Opinión
"Tu pareja, tus hijos o tu perro ya no son tu familia; ahora mismo son radiadores emitiendo calor que debes mantener a raya"
"Si miras por la ventana vas a ver gente que circula a cámara lenta. Nadie corre, nadie gesticula. El termómetro nos ha vuelto tranquilos, aunque sea por no sudar"


Publicado el 27/07/2026 a las 19:00
Quedan suspendidas las manifestaciones de afecto. Ni besos ni abrazos. No es la distancia de la Covid, son los 38 grados. Tu pareja, tus hijos o tu perro ya no son tu familia; ahora mismo son radiadores emitiendo calor que debes mantener a raya. Esto es lo principal, pero existen otros recursos. Por ejemplo, la posición de la estrella de mar. Sencillo. Túmbate sobre el suelo fresco de la cocina, con las extremidades abiertas al máximo para no tocar tu propio cuerpo, la mejilla pegada al terrazo frío y ruega para que la baldosa te conserve fresquito. Si miras por la ventana vas a ver gente que circula a cámara lenta. Nadie corre, nadie gesticula. El termómetro nos ha vuelto tranquilos, aunque sea por no sudar. Metidos en esta parálisis colectiva, la duda es saber en qué momento nos levantaremos del suelo. Buscamos esta frescura, el sofá es una estufa y activar cualquier músculo se ha convertido en aliado de la calorina.
Solo me moveré si me avisan de que abajo en la tienda han recibido ventiladores. En los informativos insisten con el mantra de “mantener la casa fresca”, un eufemismo para pedirte que bajes las persianas y conviertas el piso en una cueva. Por el calor vivimos en penumbra, como vampiros desganados, guiados por el led de la nevera que abrimos para meter la cabeza y respirar fresquito un instante. Te metes en la ducha buscando alivio y el agua sale tibia porque las tuberías llevan horas al sol. Sentarse en una silla significa quedarse pegado y, al levantarse, te has convertido en un velcro humano. Mientras, en la calle, el asfalto echa humo.
Dicen los expertos que este será el verano más fresco del resto de nuestras vidas. Si sobrevivo juro que no volveré a quejarme del invierno, ni de la lluvia. De momento, sigo en el suelo, controlando la respiración para no calentar mi baldosa. Suena el teléfono. Es el del bazar; dice que han llegado los ventiladores, que si quiero uno tengo que ir corriendo. Mido la distancia hasta la puerta. Imagino la calle como el infierno. Suspiro... Que se los quede. Prefiero sujetarme aquí, en la posición de la estrella de mar, con la temperatura de esta inmovilidad a la espera de que, por fin, llegue el cierzo.