Opinión
"Aquellos que me frecuentan sabrán que el calor está en la cúspide de las cosas que más me alteran"
"He hecho un curso acelerado de un aparato refrigerador que posee tantos botones que seguro que el invierno me pillará aprendiendo las capacidades de mi digital enfriador de aire"

Publicado el 13/07/2026 a las 05:00
Aquellos que me frecuentan sabrán que el calor está en la cúspide de las cosas que más me alteran; mal humor, estado energético calamitoso, absoluta carencia de pudor en mi vestir, ideas peregrinas, guardia bajada, pérdida de la buena educación, incapacidad de respuesta y mirada bovina son algunas de las características que poseo a partir de los 30 grados. Los dioses tuvieron a bien colocarme en la cornisa cantábrica, para no alterar la vida de mis semejantes con sofocos insoportables, pero ha debido de haber elecciones en el orbe celestial y la gestión de la geografía ha pasado a manos de unos desalmados especialistas en deshidratación y muerte. Boqueando como un pez fui de tienda en tienda buscando un ventilador para reorganizar mis desvelos, y aparte de una porquería que encontré y que se estropeó hora y media más tarde, tuve que resignarme a adquirir una palangana donde poner a remojo los pies como en una cubitera. Sobreviví a duras penas a esos 47 graditos a las 4 de la tarde en muchos termómetros de Bilbao. Lo hice sin hablar, pensando en qué harán los sevillanos para mantener su gracejo bajo el sol abrasador, buscando la sombra y en un estado de economía vital que rozaba la catatonia. Pero tenía un billete a Londres para visitar a un amigo en la campiña inglesa, así que soñaba con esos días sin duda fresquitos.
Metí mi rebequita en la maleta, aun advertida de que la ola de calor que nos freía iba hacia allí. Pero a una le parece que las cosas no son exactamente como nos advierten. Pensé que el puñetero calor se debilitaría en el viaje hacia la poderosa Albión y que ellos llaman calor a una temperatura aceptable. Craso error. En Surrey el personal lucía un rosa chicle desde que se levantaban hasta que se refugiaban entre cretonas y nunca fue tan verdad que los ingleses parecen estar a medio cocer. El hotel carecía de aire acondicionado y yo solo tenía ganas de llorar, a mares, a olas, pero me abstuve por aquello de la deshidratación, lo que hacía era abrir el minibar, darme friegas de cubitos y tumbarme con la cabeza dentro de la neverita. Ya de vuelta, empezó a soplar la brisa y fui volviendo a mí. Me miré al espejo, elegí prendas que me levantaran el ánimo y me lancé a esos lugares desabastecidos durante la ola de calor, para adquirir lo más potente que hubiera en materia de refrigeración para desesperados. Los estantes seguían vacíos y la oferta era más que nada como lo de las lentejas, lo comes o lo dejas. Ahora he hecho un curso acelerado de un aparato refrigerador que posee tantos botones, mandos y prestaciones que estoy segura de que el invierno me pillará aprendiendo las capacidades de mi digital enfriador de aire. Sin embargo sigo noqueada y aún arrastro sueño de esos días. Leo que el ministro francés viene a España a ver por qué no nos hemos muerto de calor y seguimos trabajando. Espero que lo lleven a Sevilla, a ver qué dice.