Opinión

"Hoy día hay tanta gente recomendando lecturas sin ton ni son que la mejor promoción de un autor acaba siendo la de quienes proponen darle fuego a su obra"

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Jose María Romera

Publicado el 24/04/2026 a las 19:00

No hay Día del Libro sin su anécdota. La de este 23 de abril ha sido el boicot declarado a Eduardo Mendoza por grupos independentistas catalanes, en respuesta a una broma del novelista acerca de la leyenda de Sant Jordi. En una entrevista reciente, Mendoza había osado llamar al santo "maltratador de animales" y sugerir que seguramente no sabía ni leer, a la vez que propuso separar en fechas distintas la celebración cultural y la festividad político-religiosa. 

La reacción de los ofendidos fue doble. Primero organizaron una recogida de firmas para que la Generalitat retirase al escritor la Cruz de Sant Jordi que le fue concedida en 1995. Y luego hicieron una llamada a la catalanía más fogosa para arrojar sus libros a las hogueras el día de San Juan. Por decirlo de otro modo: un grupo de chiflados dignos de ingresar en las novelas de Eduardo Mendoza propuso quemar las novelas de Eduardo Mendoza. 

No pasa nada. Tampoco hay que escandalizarse por este intento de reeditar el Farenheit 451 en versión mediterránea. Lo que a primera vista puede parecer un caso de cerrilismo iletrado encaja en una tradición de marcada raigambre literaria. Ahora que tanto se discute sobre qué hacer con los libros no está de más recordar que quemarlos también es una forma de relacionarse con ellos. Piensen, por ejemplo, en Pepe Carvalho, el inolvidable personaje de Vázquez Montalbán, que los usaba para encender la chimenea y no precisamente en señal de rechazo sino como particular gesto irónico de homenaje a las obras maestras de la literatura. 

Además, hoy día hay tanta gente recomendando lecturas sin ton ni son que la mejor promoción de un autor acaba siendo la de quienes proponen darle fuego a su obra. Es inevitable preguntarse si las ventas de la descacharrante 'La intriga del funeral inconveniente' no se habrían disparado como lo han hecho de no mediar la fetua 'indepe' contra su autor. 

Quemar la risa es menos sencillo de lo que parece. Y, por fortuna, Mendoza es incombustible, cosa que agradece infinitamente la salud mental de la comunidad lectora y sirve de lección a quienes invocan el poder purificador de los lanzallamas. Ya lo dijo Shakespeare: hereje no es el que arde en la hoguera, es el que la enciende.

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