Opinión
"En 2012, un canal de Historia advirtió que uno de los leones del Congreso de los Diputados no lucía escroto. Al felino le fue colocada con rapidez una bolsa"

Publicado el 10/05/2026 a las 05:00
Como el mundo no tiene problemas, hay que inventarlos. He aquí un ejemplo. Situémonos: León, Estado de Guanajuato, México. El símbolo de la ciudad -como en su homónima española-, es un león que luce, altivo, sobre el Arco de la Calzada, orgullo de los ciudadanos. Cierto día, un observador de entrepiernas felinas hizo saltar la alarma: el león no tenía testículos. La voz corrió por la ciudad, y bajo el arco triunfal se arremolinaban los curiosos para observar, desde distintos ángulos, si ostentaba unos atributos acordes a su importancia. Parecía que sí; parecía que no.
La polémica saltó a los medios de comunicación. La ciudad se dividió en facciones irreconciliables. ¿Había que reponerle, agrandadas, sus partes? Estaban quienes defendían que una exhibición tan acojonante atentaría contra las buenas costumbres. Por último, quienes asistían a aquella batalla testicular con las risas propias de un espectáculo que parecía inventado por un escritor del costumbrismo mágico.
A fin de zanjar la cuestión, la autoridad competente contrató a un zoólogo, quien dictaminó que el símbolo leonés no había sido emasculado, y ya tenía lo que había que tener; no era necesario aumentar sus atributos, si bien -matizó- los actuales eran más bien sugeridos que proporcionados.
En 2012, un canal de Historia advirtió que uno de los leones del Congreso de los Diputados no lucía escroto. En Madrid la cosa se llevó con humor, pero, eso sí, al felino le fue colocada con rapidez una bolsa escrotal de puro bronce. Mexicanos y españoles nos parecemos más de lo que algunos políticos desearían.
Como quiera que en los últimos días Díaz Ayuso y Claudia Sheinbaum han cruzado espadas por afrentas históricas, osamentas, perdones y otros falsos problemas que sólo se curan leyendo, a ambas les sugeriría la lectura de dos obras monumentales: “El imperio español” y “Hernán Cortés”, de Hugh Thomas, historiador británico que escribe con la precisión de un entomólogo y la pericia narrativa de un novelista. Para leerlas no es necesaria la testosterona, basta con tener curiosidad.