Opinión
"El fontanero es Dios cuando el váter rebosa; ahí la prioridad nacional es que el agua deje de subir, la traiga quien la traiga"

Publicado el 27/04/2026 a las 19:00
Estoy en mi rincón, en la cafetería de las baldosas sabias y el olor a molienda que despierta al barrio antes que el primer pensamiento. Mi trinchera es un vaso de cortado con su chorrito de leche de soja: mi cuota de modernidad en esta barra de acero inoxidable que ha visto más riadas que el Arga.
Entonces entra Yassine. Lo llaman por su nombre, a secas. Viene con el paso del que no tiene tiempo, el mono azul y una caja de herramientas que suena a metal y a oficio de los de antes, de los que dejan rastro bajo las uñas. Se encara con la cafetera, de cobre y en huelga de brazos caídos. Yassine no necesita tutoriales; tiene el oído educado en el latido de los motores mientras nuestros hijos, tan limpios ellos, sueñan con ser ingenieros de datos o analistas de una nube que no existe. Él sabe qué cable pide clemencia. Pura inteligencia manual frente a tanto humo digital.
Me fijo en el paisano de la esquina. Apura su caña y desvía la mirada con ese desdén mudo hacia "los que vienen de fuera", mientras espera que Yassine le devuelva la vida a la máquina. Es el deporte nacional: ponerse estupendo con la soberanía y el pedigrí, pero rezar a un santo extranjero en cuanto falla el Wi-Fi o se rompe la tubería. Nos hemos vuelto muy finos, muy de "mi hijo el de la consultora". Pero cuando el albañil levanta el muro contra el invierno o el fontanero nos rescata del diluvio doméstico, olvidamos reclamar el pasaporte. El fontanero es Dios cuando el váter rebosa; ahí la prioridad nacional es que el agua deje de subir, la traiga quien la traiga.
Y luego están ellas. La cuidadora que subirá a un cuarto sin ascensor para lavar, alimentar y dar un afecto que no viene en contrato a un anciano al que sus nietos, tan tecnológicos, hace meses que no ven. Esa gente no solo repara cables; nos salva.
Apuro mi café de soja y miro a Yassine. Me entran ganas de darle un abrazo o de admitir que le debemos el día. Porque sin ellos, este país de marqueses del algoritmo no sería más que una oficina de lujo a oscuras, con la cisterna rota y el abuelo sin duchar. Menos mal que están ellos para sujetar los andamios de esta vida que, de tanto querer ser virtual, no sabe por dónde le da el aire. Al final, el progreso no era una pantalla; era tener a alguien cerca que supiera dónde está el pulso de las cosas para que mañana, cuando vuelva a por mi cortado, el mundo siga girando.