Opinión
"Hoy, a las diez en punto de la mañana, el mundo se me ha caído encima. Y todo por buscar un pañuelico rojo"
Me he sumergido en una cajonera olvidada en la terraza para prestarle a mi hijo uno viejo y... ¡zas! Ha aparecido otra cosa


Actualizado el 27/08/2026 a las 07:58
Hoy, a la las a las diez en punto de la mañana, el mundo se me ha caído encima. Bueno, dejémoslo en que me ha dado un viaje de aúpa. Y todo por buscar un pañuelico rojo. Andaba el heredero revuelto porque no encontraba el suyo y ya rozaba el colapso pensando que en Noáin las fiestas no esperan. Y cuando me he sumergido en una cajonera olvidada en la terraza para prestarle uno viejo... ¡zas! Ha aparecido otra cosa. Algo que llevaba prácticamente dos décadas sin ver: mi caja de recuerdos de cuando niño.
Si la ven cerrada deprime un poco y no parece gran cosa. Una de esas bomboneras rojas de Nestlé, de las redondas y metálicas. Recordaba vagamente lo que había dentro, pero, por si acaso, la he abierto como si contuviera restos de ántrax y con el mismo cuidado que pondría un artificiero. Y vaya si ha explotado. Al menos, en mi interior.
He repasado el inventario sin prisa: una pulsera rota, el menú de boda de mi hermano mayor en El Tremendo, dos clics de Playmobil (el medieval y el de la grúa) y mi navaja suiza de camping, que antes no eras niño si no llevabas una de excursión. También estaban, con su goma elástica y todo, mis gafas de crío —cómo las odiaba —. Entonces, más al fondo y algo arrugado, lo he visto. Un paquete de cigarrillos sin abrir y con su plástico intacto. Es una vieja cajetilla de Lucky Strike con el sello de Tabacalera y un año impreso: 1985. Fue una de las últimas que mi padre ya no pudo fumar porque murió en el accidente de aquel año. Se la debí escamotear a mi madre tiempo después y la guardé en la caja intuyendo el verdadero valor que tendría.
Y por eso ahora el que anda revuelto soy yo. Cada objeto me ha dado una punzadica bien honda y ha despertado imágenes que creía olvidadas. Me he visto cortándome con esa navaja mellada al pelar una naranja y probando mi primera cerveza furtiva en aquella boda. Incluso he creído reconocer la voz de mi padre. Y cuando pensaba que ya no había nada más, he encontrado algo escondido bajo la tapa. Estaba pegada: una pequeña vela blanca con la cera derretida. He mirado a mi hijo y se lo he explicado. Era del ‘Pobre de mí’ de otras fiestas de Noáin, unas de hace muchísimos años. Aquellas en las que conocí a su madre.