condescendiente y ofensivo. No necesitan que una Administración les indique qué deberían estudiar ni que corrija con dinero sus preferencias. Es tratarlas como si necesitaran tutela para decidir por sí mismas. La igualdad consiste en abrir todas las puertas, no en decidir cuántas mujeres deben atravesar cada una. Si una mujer tiene libertad real para elegir y escoge una carrera distinta de Ingeniería, respetar su decisión también es igualdad y, sobre todo, libertad. A quien se le haya ocurrido esta brillante idea solo le haría una última pregunta: ¿estamos en 2026 o en 1916?

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