Opinión
"Ambos se han ido sin hacer ruido, sin aspavientos y, al menos en el caso del columnista, con las botas puestas. Hasta para morirse hace falta estilo"

Actualizado el 15/03/2026 a las 09:06
Esta semana murieron dos grandes: Alfredo Bryce Echenique y Raúl del Pozo. Admiraba a ambos, pero cuidado, todos sabemos que no hay dos sin tres, así que vayan preparando los obituarios para la tercera pata. El otro día discutía con un amigo sobre las muertes de los escritores. Él, que tiene una rara propensión por lo macabro, defendía que entre los escritores hay muchos suicidas -muchos más, argumentaba-, que entre ingenieros de caminos o médicos. En realidad, no tenemos datos de las profesiones de los suicidas y, según las últimas estadísticas los suicidas, por desgracia, son los adolescentes. Ahí terminó la discusión. Uno tiene motivos suficientes para descreer del prestigio del malditismo, del que mi amigo es admirador. Un poeta maldito, o un maldito poeta, es insoportable. Es mejor leer su obra mientras lo mantienes a distancia con un palo.
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Tenía mucha razón Michi Panero cuando echaba pestes de quienes le preguntaban por su hermano Leopoldo; ya saben, el poeta maldito por excelencia, encerrado en manicomios, heroinómano y quién sabe cuántas cosas más. En la película “Después de tantos años”, secuela que filmó Ricardo Franco del docudrama familiar “El desencanto”, de Jaime Chávarri, Michi Panero arremete contra quienes le dicen lo gran poeta que es su hermano y le animan a que vaya a visitarlo. Con bastante sentido común y cabreo, Michi Panero viene a decir que sí, que es muy divertido tener un hermano esquizofrénico, yonki, alcohólico… “¡Que vayan ellos a llevarle lenguas de gato!”, gritaba. Finalmente, en una secuencia algo siniestra, ambos hermanos se reencuentran en un cementerio, y se ríen de todo. Especialmente de su hermano Juan, a mi parecer el mejor escritor de los tres. A Bryce Echenique le encantaba beber; a Raúl del Pozo, también, y el póker, juego en el que era un consumado tahúr. Ambos se han ido sin hacer ruido, sin aspavientos y, al menos en el caso del columnista, con las botas puestas. Hasta para morirse hace falta estilo.