Opinión

"La gente va a que le metan en un tubo de imanes gigantescos o a que le inyecten un contraste radiactivo con la misma actitud con la que uno va al ayuntamiento"

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Jose Murugarren

Actualizado el 03/08/2026 a las 21:10

Viernes por la tarde. Pasillo del sótano del hospital. Una cola de pacientes aguarda ante la consulta de radiología con el volante arrugado en la mano. Llega el turno de un hombre. La enfermera, con la sonrisa fatigada de llevar horas de pie, le pregunta con tono cercano:

—Buenas tardes. A ver, dígame, ¿viene usted para un TAC o para resonancia magnética?

El paciente parpadea, mira hacia arriba como si las placas del techo fueran a darle la respuesta, se encoge de hombros y suelta con naturalidad:

—Ay, pues no lo sé. A mí me han dicho que me siente aquí. Y ahí finaliza su aportación.

 Es una escena cotidiana y fascinante debe pensar la enfermera o lo pienso yo que asisto a este comportamiento de costumbrismo hospitalario. Vivimos en la era de la hiperinformación. Llevamos un ordenador en el bolsillo que nos dice cuántos pasos damos, el ritmo de las pulsaciones y el tiempo que va a hacer en Cuenca el próximo jueves. Googleamos cualquier dolor de cabeza y autodiagnosticamos tres enfermedades terminales antes del telediario. Pero, milagrosamente, cuando cruzamos el umbral del hospital, nos transformamos en seres entregados al destino con una fe ciega y un desconcertante despiste. Hay algo tierno, y a la vez alarmante, en esa rendición absoluta al “ya me dirán”. La gente va a que le metan en un tubo de imanes gigantescos o a que le inyecten un contraste radiactivo para un escáner de alta tecnología, con la misma actitud con la que uno va al ayuntamiento a pedir un impreso que no sabe cómo se llama. “Algo de la espalda”, “una cosa de la tripa”, “lo que me ha mandado el médico joven, el alto”. Es el triunfo de la desinformación en el templo de la ciencia. Detrás de ese “no lo sé” no hay estupidez; hay un respeto reverencial a la bata blanca, un miedo que prefiere no mentar a la bicha y esa costumbre tan nuestra de delegar la propia salud en las manos de los que saben. Mientras tanto, las enfermeras suspiran, toman el papel, descifran la letra de médico y guían al paciente desorientado hacia su destino.

—Buenas tardes —saluda a una señora que lleva un rato sentada—. ¿Viene usted para un TAC o para una resonancia magnética?

Y ella, como su antecesor, también mira al techo.

—Yo vengo por lo de la espalda —resuelve, y se queda tan a gusto, como si pensara para sus adentros: “Métame donde quiera, pero no me haga resolver un sudoku difícil”.

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