Opinión
Ganar sin estridencias
"En el caso del cooperativismo, Navarra ha tejido algo que va más allá de las empresas individuales: una red de más de 150.000 personas que trabajan, deciden y construyen juntas"

Publicado el 25/07/2026 a las 05:00
Confieso que llevo días dándole vueltas a algo que vi en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. No al gol de Ferran Torres en el minuto 106, que también. Sino a lo que pasó durante los 105 minutos anteriores. Lo que más me llamó la atención de la selección española es que fue un equipo que defendió con el mismo compromiso con el que atacó, que cubrió al compañero sin esperar el reconocimiento, y que compitió con una intensidad que no conoció el desfallecimiento. Luis de la Fuente lo construyó así desde el primer día: un grupo donde el colectivo estuviera por encima de las individualidades, donde no hubiera ninguna estrella por encima de otra. En un fútbol dominado por egos, fichajes galácticos y la tiranía del postureo, la selección ganó, siendo, por encima de todo, un equipo coral. Humilde en las formas, implacable en el juego. Con valores bien arraigados y una manera de entender la competición que resultó sencillamente superior. Mientras lo veía, no podía evitar pensar en algo que conozco bien y que tiene muy poco que ver con el fútbol. O quizás mucho. Las cooperativas y sociedades laborales de Navarra llevan décadas funcionando con una lógica que, descrita así, suena casi ingenua pero que en el fondo está muy cerca de la “fórmula” que aplica el seleccionador: nadie es más que nadie, las decisiones se toman entre todos, el largo plazo importa más que el trimestre, y el éxito de la empresa no puede construirse sobre el fracaso de las personas que la forman ni de la comunidad que la rodea. Sin egos. Sin estridencias.
Con el trabajo bien hecho como único argumento. La selección ganó el Mundial porque sus jugadores asumen roles sin protestar, cubren al compañero sin demandar el aplauso y sostienen un sistema de juego colectivo que ninguna individualidad, por brillante que sea, puede desmontar. Las cooperativas navarras funcionan de forma idéntica: su fundamento es un sistema de toma de decisiones democrático en el que cada persona cuenta lo mismo, con una cultura del arraigo que hace que las crisis se afronten desde dentro en lugar de resolverse dejando gente afuera, y una visión que pone el bien común, el de las personas socias, de clientes, de proveedores, del territorio, por encima del beneficio inmediato de unos pocos. Y los resultados, como en el fútbol, están ahí para quien quiera verlos. El ecosistema cooperativo y de economía social representa hoy cerca del 20 % del PIB de Navarra y el 14,6 % del empleo privado. El año pasado nacieron 112 nuevas cooperativas en esta tierra: dos por semana, sin parar. Pero el dato que más me importa no habla de porcentajes sino de personas. En las dos últimas décadas, más de un centenar de empresas que estaban a punto de echar el cierre se transformaron en cooperativas o sociedades laborales. Salvaron más de 4.000 empleos directos. Y hoy, el 97 % de esas empresas sigue funcionando. Todo ello demuestra que, cuando una organización está construida sobre valores reales, compromiso, responsabilidad compartida, sentido de pertenencia, es capaz de afrontar cualquier situación por muy crítica que sea.
Así, con esa misma determinación, la selección se “creció” cuando en el primer partido empató con Cabo Verde y medio país ya la daba por eliminada. En el caso del cooperativismo, Navarra ha tejido algo que va más allá de las empresas individuales: una red de más de 150.000 personas que trabajan, deciden y construyen juntas. Una red que explica, en buena medida, por qué nuestra región aparece sistemáticamente entre las comunidades con mayor calidad de vida y bienestar del Estado. No es casualidad. Es consecuencia de un modelo que lleva décadas eligiendo las personas sobre los balances, el territorio sobre la deslocalización y el largo plazo sobre el beneficio rápido. No lo hace con banderas ni con grandes declaraciones. Lo hace con modestia, pero con inequívoca determinación, asamblea a asamblea, ejercicio a ejercicio. Como De la Fuente construyó su equipo: con paciencia, con convicción y sin hacer demasiado ruido. Navarra tiene, por tanto, la enorme suerte de contar con su propia selección. Una que no juega en ningún estadio pero que compite cada día en el mercado más exigente: el de la incertidumbre, el del cambio tecnológico, el de un mundo que se reordena a velocidad de vértigo. Lo hace con los mismos valores que nos ha tenido a todos pegados a la pantalla estas últimas semanas: trabajo en equipo, humildad, compromiso con el compañero y la certeza de que, cuando el sistema funciona de verdad, nadie necesita ser la persona más lista de la sala para que todas ganen. Enhorabuena, campeones. A los de la Roja y a los de aquí.
Ignacio Ugalde. Presidente de ANEL y Director de RRHH y Asuntos Legales de Tafalla Iron Foundry, S. Coop