Opinión
"Ahora las fiestas de Bayona son multitudinarias y parecen una tradición inveterada, popular, no un invento municipal, pero eso pasa a menudo"

Actualizado el 20/07/2026 a las 01:56
Recién pasadas las fiestas de Pamplona, a las que muchos franceses son grandes adictos, entusiastas, comienzan la de Bayona. Por la larga playa de Hendaya, que se agranda con la bajamar, con sus rocas gemelas salpicadas de espuma, se ve gente de blanco y rojo con cara agotada, que vienen de allí. El blanco y rojo de Bayona, como el nuestro, es cosa de antesdeayer. En realidad las de Bayona son unas fiestas de los años 30, que se le ocurrieron a un funcionario municipal para convocar a gente de San Sebastián, de Zaragoza y de Bilbao con posibles. Francia siempre ha sido experta en copiar lo mejor de otros sitios y ponerlo en circulación. Son ventajas de un país que ha sido siempre acogedor y defensor de la libertad. O lo era. No podemos olvidar a Goya muriendo en Burdeos, a Machado, o al mismo Picasso. España ha sido muchas veces inmisericorde con sus mejores hijos. Ya Cernuda, en su elegía a García Lorca, escribió que España “acecha lo cimero con una piedra en la mano”.
Ahora las fiestas de Bayona son multitudinarias y parecen una tradición inveterada, popular, no un invento municipal, pero eso pasa a menudo. Toda esta costa vasca en Francia tiene un aire amable, lleno de verdes y azul marino, aunque ahora esté superpoblada y sea muy cara, no en vano los parisinos han desembarcado aquí. Siempre ha sido como la continuidad marítima del país del Bidasoa, que Baroja soñaba sin moscas, curas ni carabineros. Estar cerca de España le da un carácter muy especial. Parece que aquí todo se dulcifica y se estiliza. Coco Chanel abrió su primera tienda en Biarritz, aquí cerca, en 1915, frente al casino, donde dio trabajo a muchas costureras vascas. Las parisinas evacuadas de París por la guerra, junto a las españolas a las que la neutralidad había hecho ricas, eran su clientela. Su moda atrevida, con las faldas que dejaban los tobillos al aire, debían ser el no va más. Lo cuenta Paul Morand, un escritor exquisito en un libro que he encontrado en un café mientras la galerna, enardecida, batía el toldo que parecía querer venirse abajo.