Opinión

"De pronto ya han pasado los años, los sanfermines y los toros. En el recuerdo de las fiestas todo se mezcla"

"Si uno se asoma a la galería del teléfono móvil, parece que la memoria hubiera barajado las cartas y desordenado los días"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 22/07/2026 a las 05:00

La gran ciudad en la que habito se levanta como un monumento a la prisa. Paseo por el centro de Madrid y todo lo que se ofrece es express. Café express. Tu nombre express en una camiseta. Peluquería express. Uñas express. Sexo express. Todo en la vida termina siendo express, pienso, y aquellos días que, cuando éramos niños, parecían eternos, ahora pasan como una ráfaga de metralleta. Incluso los sanfermines. Los días posteriores al 15 de julio son una extraña sucesión de momentos que no conducen a ninguna parte y de recuerdos lisérgicos de vivencias increíbles. Me miro al espejo, barbudo, demacrado, acatarrado por la voltereta que la vaquilla del cansancio les pega cada año a mis defensas, y veo a un tipo muy distinto del que era el 6 de julio a las nueve de la mañana, cuando los niños me despertaron con sus abrazos y con unos dibujos en los que se leía: “Felicidades, papá”. La vida del viejo parece lenta desde fuera, pero por dentro pasa mucho más deprisa de lo que aparenta, como el encierro en los ojos de quien lo ve por primera vez. 

De pronto ya han pasado los años, los sanfermines y los toros. En el recuerdo de las fiestas todo se mezcla: las camisetas manchadas, el tendedero lleno de ropa roja recién salida de la lavadora, las carreras, las cenas, los abrazos, las cogidas, los pantalones desgarrados, las risas. Todo ocurrió más o menos a la vez. Si uno se asoma a la galería del teléfono móvil, parece que la memoria hubiera barajado las cartas y desordenado los días. Hubiera querido hacer algunas cosas que no hice. El toro del tiempo me pasó por encima y, por ejemplo, no pude visitar a la abuela Fromnecht que me lee en su casa de Pío XII. Desde aquí le mando un beso. Ella sabe que la quiero. Siempre digo que al principio de las fiestas y al final somos dos personas distintas. Nos cambia -no sabría explicar exactamente cómo- esa sucesión de alegrías, emociones, coscorrones, cansancio y milagricos que llamamos sanfermines. Solo las ojeras, las costillas doloridas y los moratones ya amarillentos de aquel toro de Escolar en la cuesta nos confirman que todo aquel sueño maravilloso sucedió de verdad. Ojalá volver a vivirlo, aunque fuera, como fue, de otra manera. Y ya falta menos.

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