Opinión

Laboriosos

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 22/02/2026 a las 11:00

Con su habitual mesura, Philip Roth dijo: “La vejez no es una etapa de la vida, es una matanza”. En su defensa hemos de decir que por entonces al escritor de Newark, aquejado de un cáncer de próstata, se le morían los amigos un día sí y otro también. La antesala de la matanza, por seguir con el tono, son las residencias de ancianos, lugares que los boomers petaremos en unos años. No sólo hacen falta viviendas para los más jóvenes, sino murideros para los que pronto, si hay suerte, seremos viejos. No todo son malas noticias: en las residencias se aprenden muchas cosas. Por ejemplo, pronto se advierte que el personal técnico está tan mal pagado como formado. Salvo excepciones -que las hay-, es una profesión tan vocacional como el periodismo o la docencia, pero la delicadeza es un lujo raro. Los sueldos bajos que perciben por su trabajo no ayudan a mejorar la situación. No entraré en detalles, pero no son infrecuentes los malos modos con ancianos indemnes, los gritos y las maneras bruscas que nunca utilizarían con sus mamás. 

Ese tipo de cosas son las que sacan lo peor de uno. Y hasta aquí puedo escribir. Entiendo, sin embargo, que los sindicatos pidan la regularización del convenio y una mejora salarial. Añadiría algo que se les suele olvidar: la exigencia de una formación acorde con las responsabilidades del personal técnico-sanitario. El miércoles pasado, una docena de vocingleros se apostaron frente a una residencia tras una pancarta de LAB. Anunciaron su llegada con agradables pitidos. En las proximidades, se apostó un furgón policial. Durante buena parte de la mañana, los laboriosos manifestantes entonaron por un altavoz su cansina salmodia, que identifica sus reivindicaciones. En frente, cientos de ancianos trataban de llegar al día siguiente. Debes gritar y molestar a tus pacientes para defender el lema “Ancianos, dignidad.” A este le siguieron otros que no entendí. Deseé que fueran a sus casas y acercaran el altavoz al oído de su mamá para que la señora, postrada en una cama, no olvidara, a gritos, que su ancianidad merece ser digna. Otra lección del benemérito sindicato abertzale.

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