Opinión
La España de las dos pantallas
"La España de la Selección funciona con una lógica implacable que ya quisiéramos para el resto del Estado"

Publicado el 17/07/2026 a las 05:00
No hay analgésico social más potente que once jugadores corriendo detrás de un balón y sudando la camiseta. Es una verdad científica, no homologada por ningún ministerio, pero contrastada por la historia reciente de este país. Mientras la selección nacional de fútbol levanta pasiones, une voluntades y nos regala un oasis de virtuosismo y abrazos colectivos, la España real, la de la gestión y los telediarios, asiste a su habitual festival de la vergüenza. Vivimos en un país con una doble pantalla de lo más hipócrita: en una, la épica del esfuerzo; en la otra, un sainete diario ante el que parece que aquí nunca pasa nada. La España de la Selección funciona con una lógica implacable que ya quisiéramos para el resto del Estado: si juegas bien, juegas; si rindes, te quedas; si fallas, te vas al banquillo.
En ese césped la diversidad suma, el talento se premia y el objetivo común borra cualquier trinchera. Es, milagrosamente, una España que funciona, que genera orgullo y que exporta una imagen de frescura y eficacia profesional de verdad. Pero no apaguen la televisión, solo cambien de canal. Pasemos de la sección de deportes a la de nacional. Bienvenidos a la España de los juzgados. Aquí las reglas de juego son bastante distintas. La meritocracia de la que presume el seleccionador de turno se transforma, en la vida civil, en la sacrosanta “dedocracia” o, directamente, en unas cloacas apestosas. En esta liga paralela de los escándalos diarios no se premia al que centra bien o al que presiona arriba, sino al que mejor domina el arte de la pirueta legal. El banquillo de reservas de nuestra vida pública está a rebosar, pero de imputados y condenados. Un ex secretario de organización del PSOE con condena de prisión; su sucesor, el navarro Santos Cerdán, que también pasó por el trullo. El hermano del presidente, inhabilitado para un trabajo al que dicen que nunca acudió. La esposa del presidente, que se tendrá que sentar en el banquillo. La directora de la Guardia Civil, imputada; el Director Adjunto Operativo (DAO), imputado. La gerente del PSOE, también imputada porque la UCO ha certificado que Leire Díez -a la que ya nadie parece conocer en Ferraz- cobró 43.000 euros, presuntamente, para impulsar la trama de las cloacas contra jueces y demás.
Por tener, tenemos hasta a un Fiscal General juzgado e inhabilitado. Y coronando el pastel, el caso de las mascarillas y todo ese lío de amigas, sobrinas y meretrices, gente enchufada que ni conocía su puesto de trabajo y que añade al sainete una dosis de casposidad indecente y absolutamente vergonzosa. Y por si faltaba alguien en la foto, un expresidente del Gobierno, ZP, sus hijas y su secretaria de toda la vida, también en el ajo de las imputaciones, junto a los tres últimos presidentes de la SEPI, que depende del todopoderoso Ministerio de Hacienda. Por no hablar de Belate..,No seguimos, ¿verdad? Para qué. Mientras el vestuario de la Selección destaca por su disciplina y su discreción, el ecosistema político prefiere el ruido ensordecedor, la polarización de trinchera y el “y tú más” como única y vergonzosa estrategia de defensa. El contraste roza el sarcasmo.
Nos exigimos la excelencia en el terreno de juego, analizando cada milímetro de un fuera de juego con el VAR, pero aplicamos una manga insultantemente ancha cuando se trata de fiscalizar las cuentas públicas, los contratos a dedo o la gestión de las crisis. En el fútbol, una mano dentro del área es penalti indiscutible; en las instituciones, meter la mano en la caja se despacha con una comisión de investigación que se diluye en el tiempo hasta que el siguiente escándalo sepulte al anterior. Al final, la Selección ejerce de perfecto anestésico estacional. Nos permite creer, al menos durante noventa minutos y unas cuantas rondas de cerveza, que somos un país moderno, cohesionado y capaz de grandes gestas bajo una dirección técnica impecable. El problema es cuando el árbitro pita el final del partido, se apagan los focos y toca volver a la realidad de los lunes. Una realidad donde la alineación titular la siguen decidiendo los de siempre, y las tarjetas rojas casi nunca se le sacan a quien de verdad se las merece. Deseo, con todas mis fuerzas, que la Selección Española gane el mundial el próximo domingo. Pero desearía, aún más, que España y Navarra despertasen de una vez por todas ante una situación insostenible. Esto, señores, no hay quien lo aguante. Esto huele a podrido por todas las esquinas, y no, no podemos callar ante tanta desfachatez.
Miguel Aguirre Yanguas. Alcalde de Fitero y miembro de la Ejecutiva de UPN