Opinión

"Las preguntas que la inteligencia artificial no puede hacerse"

"El verdadero riesgo es que los seres humanos renuncien al ejercicio del pensamiento, porque pensar significa detenerse, juzgar, deliberar y hacerse responsable de las propias decisiones"

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Roberto Cabezas

Publicado el 31/07/2026 a las 05:00

El otro día, mi hijo pequeño me desarmó con dos preguntas. Me miró y, con la naturalidad con la que solo preguntan los niños, dijo: -Papá, si pudieras parar el tiempo, ¿seguirías pensando? No me había recuperado del impacto cuando lanzó una segunda: -¿Por qué el tiempo solo va hacia adelante? Guardé silencio durante unos segundos. No porque no quisiera responderle, sino porque comprendí que aquellas no eran preguntas para improvisar una respuesta. Eran preguntas de las que obligan a detenerse, a pensar despacio. Al final solo acerté a decirle: -Déjame pensarlo, cariño. Necesito encontrar una respuesta que merezca esas preguntas. 

Quizá el verdadero desafío de la inteligencia artificial no sea responder mejor que nosotros, sino impedir que dejemos de pensar. El liderazgo no consiste en disponer de más respuestas, sino en cultivar el criterio para hacerse mejores preguntas. Y pocas preguntas son mejores que las que formulan los niños: ingenuas en apariencia, pero capaces de poner en cuestión todo aquello que los adultos damos por sentado. Claro, pensar exige detenerse, y en esta cultura de la urgencia y de las agendas saturadas conjugar este verbo no es nada de fácil. Por eso el criterio vale más que las respuestas rápidas, y pensar, sobre todo, es hacerse buenas preguntas. Y ojo, pensar requiere humildad intelectual, porque quien cree que ya sabe todo deja de aprender. En tiempos de inteligencia artificial cada vez habrá más máquinas que nos ofrecerán respuestas a demanda y nos llenarán de sugerencias sobre la base del juego que sus algoritmos sacan de los datos. En gran medida liderar significará ser más capaz de pensar que de imitar. 

Armar argumentarios propios, crear lógicas propias muy basadas en la observación de las personas a las que queremos servir. Liderar supondrá ser capaz de proponer preguntas inspiradoras, preguntas oportunas, preguntas palanca. Liderar supondrá a veces contradecir al ChatGPT y a los algoritmos y explorar innovaciones que desafían la lógica de la pirotecnia artificial. Liderar supondrá militar en la estrategia de las personas, y supondrá decantar la ecuación tecnología–personas a favor de las personas y proponer un management con sentido, resultados, pero no de cualquier forma y a cualquier precio. Liderar desde la suma de inteligencias, pero dando preferencia a la inteligencia natural. Estamos ante una verdadera revolución con la inteligencia artificial, por tanto, hay que ser muy diestros en no precipitarse. Hay que entender las lógicas de este impacto y las lógicas que acompañan a todo este alboroto. Vivimos un momento único en la historia de la humanidad. Por primera vez, la inteligencia deja de ser un atributo exclusivamente humano para convertirse también en una capacidad de la tecnología. La IA analiza, sugiere, redacta, traduce, diagnostica, programa, conversa y conjuga verbos que parecían exclusivas de nuestras.

Entonces, ¿qué significa ser humano cuando una máquina parece capaz de realizar tareas que antes considerábamos propias de la inteligencia natural? Esta pregunta me persigue. Y no hablo sólo de la tecnología, sino de la fragilidad de la condición humana. La inteligencia artificial nos obliga a mirar aquello que siempre nos ha definido: nuestra finitud. Somos seres que nacen, aman, sufren, crean y mueren. Ninguna máquina comparte esa experiencia. Por ejemplo, la creatividad humana nace precisamente de esa fragilidad. La poesía, el arte, la filosofía y la religión son respuestas al misterio de existir. Una inteligencia artificial puede producir textos admirables, pero no conoce el miedo, la esperanza, la confianza, la pérdida ni el amor. Los detalles que importan en la vida siguen siendo de dominio humano. La gran pregunta no es si la IA llegará a parecerse a nosotros. La verdadera cuestión es si nosotros dejaremos de valorar aquello que solo los seres humanos pueden experimentar. El verdadero riesgo es que los seres humanos renuncien al ejercicio del pensamiento, porque pensar significa detenerse, juzgar, deliberar y hacerse responsable de las propias decisiones. La inteligencia artificial puede resolver problemas complejos con enorme rapidez, pero el juicio moral sigue siendo una tarea profundamente humana. 

Cuidado con entregarse de rodillas a la IA. Cuidado con que la velocidad reemplace a la reflexión, o que la información sustituya al conocimiento, o que la conexión permanente relegue al silencio. Cuando todo está disponible inmediatamente, desaparece el tiempo lento del aprendizaje, de la contemplación y del descubrimiento. El riesgo no es solo perder determinadas habilidades intelectuales, sino empobrecer nuestra vida interior. Frente a este escenario no propongo rechazar la inteligencia artificial. ¡Por ningún motivo, no soy negacionista! Mi propuesta es mucho más compleja y exigente. Planteo dialogar con la tecnología sin someterse a ella. Por eso, la educación adquiere una importancia decisiva para cultivar todo lo que la IA no ofrece; la imaginación, la empatía, el sentido, el juicio moral, la conversación, la creatividad, la contemplación y la capacidad de buscar la verdad. Sospecho que mi hijo nunca imaginó todo lo que encerraban aquellas dos preguntas. Quizá tenía razón sin saberlo. La IA no debe sustituir el pensamiento. El pensamiento no se puede subcontratar. Los detalles memorables de nuestras trayectorias siempre tienen a personas en el centro. 

Roberto Cabezas Ríos, HR Influencers in Spain 2026, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra.

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