Opinión

"¿Desde cuándo hace falta un máster en protocolo o un historial de servicios a la “Muy Noble, Muy Leal y Muy Heroica Ciudad de Pamplona” para prender fuego a una mecha?

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Jose Murugarren

Actualizado el 18/05/2026 a las 23:31

Habría que ver el gesto a los guardianes de la municipalidad, a esos que pasan la legislatura calibrando la importancia de los méritos, si de repente el destino -ese azar ciego- les reventara el guion. Imagínenselo. El 6 de julio, el balcón del Ayuntamiento de Pamplona no lo ocupa el prohombre, el ‘superjatorra’ ni la asociación ‘topeguay’. Lo ocupa Txaro o Marisa, Mikel o Pedromari, gente de la que baja a por el pan, trabaja a turnos y va de vacaciones una vez al año o un chaval de la Txantrea o una señora de Mendillorri que todavía no se cree que le haya tocado el gordo de la alegría sin haber comprado lotería. 

Porque, vamos a ver, ¿desde cuándo hace falta un máster en protocolo o un historial de servicios a la “Muy Noble, Muy Leal y Muy Heroica Ciudad de Pamplona” para prender fuego a una mecha? Para quemar un cohete solo se necesitan dos cosas: un dedo que no tiemble y un corazón que galope al ritmo de una ciudad capaz de romperse la camisa. Nada más. Ni nada menos. 

Lo de las mesas de selección, proposición de candidatos y comités de expertos y las propuestas de “ilustres” empieza a oler a alcanfor. Se empeñan en filtrar la realidad, en decidir quién es digno y quién no, como si el sentimiento de una ciudad pudiera pasarse por una ITV de méritos. ¡Qué pereza de despachos! Para los honores oficiales, para la foto del reconocimiento y las placas ya están las medallas de la ciudad o el pañuelo de Pamplona, que para eso se inventaron. 

Pero el Chupinazo... el Chupinazo es el latido del adoquín, y el adoquín no entiende de jerarquías. Que lo lance quien lo sueñe. Así, sin filtros. Sin que un grupo de notables nos dé a elegir entre unos finalistas previamente “empaquetados”. Un sorteo puro, radical, de esos que solo el azar maneja. Sería el acto de justicia poética más grande de la fiesta: devolverle el estallido a sus dueños, a la gente anónima que es la que, al fin y al cabo, levanta la persiana y sostiene la arquitectura de este tinglado que son los Sanfermines. 

Nada sería más democrático, más tierno y más pamplonés que ver a un vecino cualquiera asomarse al abismo de la Plaza Consistorial y decir: “Aquí estoy yo, porque un bombo caprichoso ha querido que hoy, por un segundo, yo sea el alma de todos”.

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