Opinión
"Sus consecuencias más dolorosas las sufrirán nuestros nietos, que tal vez no lleguen a conocer otro Danubio que el conservado en los valses y en las viejas narraciones"

Publicado el 22/08/2026 a las 05:00
Nunca ha estado tan bajo el nivel de las aguas del Danubio. El segundo río más largo del continente, el cauce por el que han navegado mercancías y civilizaciones, la ruta turística fluvial más frecuentada del mundo, la arteria que ha unido y dividido a Europa en un idilio geográfico perpetuo, es en las fotos que nos llegan ahora un prolongado cenagal sobre el que la sequía ha hecho asomar los vertidos de la historia: ruinas de puentes romanos, camiones y buques de guerra hundidos, cadáveres de soldados nazis, huesos de mamut, máquinas, carros, bombas sin estallar.
El Danubio no ofrece el "oleaje poderoso" que asombró a Hölderlin. Tampoco evoca las eruditas estampas literarias de Claudio Magris, ni se muestra "turbio, grande y sabio" como lo vio el poeta húngaro Attila Jószef. En este verano infernal es una prosaica y dolorosa herida que rasga el mapa de la ‘Mitteleuropa’ desde la Selva Negra hasta las orillas del Mar Negro, sin caudal de agua suficiente para alimentar las centrales nucleares de Rumanía ni para acunar los cruceros turísticos que han tenido que cancelar sus viajes por primera vez.
La Europa en crisis de identidad por efecto de los vaivenes políticos, económicos y bélicos del planeta es también una región del planeta achicharrada por los rigores del cambio climático. Un día tras otro, las noticias del tiempo en la televisión dan cuenta de récords de calor con el inquietante sonsonete «desde que hay registros». Las pruebas del calentamiento son aplastantes y abrumadoras. Se acumulan por todas partes, y sin embargo la conciencia climática no acaba de cuajar.
Comentaba estos días un viajero de regreso de Budapest haber visto ‘raves’ improvisadas, alegres botellones y partidos de fútbol sobre los márgenes resecados del Danubio, signos todos ellos de una extendida indiferencia ante la amenaza. Si los calores disparados, los incendios inusitadamente voraces y las brutales sequías que están convirtiendo en distópicos nuestros paisajes más cercanos no logran removernos la sensibilidad más allá del consabido lamento estacional, es difícil esperar una toma de conciencia colectiva ante el drama climático. Sus consecuencias más dolorosas las sufrirán nuestros nietos, que tal vez no lleguen a conocer otro Danubio que el conservado en los valses y en las viejas narraciones románticas.