Opinión

"Pasan los días y sigo sin poder adjetivar la sensación de tener a un padre entre las manos. De transportarlo con todo el respeto. De calcular el peso. Sostener sus cenizas"

Hay duelos que tardan décadas en cerrarse. O que nunca llegan a sanar del todo

Tres personas pasean por el exterior del cementerio de San José
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Tres personas pasean por el exterior del cementerio de San José de Pamplonadn
Tres personas pasean por el exterior del cementerio de San José

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Íñigo González

Actualizado el 26/02/2026 a las 13:02

Hay duelos que tardan décadas en cerrarse. O que nunca llegan a sanar del todo. Situaciones de la vida en la que la herida caló tan hondo que al dañado le resulta imposible pasar página. Y es entendible, pues supongo que dependerá de cada cual. Del amor que guardaba dentro. O de su resiliencia. Y en casa lo hemos vivido esta semana con los restos de mi padre.

He contado alguna vez que la extinta mina de Potasas segó su presente y futuro hace ahora 40 años. Un accidente cruel que congeló el reloj vital de mi madre y, en menor medida, el mío y el de mis hermanos. Sólo que, siendo niños y adolescentes como éramos entonces, el paso de los años ejerció de eficaz cataplasma en nuestro caso. La cosa es que, por política municipal, hemos tenido ahora que sacar sus restos del cementerio y llevarlos a incinerar. El espacio de los nichos del pueblo es el que es y hay que hacer sitio para nuevas penas. Y claro. Toca pasar por ese trago. El administrativo de superar todos los trámites, y el emocional al ver -literalmente- cómo se reabre la herida.

Ha sido algo que llevábamos años temiendo, pues mi madre no deseaba esta situación. Una especie de cuenta atrás que la ha tenido muy movida y nerviosa. Y que nosotros quisiéramos minimizarle el disgusto dejándola en casa no era una opción sobre la mesa. Porque a ella nunca le ha faltado carácter precisamente. Ni valor. Así que nos ha acompañado serena en el proceso.

Días después sigo sin poder adjetivar la sensación de tener a un padre de nuevo entre las manos. De transportarlo con todo el respeto del que fuimos capaces bajo la atenta mirada de su mujer. De calcular el peso. De sostener sus cenizas. Elegir la urna para su descanso. Sí recuerdo mejor la calidez que sentimos de la profesional del cementerio de Pamplona que nos atendió y del bello sol que entraba en ese momento por la ventana. Eso ayudó, creo. Casualmente allí tienen el problema contrario: el recinto se vacía y no hay límite de tiempo. Ironías del destino. Pero ya da igual. Miguel descansa en casa y mi madre le va a coser con sus manos una bolsa de tela. Será su bonito último regalo.

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