Opinión

Todavía quiero ser maestra

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Elisa Caballero

Publicado el 10/10/2026 a las 05:00

Cuando era pequeña quería ser maestra.

Y quizá no sea casualidad. Mi madre también lo fue. Crecí viendo de cerca esta profesión. Vi sus momentos bonitos, pero también algunas de sus dificultades. Recuerdo situaciones que entonces no entendía del todo y que ahora, desde el otro lado, comprendo mucho mejor.

Tengo un recuerdo enorme y muy bonito de mi madre como maestra, y siento un gran orgullo cuando pienso en ella.

Llevo siete años trabajando en educación. Sé que siete años no son nada comparados con los que llevan muchos compañeros a sus espaldas. No pretendo hablar como si hubiera vivido toda una vida en las aulas. Pero sí puedo decir que, en estos siete años, he percibido muchos cambios. Cambios en los niños, en las familias, en nuestra forma de relacionarnos y en la manera en la que entendemos la educación.

Y sigo queriendo ser maestra. Mucho.

Tengo además una niña de tres años, y ser madre ha hecho que mire la educación de otramanera. Ahora no solo pienso en mis alumnos. También pienso en mi hija y en la sociedad en la que está creciendo.

Tengo la suerte de trabajar en mi propio pueblo y de formar parte de un equipo que cree en la escuela y trabaja cada día para hacer del colegio un lugar mejor, más seguro y donde los niños sean felices. Y eso hace que muchas veces salga del colegio cansada, pero feliz.

Porque esta profesión también tiene eso.

Tiene un niño que te abraza sin venir a cuento. Una mirada de orgullo cuando consigue algo que llevaba días intentando. Un “mira, profe” que escuchas veinte veces al día y que, aun así, sigues mirando. Una familia que te agradece algo que para ti era simplemente hacer tu trabajo.

Hay momentos que te llenan el alma. Y por esos momentos merece la pena.

Pero también hay otra parte. Una parte que de pequeña no podía imaginar y que, algunas veces, me da vértigo.

La sociedad ha cambiado y la escuela también. Han cambiado los ritmos de vida, las necesidades de los niños y la forma en la que las familias y los docentes nos relacionamos.

Y creo que hemos perdido algo por el camino: la confianza.

No quiero decir que antes todo fuera mejor. No lo creo. Tampoco quiero volver a aquella época en la que “lo que decía el maestro iba a misa”.

Pero sí recuerdo una confianza que hoy, en algunos casos, parece más difícil de encontrar.

Cuando un niño llegaba a casa contando algo que había pasado en el colegio, muchas veces la respuesta era: “Si lo ha dicho la profesora, será por algo”.

Hoy, algunas veces, la primera pregunta es: “¿Y por qué?”.

¿Por qué le ha dicho eso? ¿Por qué a mi hijo? ¿Por qué ha hecho esto? Y preguntar está bien. Por supuesto.

Las familias tienen derecho a saber y a preocuparse por sus hijos. Yo también soy madre y entiendo perfectamente ese instinto de proteger.

Pero quizá deberíamos intentar que preguntar no signifique desconfiar de entrada. Porque un maestro puede equivocarse. Claro que sí. Somos personas.

Pero también somos profesionales.

Detrás de una decisión hay muchas veces observación, conversaciones, reuniones y horas pensando en lo mejor para nuestros alumnos.

Y hay algo que me preocupa especialmente: ver a compañeros que empiezan su profesión llenos de ilusión y que sienten que tienen que demostrar desde el primer día que son dignos de confianza.

Personas que todavía no han tenido tiempo de enseñar quiénes son y ya sienten que tienen que justificar cada decisión.

Y eso pesa.

Porque detrás de “la profesora”,“el maestro” o “la tutora” hay una persona. Una persona que se esfuerza, que aprende, que se equivoca y que también llega a casa cansada.

Una persona que, probablemente, eligió esta profesión porque un día soñó con ella. Yo sigo soñando con ella.Y quiero seguir haciéndolo.

No quiero una escuela en la que las familias no puedan preguntar. Quiero familias implicadas.

Pero tampoco quiero una escuela en la que el docente sienta que tiene que defenderse constantemente.

Quiero que podamos hablar. Preguntar. Explicar. Escuchar. Y confiar.

Porque padres y profesores estamos en el mismo equipo. Queremos lo mismo: que nuestras niñas y niños crezcan felices, seguros, autónomos y buenas personas.

Y para eso también tenemos que dejarles equivocarse.

Aceptar un no. Tener un día malo. Resolver un conflicto. Pedir perdón. Entender que no siempre tienen razón.

A veces queremos proteger tanto a nuestros hijos que terminamos intentando evitarles cualquier pequeño golpe de la vida. Y quizá también educar sea acompañarlos mientras aprenden a afrontar esas pequeñas dificultades.

Por eso me preocupa el futuro de esta profesión. No porque haya dejado de gustarme.

Precisamente por lo contrario.

Porque me gusta.Porque hay días en los que me llena el alma. Porque sigo pensando que enseñar es una de las cosas más bonitas que se pueden hacer.

Y porque, algún día, mi hija tendrá que elegir qué quiere ser.

Ahora tiene tres años y puede que mañana quiera ser astronauta, veterinaria o cualquier cosa que todavía ni imaginamos.

Pero si algún día me dice que quiere ser maestra, quiero poder mirarla con la misma ilusión con la que yo lo decía de pequeña.

Me ha llevado tiempo escribir estas líneas.Quizá porque cuando algo te importa de verdad, cuesta poner en palabras lo que te preocupa.

Pero si algo me gustaría que quedara después de leerlas es esto:

Cuidemos la educación. Cuidemos a los niños. Y cuidemos también a quienes cada día los acompañan.

Porque educar es cosa de todos.

Y si algún día mi hija me dice: “Quiero ser maestra”,quiero poder responderle sin miedo: “Hazlo. Merece la pena”

Elisa Caballero

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