Opinión
Contra los incendios, una intensa vida rural
"Hemos visto con impotencia miles de hectáreas quemadas, pueblos enteros evacuados y un paisaje calcinado, pasto de las llamas, sin olvidarnos de la fauna aniquilada"

Publicado el 29/07/2026 a las 05:00
El sol cae implacable sobre el terreno seco y agrietado; el olor intenso a herbáceos, resina, romero y tomillo aromatiza nuestras vías nasales y el soniquete musical de las cigarras sirve de entremés al calor intenso del estío. Sí, estamos en pleno verano. Es una evidencia que los montes y secarrales de los ribazos de los caminos son el elemento propicio para despertar el elemento fuego. Dice el refranero popular: “El agua representa el océano de emociones, el aire simboliza nuestros pensamientos, la tierra forma parte de nuestra biología y el fuego se transforma en pasión”. Dicho de otro modo, “la tierra ofrece estabilidad, el agua nutre el sistema, el aire mueve la mente y el fuego transforma la acción”.
En realidad, el fuego ha castigado duramente al territorio español; ha sido una forma de demostrar la fragilidad del espacio natural y el fracaso que hemos sufrido en nuestro planeta tierra. Además, no han servido los protocolos ni las previsiones y aceptamos una estrepitosa derrota; la naturaleza ha vencido al ser humano y no hemos sido capaces, en un principio, de dominar el fuego. Hemos visto con impotencia miles de hectáreas quemadas, pueblos enteros evacuados y un paisaje calcinado, pasto de las llamas, sin olvidarnos de la fauna aniquilada. Los pirómanos, que por capricho o por intereses crematísticos han incinerado parte del paisaje, merecen un duro castigo, ya que han incurrido en un delito de máxima gravedad, porque han puesto en riesgo decenas de vidas humanas, aparte del deterioro ecológico y del patrimonio del planeta, sin contar el impacto económico. Los incendios no se solucionan en verano, sino con un programa forestal anual: limpieza de montes, cortafuegos y vigilancia constante para una inmediata intervención de los bomberos. Pero, sobre todo, se aminoran con una intensa vida rural, extendiendo las zonas cultivables y las zonas ganaderas, ya que están menos expuestas a los matorrales, arbustos y plantas con espinas.
Si dejamos morir a los pueblos, si desplazamos a los niños a centros educativos de grandes urbes, si eliminamos los supermercados, cajas de ahorros, líneas de autobuses, fibra óptica o las actividades culturales, estaremos asfixiando a los municipios pequeños, con un fallecimiento lento por inanición. En estos montes y bosques, alejados de la mano humana, crece la vegetación y la masa forestal sin control, con lo cual los paisajes son más vulnerables, con una materia prima ideal para la combustión del fuego. Por tanto el fortalecimiento del sector primario y el impulso para hacer más accesible la repoblación de estas aldeas aisladas provocan una positiva triple acción: alejamiento de maleza de zonas amplias de habitabilidad, aumento de la población de municipios llamados a extinguirse, un mayor cultivo de tierras y menos posibilidad de producirse oleadas de incendios.
El éxodo rural de la España vaciada tiene solución y así lo demostraba el periodista Sergio del Molino cuando publicó el libro España vacía al referirse a la despoblación y a la carencia del desarrollo urbano que estaban sufriendo municipios del interior. Repito, el abandono de los pueblos conlleva la degradación del medio natural, descenso de la productividad agrícola por abandono de tierras, la falta de mano de obra por sueldos precarios y la poca atracción que tiene el trabajo agrícola y ganadero para la juventud. En suma, la migración a zonas urbanas donde se asegura mayor calidad de vida y un confortable futuro para los hijos, así como mayores posibilidades de cultura y ocio, son nuevos elementos que justifican la despoblación y un mayor riesgo de incendios.