Opinión
"El debate era la perfecta radiografía de nuestra abundancia: una discusión de estómagos saciados"

Publicado el 15/06/2026 a las 20:31
Éramos tres a la mesa, tres miradas para elegir batallas y platos. Nos plantamos ante un menú de los de buena digestión: callos gloriosos, cogote en su punto y un bacalao en lascas perfectas, regado con un tinto que convertía en filosofía la conversación.
La charla fluía y al llegar el postre se coló la melancolía, ese invitado que se apunta a los cafés. Uno de los comensales dictó, con tono de sentencia irrecurrible: "Las fresas de ahora no tienen sabor". El veredicto cayó sobre el mantel como un chupinazo antes de la hora: si el fresón encendió la mecha, el tomate consolidó el embrollo. Nos enzarzamos entre los devotos del Raf Bomba -esa explosión de gusto- y los de la finura sutil del Rosa de Tudela, hablando de verduras con el conocimiento de quien las devora.
El debate era la perfecta radiografía de nuestra abundancia: una discusión de estómagos saciados. Qué trascendentales nos ponemos. Donde acecha la necesidad nadie reclama el ADN al brócoli ni pedigrí al fresón; se lo comen sin tanta monserga. Sobre el mantel de hilo nuestro drama era un chiste de burgueses teorizando sobre el huerto.
De pronto, el viaje nos llevó directos a las fresas silvestres del Valle de Salazar. Aquello ya no era fruta; en el recuerdo de uno de los presentes era el Santo Grial. Describía unas joyas diminutas que te obligaban a hincar las rodillas en la tierra húmeda -como si estuviéramos en una procesión- y te dejaban los dedos perfumados de un rojo delator. Un aroma punzante que llenaba la boca al morder el aire de la infancia.
La nostalgia es una estafadora profesional. Nos cobra el pasado a precio de oro, le mete un filtro de colores a la memoria y nos vende que cualquier tiempo remoto fue mejor, camuflando de paso el vértigo de los años. Las fresas de hoy seguramente son parecidas. El truco no está en la estantería del 'súper'. Somos nosotros quienes miramos con otros ojos.
Añoramos la limpieza de la boca de cuando la vida estaba por estrenar. En aquella precariedad un tomate era un acontecimiento. En aquel lugar todo era ocasional y sorprendente. Hoy disfrutamos de una divina regularidad. "No hay nostalgia peor que añorar lo que jamás ha sucedido", decía Sabina. ¿Y si esas fresas nunca fueron perfectas? El recuerdo sería una maravillosa mentira para seguir sintiéndonos vivos. La huerta de hoy sigue siendo sabrosa. Somos nosotros los que hemos cambiado.