Opinión
¿Por qué preferimos rodearnos de espejos y no de faros?

Publicado el 30/04/2026 a las 05:00
En la arena pública y en los despachos de nuestras instituciones, parece haber calado una patología silenciosa pero devastadora: el pánico al brillo ajeno. Vivimos en la era del “empoderamiento” de pancarta, pero la realidad nos devuelve a menudo una estampa de líderes -en la política, en la empresa y en lo social- que prefieren rodearse de la mediocridad dócil antes que del talento inquieto. Es una paradoja trágica. Nos movemos en una sociedad que nos empuja a colaborar, pero que en la intimidad del poder castiga al que destaca. La incapacidad de reconocer el valor en el otro no es falta de humildad; es, ante todo, una decisión estratégica errónea.
Entender nuestras organizaciones -desde un ayuntamiento hasta una multinacional- como un sistema sociotécnico implica asumir que el resultado colectivo debe ser superior a la suma de sus partes. Sin embargo, la inseguridad personal se ha convertido en el mayor freno para la innovación. En política, esto se traduce en listas electorales configuradas por lealtades ciegas en lugar de competencias probadas. En el trabajo, en mandos intermedios que silencian ideas brillantes por miedo a ser desplazados. “La competencia por inseguridad es el ancla que impide que Navarra y sus proyectos naveguen hacia la excelencia”.
El verdadero empoderamiento no nace de un eslogan, sino del espejo. Solo cuando una persona conoce sus fortalezas y, sobre todo, abraza sus carencias, deja de ver en el experto una amenaza y empieza a ver una oportunidad de aprendizaje. Quien sabe quién es, no teme trabajar con alguien mejor; al contrario, lo busca. Rodearse de profesionales excepcionales no disminuye nuestro valor; lo eleva por asociación y por contraste. Es una inversión directa en nuestra propia empleabilidad y, lo que es más importante, en nuestra calidad democrática. Si el que lidera no permite que los que saben sumen, el sistema entero resta.
Necesitamos transitar hacia una gobernanza responsable donde el liderazgo se mida por la capacidad de fomentar el valor ajeno. El cambio real no vendrá de una nueva ley o de una tecnología disruptiva, sino de un cambio de actitud: pasar del miedo a la admiración productiva.
Dejemos de ver a la gente que destaca como un peligro. Si alguien es mejor que tú en un área, no lo apartes: haz que sume. Al final del día, nuestras decisiones y con quién elegimos interactuar dictan la calidad del futuro que estamos construyendo. No se trata solo de ser “buena persona”; se trata de tener el criterio suficiente para entender que el camino más corto para elevar nuestro estándar es caminar al lado de quienes ya están en la cima. Es hora de elegir: ¿queremos rodearnos de espejos que nos devuelvan una imagen complaciente, o de faros que nos obliguen a mejorar?
Marian Sainz Marqués. Trabajo Social, Experta en Dirección y gestión de S. Sociales y Experta en Coaching-liderazgo y RRHH