Opinión
Tras la visita de León XIV a España
"En cuestiones de fe y de espiritualidad, como se ve, las fronteras no son tan cerradas como suele pensarse"

Publicado el 24/07/2026 a las 05:00
Pasaron los días felices de la visita apostólica a España del papa León XIV, que fueron una bendición. Parecía que España era habitable y hasta un país normal, incluso privilegiado. Había ratos, en que, vistos y oídos por televisión aquel entusiasmo inédito de las gentes, aquella singular belleza de los escenarios, aquellas “divinas palabras” del papa y de los que intercomunicaban con él…, pareciera que estuviéramos en el cielo de Dios. La inmensa mayoría de los comentarios posteriores han sido harto elogiosos para con nuestro ilustre visitante, para nuestra Conferencia Episcopal y para con todos los poderes civiles y miles de voluntarios que contribuyeron al éxito de la visita. Solo unos cuantos “tristes saduceos” (expresión afortunada de Unamuno) se han quejado, desde su vieja y trasnochada teoría vétero liberal, de que la fe haya salido de las sacristías a las plazas públicas, molestando a los “estirados de mi pueblo”.
Por lo demás, algunos han echado mano a las encuestas, siempre inciertas y volubles, pero imprescindibles, y nos han recordado que si hace unos años éramos los católicos españoles el 90 o el 72% de la población, ahora no pasamos del 52%. ¿De veras? Más atenido a la realidad parece que solo uno de cada cinco o seis católicos de nombre sea “católico practicante”. O que solo un quinto de matrimonios siga el rito católico. O que de diez niños nacidos, solo un cuatro y medio se bautice, lo que sí es muy significativo. Por eso ha sorprendido tanto la noticia que nos daba recientemente la prestigiosa Fundación S. M. (Sociedad Marianista), de que en los últimos cuatro años los jóvenes españoles que se declaran católicos hayan pasado del 31 al 45%, aun con ciertas adherencias posmodernas que tienen poco que ver con el catolicismo. Pero lo cierto es que en el último año computado se han bautizado en España 14.000 mayores entre 7 y 45 años, siendo un total de 146.370 personas (46% de los 318.005 nacimientos): un 10% más que en años anteriores, llegando al 40% en países como Estados Unidos de América, Reino Unido o Países Bajos.
Estos días también se han publicado los nombres de algunos españoles muy conocidos, convertidos al catolicismo, avezados como estábamos sobre todo a convertidos famosos en países anglosajones, como el caso de Tony Blair, o los recientes de la inglesa Tammy Peterson o el norteamericano Rob Schneider. Pues, esta vez, son también españoles: el filósofo Ernesto Castro; la artista plástica Sofía de la Puente; la periodista Ana Iris Simón; el actor Jaime Lorente; la cantante Belén Ayuso; la pintora y gestora Paloma Hernández… No creo que los católicos españoles seamos ante ellos, al decir de Miguel Ángel Quintana, ni exigentitos (desconfiados), ni decepcionaditos (celosos), ni entusiasmaditos. Más bien yo creo que, lisa y llanamente, nos sentimos contentos, a la vez que agradecidos a Dios y a todos los que han seguido su llamada. No podemos olvidar tampoco que, si hace unos años, llegaban solo al 2,4% los españoles de otras confesiones cristianas o de otras religiones, hoy llegan al 3,5%, y seguramente la cifra irá subiendo en un próximo futuro.
Y, por fin, quiero aclarar algo que nunca se aclara al hablar de agnósticos, indiferentes y ateos en las encuestas. Si señalamos muchas diferencias y matices entre los creyentes, cristianos y católicos, parece como si el opuesto fuera un frente único y compacto. Y no es así. Según el Barómetro 2025 de la Fundación Pluralismo y Convivencia, el 72% de los llamados agnósticos (literalmente, desconocidos) no niega que exista Dios, sino que lo desconoce o duda seriamente; lo mismo afirma el 41% de los indiferentes y hasta el 22% de los llamados ateos (literalmente, sin Dios). Y no todo es negativos en ellos. No son solo personas que niegan esto o aquello. El 40% de los agnósticos cree que, al menos, existe una fuerza vital y universal de carácter espiritual. El 20% entre los no creyentes se define como persona espiritual interesada por lo sagrado, aunque sin filiación confesional alguna. Así también se define el 36% de los agnósticos y el 12% de los ateos. En la vida después de la muerte dicen creer el 21% de los agnósticos, el 14 % de los indiferentes y el 12% de los ateos. En una energía sobrenatural en el cosmos cree un 43% de los agnósticos, un 32% de los indiferentes y un 22% de los denominados ateos también. En cuestiones de fe y de espiritualidad, como se ve, las fronteras no son tan cerradas como suele pensarse. Hay un gran espacio intermedio de personas que tienen sed de razón y de fe. Un espacio abierto por y para la búsqueda común y permanente. Un amplio espacio de comensalidad, de acción común, de alegría y de responsabilidad compartidas.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor