Opinión
Prepárense para contemplar tiempos apasionantes

Publicado el 07/03/2026 a las 05:00
Durante décadas, muchos europeos vivimos con la sensación de que la geopolítica era una disciplina lejana, casi académica, reservada a diplomáticos, militares o analistas internacionales. Mientras tanto, Europa prosperaba en un mundo relativamente estable donde el comercio global parecía funcionar como una maquinaria previsible. Ese mundo está cambiando. Hace unos meses tuve la oportunidad de participar en un curso de geoestrategia organizado por la Fundación Campus CEOE y el CESEDEN, el centro de estudios estratégicos del Ministerio de Defensa. Una de las ideas centrales que allí se discutía era que el orden internacional surgido tras la Guerra Fría está dando paso a una nueva etapa histórica.
Durante treinta años vivimos en un sistema prácticamente unipolar, con Estados Unidos como potencia dominante. Hoy ese equilibrio está evolucionando hacia un escenario más competitivo en el que tres grandes actores - Estados Unidos, China y Rusia - buscan redefinir su posición en el tablero global. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar y tecnológica del planeta. Su geografía - protegida por dos océanos y con aliados a ambos lados del Atlántico y del Pacífico - le otorga una ventaja estratégica excepcional. Pero al mismo tiempo atraviesa un debate interno profundo sobre su papel en el mundo y sobre cómo reconstruir su cohesión económica y social. Rusia, por su parte, opera desde una lógica geográfica distinta. Un enorme territorio con extensas fronteras terrestres y una percepción histórica de vulnerabilidad estratégica. Bajo el liderazgo de Putin ha optado por una política exterior basada en la presión militar y la recuperación de influencia en su entorno inmediato. China representa probablemente el cambio estructural más profundo. Con una visión estratégica de largo plazo - propia de una civilización acostumbrada a pensar en horizontes históricos amplios - combina crecimiento económico, expansión tecnológica e influencia geopolítica gradual. Mientras Occidente discute el corto plazo, China planifica el largo plazo.
Cuando tres potencias de este tamaño compiten simultáneamente por influencia, el resultado inevitable es un mundo más complejo y más inestable. Y esa inestabilidad se manifiesta con especial intensidad en Oriente Medio.
El reciente conflicto que involucra a Irán, Israel y Estados Unidos ilustra cómo los equilibrios geopolíticos se entrelazan cada vez más con factores económicos y energéticos. El estrecho de Ormuz, por ejemplo, es una de las arterias estratégicas del sistema económico global: por esa estrecha franja marítima circula aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas que se comercia en el mundo.
Cuando ese punto crítico se tensiona, el impacto es inmediato. Los mercados energéticos reaccionan con rapidez, los precios suben y las cadenas de suministro globales vuelven a resentirse. Las primeras consecuencias del conflicto ya han provocado fuertes subidas del precio del gas en Europa y nuevas incertidumbres en los mercados energéticos.
Aquí aparece una segunda transformación clave de nuestro tiempo. La geopolítica ya no se limita a la diplomacia o a la guerra: hoy se juega también en la energía, las rutas marítimas, los minerales estratégicos y las cadenas de suministro.
En otras palabras: la geopolítica se ha convertido en geoeconomía. Europa observa estos movimientos desde una posición compleja. Sigue siendo una gran potencia económica, pero presenta una debilidad estratégica evidente: depende en gran medida de recursos energéticos externos y carece de una política exterior y de defensa plenamente integrada. Esa combinación limita su capacidad para actuar con autonomía en un mundo cada vez más competitivo. En este contexto, los conflictos internacionales dejan de ser acontecimientos lejanos para convertirse en factores económicos que afectan directamente a nuestras sociedades.
Navarra, con una economía industrial profundamente integrada en las cadenas de suministro europeas, tampoco es ajena a estos movimientos. Cuando se tensionan los mercados energéticos, cuando se alteran rutas comerciales o cuando las grandes potencias utilizan el comercio como instrumento de presión, el impacto termina llegando a nuestras empresas, a nuestros costes industriales y, en última instancia, al empleo. La pandemia ya nos recordó hasta qué punto las cadenas globales pueden romperse. La guerra de Ucrania evidenció la vulnerabilidad energética europea. Y la actual tensión en Oriente Medio vuelve a recordarnos algo que durante demasiado tiempo dimos por supuesto: la estabilidad internacional no es el estado natural del mundo, sino una construcción política que puede deteriorarse con rapidez. Quizá estamos entrando en una etapa histórica en la que la competencia entre potencias, el control de recursos estratégicos y la seguridad de las cadenas de suministro volverán a ocupar el centro de la política internacional. Un mundo más interconectado, pero también más incierto.
Por eso conviene recordar una frase de un coronel: “Prepárense para contemplar tiempos apasionantes”. Ojalá solo sea contemplar.
Cecilia Wolluschek Perri. Doctora en Física, CEO de CW Consulting y miembro del think tank Institución Futuro
