Opinión
La fatiga de Ucrania: el lento desgaste del consenso europeo
"La solidaridad emocional inicial ha sido sustituida por una lógica más fría casi contable"

Publicado el 12/05/2026 a las 05:00
Hay guerras que se ganan con la fuerza. Hay guerras que se pierden por la fatiga y hay guerras, como la de agresión de Rusia contra Ucrania, que se prolongan deliberadamente con la esperanza de que el adversario se rinda antes que el agresor. Durante los primeros meses de la guerra, la respuesta europea fue tan rápida como inusual. El apoyo a Ucrania se convirtió en una prioridad estratégica compartida, mientras la Unión Europea desplegaba sanciones sin precedentes contra Rusia y reforzaba su alineamiento con la OTAN. Aquella reacción fue interpretada como una señal de madurez geopolítica; Europa por fin actuaba como un bloque. Sin embargo, las guerras largas no solo se libran en el frente, sino que también erosionan la cohesión política, desgastan las economías y reconfiguran las prioridades internas. Hoy, después de cuatro años de guerra, lo que emerge en Europa no es una ruptura del consenso, sino algo más profundo y difícil de gestionar: su desgaste progresivo. El apoyo a Ucrania no se está desmoronando de forma abrupta. Ningún gobierno relevante en la UE ha planteado abiertamente un abandono de Kiev, pero la unanimidad inicial ha dado paso a una serie de matices, reservas y cálculos nacionales.
En geopolítica, este paso de la unidad aparente a decisiones más prácticas suele marcar el inicio de un cambio de fase. El primer vector de erosión es económico. Las sanciones a Rusia, especialmente en el ámbito energético, han tenido efectos directos sobre las economías europeas. Inflación persistente, presión sobre el gasto público y tensiones sociales obligan a los gobiernos a priorizar la estabilidad interna. Lo que en 2022, primer año del conflicto, se asumía como un coste necesario, empieza ahora a ser discutido como un problema estructural. La política exterior deja de ser un consenso moral y pasa a ser un cálculo político. A esta dimensión se suma una fragmentación creciente dentro de la UE. El consenso europeo nunca fue absoluto, pero sí operativo. Hoy es más frágil. Líderes como Viktor Orbán han demostrado hasta qué punto los mecanismos de unanimidad pueden utilizarse como palanca de presión. Y aunque el político húngaro ya no decide en los destinos de su país, el triunfo de Rumen Radev en las recientes elecciones búlgaras hace que este exgeneral prorruso venga a alinearse con el primer ministro de Chequia, Andrei Babis y con su homólogo en Eslovaquia Robert Fico, completando así un triunvirato euroescéptico y pro Putin, dispuestos a consolidar discursos abiertamente críticos con la estrategia occidental en Ucrania, no tanto desde una lógica ideológica como desde un cálculo de coste-beneficio nacional, además de no estar de acuerdo con las sanciones a Rusia, a la vez que han continuado comprando gas y petróleo a Moscú.
Sin embargo, el factor más determinante es también el menos visible, la fatiga social. A medida que la guerra se prolonga sin una resolución clara, la percepción de estancamiento se instala en la opinión pública europea. La solidaridad emocional inicial ha sido sustituida por una lógica más fría casi contable, algo que hace que la pregunta no sea solo política o moral sino temporal. ¿Cuánto tiempo puede sostenerse este esfuerzo sin resultados tangibles?. Este cambio no siempre se traduce en rupturas electorales inmediatas, pero sí en una presión constante sobre los gobiernos. En democracias consolidadas, la política exterior no puede sostenerse indefinidamente contra el clima social, y cuando este clima cambia, lo hace todo lo demás. El politólogo estadounidense Thomas Schelling en su obra clásica Arms and Influence advirtió que en las guerras de desgaste, la resolución del que apoya y no solo del que combate puede ser el factor decisivo. Esa advertencia resuena con fuerza lacerante en Europa y Washington. A esto se añade un elemento externo que ya no puede considerarse hipotético: la evolución del vínculo trasatlántico bajo la presidencia de Trump. Su enfoque más transaccional de las alianzas y su escepticismo hacia el papel tradicional de la OTAN han introducido un grado adicional de incertidumbre en la estrategia europea.
Lejos de actuar como un ancla de estabilidad, Washington se ha convertido en un factor que obliga a los Estados miembros a replantear el alcance y la sostenibilidad de su apoyo a Ucrania. Europa ya no solo se enfrenta a una guerra prolongada, sino también a la necesidad de asumir mayores costes en un entorno de menor previsibilidad estratégica. La fatiga de Ucrania no implica al menos por ahora el abandono de Kiev, pero sí señala algo más relevante: el paso de un consenso basado en la urgencia a un equilibrio condicionado por intereses nacionales. Europa no se está rompiendo de forma abrupta, se está desgastando lentamente. Y en geopolítica, ese tipo de erosión suele ser mucho más decisivo que cualquier crisis repentina”. Las guerras terminan cuando uno de los beligerantes concluye que el coste de continuar supera el beneficio de resistir”(Raymond Aron).
Joaquín Garro Domeño. Doctor en Seguridad Internacional