Opinión

"Menos golpes de pecho por lo que fuimos y más humildad para reconocer lo que hemos roto. La sanidad navarra no se arregla con una guerra de guerrillas"

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Jose Murugarren

Publicado el 04/05/2026 a las 19:00

Hubo un tiempo en que nos mirábamos al espejo y nos gustábamos. Mucho. Vivíamos en esa hidalguía sanitaria del que se sabe más guapo, más limpio y, sobre todo, mejor gestionado que el vecino. Fuimos aristócratas del bisturí, herederos de un sistema que funcionaba como un quirófano de alta precisión: uno entregaba la anatomía propia con la confianza del sedado. Pero hasta en las mejores casas estallan las bombillas. El apagón que hoy nos deja a oscuras no es un cortocircuito de mala suerte, sino un fallo multiorgánico al que le sobra rigidez y le falta mucha pericia. El portazo del jefe de Traumatología ha sido el último aldabonazo. Ha destapado el tejido necrosado del sistema. Tras él, el motín de las batas blancas se ha vuelto metástasis: anestesistas, urgencias, digestivo, cirugía, radiología, psiquiatras… Mientras, en el Parlamento, la oposición afila el colmillo en un festín de despojos. Olvidan, con una amnesia inapropiada, que en política los pecados de ayer cuentan. Antes de lanzarse a la yugular del que hoy yerra, convendría que se sometieran a un test de cribado de la memoria: no vale denunciar la hemorragia si antes el bisturí estuvo en tu mano.

Al ciudadano le sobra épica de hemiciclo y le urge el termómetro. No quiere que le expliquen el diagnóstico con ideología, sino que se lo reparen con eficacia. Este cuadro clínico actual es la suma de errores coral pero en el reparto conviene no perder el norte: si otros hicieron las primeras incisiones, hoy evitar el desparrame corresponde al actual gestor.

Menos golpes de pecho por lo que fuimos y más humildad para reconocer lo que hemos roto. La sanidad navarra no se arregla con una guerra de guerrillas entre los que provocaron los primeros cuadros crónicos y los que hoy prescriben sin diagnóstico. Si la gloria fue de otra época, el fracaso hoy es una partitura compartida. Déjense de liturgias de partido. Al paciente le importa poco quién disparó primero, lo que quiere es salir vivo del duelo. Menos retratos en la galería de ilustres y más manos en la herida, que para salvar los órganos vitales hace falta un esfuerzo colectivo y dejarse de una vez de tratamientos paliativos.

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